El dispositivo sincroniza la transición atómica del lutecio-176 con un láser de 848 nanómetros. Según los investigadores del CQT, su grupo es el único en el mundo que trabaja con este elemento para medir el tiempo, frente a los relojes ópticos habituales basados en iterbio, estroncio o aluminio, cuyas transiciones sí se ven penalizadas por cambios de temperatura o de campo magnético. Esa estabilidad, sostienen, resulta tan decisiva como la precisión.
Cuando el equipo comparó dos relojes de lutecio entre sí durante 200 horas mediante espectroscopia de correlación, la incertidumbre conjunta bajó hasta 5,7 × 10⁻¹⁹, la comparación más precisa lograda nunca entre dos relojes, según el estudio. Traducido a la escala humana, un reloj con esa exactitud tardaría del orden de 300.000 millones de años en desviarse un solo segundo, muchas veces la edad estimada del universo.
La estabilidad no se limita al laboratorio de Singapur. Según sus creadores, el reloj mantendría su exactitud tanto en un entorno extremo como el desierto del Valle de la Muerte como en la meseta antártica, una resistencia a las condiciones externas que consideran tan relevante como la propia precisión para un dispositivo pensado como referencia mundial del tiempo.
Uno de los hallazgos más llamativos del trabajo es la capacidad del reloj para detectar diferencias de altura de apenas 5 milímetros entre dos puntos de una misma mesa de laboratorio. No se trata de una curiosidad técnica: es una consecuencia directa de la relatividad general, que Albert Einstein formuló en 1915 y que predice que el tiempo transcurre de forma distinta según la intensidad del campo gravitatorio del lugar donde se mide.
Esa sensibilidad abriría la puerta a usar redes de relojes atómicos para vigilar variaciones diminutas en el campo gravitatorio terrestre, un campo que los físicos llaman geodesia relativista y que podría aplicarse a la detección de movimientos del terreno o de cambios asociados al deshielo.
China había logrado 4,4 × 10⁻¹⁹ con calcio
El de Singapur no es el único candidato en la carrera por la precisión. A principios de 2026, un equipo de la Academia China de Ciencias había alcanzado una incertidumbre de 4,4 × 10⁻¹⁹ con un reloj de iones de calcio, casi cuatro veces peor que la cifra ahora anunciada por el CQT, que de momento sitúa al lutecio como referencia a batir.
Ese margen de mejora resulta relevante porque distintos organismos internacionales de metrología estudian sustituir la definición actual del segundo —fijada en 1967 en 9.192.631.770 oscilaciones de un átomo de cesio-133— por un estándar basado en relojes ópticos como este. La decisión, según los plazos que manejan esos organismos, podría llegar en 2030 o después. Estos avances forman parte de una física de precisión que también renueva otros campos, como los tratamientos biológicos que abren una nueva dimensión en medicina respiratoria.
«Estoy convencido de que lo que tenemos ahora es el reloj más preciso del mundo», ha declarado el profesor Murray Barrett, que ha añadido que no ve cómo este instrumento podría ser superado en el futuro.
El siguiente objetivo del equipo del CQT no es ganar más decimales de precisión, sino sacar el reloj del laboratorio: Barrett y su grupo trabajan ya en miniaturizar el sistema para convertirlo en un dispositivo transportable sin que pierda exactitud, un paso que consideran imprescindible para su uso en navegación de alta precisión, pruebas de física fundamental o el propio proceso de redefinición del segundo.

