El punto de partida es un reconocimiento incómodo, según quienes participan en el debate: querer ser médico o ejercer determinada especialidad no implica necesariamente reunir las cualidades para ello. La medicina, sostienen, exige conocimientos y destrezas, pero también responsabilidad, honestidad y capacidad para enfrentar la crítica, la presión y la frustración, atributos que un examen escrito o una entrevista estructurada difícilmente alcanzan a medir.
El planteamiento se enmarca en un cambio generacional. Los docentes consultados admiten que las nuevas generaciones se relacionan de manera distinta con la tecnología, las jerarquías, la retroalimentación, el equilibrio entre la vida personal y la profesional y la salud mental, diferencias que obligarían a repensar aspectos de la enseñanza médica sin caer en estereotipos. Adaptarse, advierten, no debe confundirse con reducir la exigencia; y defender la exigencia tampoco justifica condiciones de formación inadecuadas.
Cómo se forma un especialista en el país
La formación médica en Panamá se organiza en dos etapas principales: los años de carrera universitaria —impartida en la Universidad de Panamá y en escuelas privadas que ofrecen la carrera— y, para quienes optan por una especialidad, los programas de residencia que se cursan en hospitales de la Caja de Seguro Social y del Ministerio de Salud, muchos con reconocimiento académico universitario. El ingreso a esos programas suele exigir un examen de conocimientos y, en algunos casos, una entrevista, pero rara vez una evaluación estructurada de competencias no técnicas.
Ese vacío es el que subrayan los médicos que impulsan la discusión: un examen puede medir el dominio de una materia, pero difícilmente detecta la honestidad, la inteligencia emocional, la capacidad de trabajar con otros o la tolerancia a la frustración, atributos que la práctica clínica exige a diario. Si esas cualidades son importantes para ejercer, argumentan, los procesos de selección deberían al menos procurar reconocerlas.
La discusión alcanza también a la deserción de residentes. Cuando un médico en formación abandona un programa, la reacción habitual, según los docentes consultados, es atribuir la salida a fallas del entorno hospitalario. Toda renuncia debe llevar a preguntarse qué ocurrió, sostienen, pero atribuirla automáticamente al programa resulta simplista: pueden intervenir expectativas poco realistas, aptitudes o un fallo en la selección inicial.
Más delicado, señalan, es qué hacer cuando un residente incumple de manera reiterada las competencias exigidas. En un país donde pesan mucho las relaciones personales, el amiguismo y el temor al conflicto, advierten, resulta más fácil dejar que el problema avance al siguiente tutor, servicio o institución que asumir el papel de quien corrige. En medicina, apuntan, las consecuencias de esa omisión terminan llegando a un paciente.
Panamá no es ajeno a las tensiones laborales dentro del gremio médico. Residentes de distintas especialidades han protagonizado paros y protestas para exigir mejores condiciones salariales y jornadas de trabajo más razonables, movilizaciones que en el pasado derivaron en mesas de diálogo con autoridades de la Caja de Seguro Social y el Ministerio de Salud. Quienes hoy piden revisar los criterios de selección insisten en que ese reclamo por condiciones dignas sigue siendo legítimo y no debe confundirse con la discusión sobre competencias individuales: una cosa es cuestionar lo que debe cambiar y otra asumir que toda evaluación con resultado negativo representa una falla del sistema.
El ejercicio de la medicina, coinciden los consultados, se ha vuelto más complejo. Los pacientes llegan más informados, pero también más expuestos a la desinformación; ha crecido la presión medicolegal sobre los profesionales de la salud, y la irrupción de la inteligencia artificial en el diagnóstico plantea retos que los planes de estudio apenas comienzan a incorporar. Prepararse para esa realidad, sostienen, requiere no solo conocimientos, sino profesionalismo, pensamiento crítico, trabajo en equipo y resiliencia.
En Panamá no existe una instancia centralizada que audite de manera uniforme la calidad de los programas de residencia a nivel nacional, más allá de la acreditación universitaria y de los requisitos que el Ministerio de Salud exige para la idoneidad profesional. Esa dispersión institucional, señalan los docentes, dificulta comparar criterios entre hospitales y detectar a tiempo deficiencias formativas, en un sistema donde la Caja de Seguro Social y el Ministerio de Salud son los principales empleadores de médicos especialistas.
Los impulsores del debate insisten en que identificar una debilidad en un estudiante o residente no debe traducirse en su exclusión inmediata. Formar, subrayan, implica enseñar, orientar y ofrecer oportunidades de mejora. Pero un sistema responsable, sostienen, también debe poder reconocer, mediante procesos objetivos y justos, cuándo alguien no alcanza las competencias necesarias para continuar, en resguardo de la seguridad del paciente. Lo describen como un deber moral.
Como referencia formativa, algunos docentes recurren a los Consejos de Esculapio, un texto antiguo que advierte al futuro médico sobre la soledad, el sufrimiento y las contradicciones humanas que encontrará en su camino, un recordatorio, dicen, de que la profesión enfrenta a la condición humana tanto como al conocimiento técnico.
La discusión, de momento circunscrita al ámbito académico y gremial, no ha derivado en una propuesta formal ante el Ministerio de Salud ni ante las universidades que ofrecen la carrera. Quienes la han planteado esperan que sirva como punto de partida para revisar los criterios de admisión y evaluación en los próximos ciclos académicos, en un país donde la demanda de especialistas sigue superando, en varias áreas, la oferta formada localmente.