El origen de esas abejas se remonta a un experimento del genetista brasileño Warwick Kerr, que en 1956 buscaba una abeja menos agresiva que la africana salvaje pero más productiva que la europea en el trópico. Kerr importó 63 reinas de apicultores sudafricanos y las llevó a una estación de cuarentena cerca de Río Claro, en el estado de São Paulo, donde cruzó a las 48 supervivientes con zánganos europeos.
La mortalidad redujo el grupo a 29 colmenas híbridas, protegidas con excluidores de reinas para impedir que las hembras africanas escaparan del recinto. En octubre de 1957, según recoge la Universidad Estatal de Oklahoma, un apicultor local retiró esos excluidores sin autorización y liberó por accidente a 26 reinas africanizadas con sus enjambres en el bosque cercano. Kerr confiaba en que morirían en estado salvaje o perderían sus rasgos africanos al cruzarse con ejemplares europeos.
Ocurrió lo contrario. Los enjambres de abejas africanizadas se desplazan mucho más lejos que los europeos, que rara vez superan unos pocos kilómetros antes de asentarse: los africanizados pueden avanzar unos 100 kilómetros de una sola vez y colonizar nidos en entornos muy distintos. Esa capacidad de dispersión llevó a la especie híbrida hasta México en la década de 1980 y, el 15 de octubre de 1990, a la primera colonia natural confirmada en Estados Unidos, cerca de Hidalgo, en Texas.
Arizona y Nuevo México registraron sus primeros enjambres en 1993, y California confirmó la presencia de la especie al año siguiente. En agosto de 2004, dos muestras de abejas del condado de Tillman, en Oklahoma, dieron positivo por PCR para abejas africanizadas, después de que siete trabajadores terminaran hospitalizados tras cortar la rama de un árbol dañado por una tormenta.
Mismo veneno, comportamiento distinto
Las abejas africanizadas y las europeas son la misma especie: tienen el mismo aspecto, el mismo veneno y ambas pican una sola vez. La diferencia radica en el comportamiento. Las africanizadas reaccionan con mayor rapidez ante una amenaza, movilizan a más individuos en cada defensa y detectan intrusos desde unos 15 metros del nido; perciben vibraciones de maquinaria a unos 30 metros y pueden perseguir a una persona entre 400 y 800 metros, permaneciendo agitadas durante más de una hora tras un ataque.
Enjambran con más frecuencia que las europeas, anidan en huecos más reducidos y trasladan la colonia entera con facilidad cuando escasea el alimento. Fuera de la colmena, sin embargo, no son más peligrosas que cualquier otra abeja o avispa, ni forman grandes enjambres para perseguir a la gente por iniciativa propia.
El giro en la percepción sobre esta población llega con el estudio firmado por Genesis Chong-Echavez y Boris Baer, del Departamento de Entomología del Centro de Investigación Integrativa de Abejas de la Universidad de California en Riverside, publicado en el repositorio PMC del Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos. El trabajo analizó colonias híbridas del sur de California con ascendencia africana parcial y las comparó con colmenas comerciales frente al ácaro Varroa destructor, la plaga considerada la mayor causa de colapso de colonias en el país.
Un 68,3 % menos de ácaros que las comerciales
Las colonias híbridas registraron 1,26 ácaros por cada 100 abejas, frente a los 4,83 de las colmenas comerciales, una diferencia que los autores cifran en un 68,3 % menos de intensidad de varroa. También necesitaron menos intervenciones químicas: solo el 53,5 % de las inspecciones superó el umbral que exige tratamiento, frente al 77,5 % registrado en las colonias comerciales.
Los investigadores apuntan a que la presión sostenida del parásito, sin intervención humana, pudo favorecer la aparición de rasgos asociados a la resistencia en estas colonias. Según el estudio, más del 60 % de los apicultores de la zona ya mantiene colmenas híbridas de este tipo, atraídos por su menor dependencia de tratamientos acaricidas.
El hallazgo se produce en un contexto de deterioro sostenido de la apicultura comercial estadounidense. Las pérdidas anuales de colonias en el país rondan el 40 % y el 50 %, y en 2025 llegaron al 62 %, una cifra que sitúa a la varroa como uno de los principales factores de riesgo para la polinización de cultivos y la producción de miel a escala industrial.
La paradoja resulta llamativa: un experimento que en su momento se consideró un fracaso, y que generó siete décadas de alarma pública por la agresividad de las abejas africanizadas en el continente americano, podría convertirse ahora en una vía genética para reforzar la resistencia de las colonias comerciales frente a uno de sus enemigos más letales. En ese mismo continente, la mano de las abejas africanizadas ya había marcado episodios menores frente a otros conflictos internacionales recientes que dominan la actualidad.
«Un recurso valioso para investigar los mecanismos genéticos y de comportamiento» que sostienen esa resistencia, según describen los autores del estudio a esta población híbrida.
El estudio, publicado en Scientific Reports en marzo de 2026, plantea así que la selección natural operada durante décadas sobre las descendientes de aquellas 26 reinas liberadas en 1957 encierra la clave que la apicultura comercial no ha logrado replicar con acaricidas.

