El municipio, integrado en la comarca de la Maragatería, es uno de los destinos rurales más visitados de la provincia de León, con la Calle Real como eje vertebrador del casco histórico. Esta vía fue la primera en empedrarse en todo el pueblo, ya en el siglo XVIII, precisamente para soportar el paso constante de carros cargados de mercancías que entraban y salían de la localidad.
Ese tránsito comercial no era casual. Los maragatos ejercieron durante siglos como arrieros profesionales, encargados de transportar productos entre los puertos del noroeste peninsular y el interior de España. Salazones, aceite de oliva, especias y chocolate formaban parte de un comercio que dio prosperidad a la zona hasta que la llegada del ferrocarril a Astorga, en 1866, transformó las rutas de transporte y redujo el peso de la arriería tradicional como actividad económica principal.
La huella de aquella bonanza es visible todavía hoy en la fisonomía de las viviendas, pensadas para cumplir una doble función: servir de residencia familiar y, al mismo tiempo, de centro logístico donde se gestionaba la actividad mercantil de sus propietarios, muchos de ellos arrieros que pasaban largas temporadas fuera de casa.
Portones para carros, no elementos decorativos
El rasgo arquitectónico que más llama la atención al visitante son los grandes portones de madera que presiden buena parte de las fachadas. Según explica Diario de León, estas aberturas de gran tamaño no cumplían una función estética, sino estrictamente práctica: permitían que los carros y las bestias de carga accedieran directamente hasta los patios interiores de las casas, donde se descargaban y almacenaban las mercancías antes de emprender un nuevo viaje. La solución constructiva, con portadas adinteladas o arcos de medio punto según el caso, resolvía una necesidad cotidiana en una época en la que el transporte terrestre dependía por completo de la tracción animal.
La conservación de estos elementos ha sido determinante para que Castrillo de los Polvazares mantenga una imagen urbana prácticamente inalterada respecto a los siglos de mayor actividad arriera. La declaración como Conjunto Histórico-Artístico, en 1980, blindó ese patrimonio bajo la legislación de protección del patrimonio histórico español, que obliga a preservar tanto los elementos individuales como el conjunto urbanístico en su totalidad, con controles sobre las obras y reformas que puedan alterar su fisonomía.
Este tipo de protección tiene precedentes en otras localidades castellanoleonesas que basaron su identidad en actividades comerciales o artesanales hoy desaparecidas, donde la arquitectura popular se ha convertido en el principal activo turístico tras la pérdida de la actividad económica original. Castilla y León es una de las comunidades con mayor número de conjuntos y bienes protegidos del país.
El cocido maragato, servido al revés
Si la arquitectura explica la fisonomía del pueblo, la gastronomía explica buena parte de su reputación actual. El plato de referencia es el cocido maragato, una receta que ha alcanzado notoriedad en toda España por invertir el orden habitual de los cocidos: primero se sirven las carnes, que pueden llegar a incluir hasta siete variedades distintas; después los garbanzos con la verdura, y finalmente la sopa, con la que en el resto de recetas españolas suele comenzar la comida.
La explicación más extendida sobre este orden atípico remite de nuevo a la actividad arriera. Según recoge el portal gastronómico Terranostrum, los arrieros comían primero la carne que llevaban en sus fiambreras durante el trayecto y reservaban la sopa para el momento en que llegaban a las posadas. Una segunda hipótesis sitúa el origen en la Guerra de la Independencia (1808-1814), según la cual los soldados optaban por ingerir antes los alimentos más contundentes ante la posibilidad de que un ataque interrumpiera la comida.
Los restaurantes de la localidad han mantenido esta seña de identidad culinaria como reclamo turístico, elaborando el plato con el Garbanzo Pico de Pardal, una variedad autóctona de la zona que los hosteleros consideran imprescindible para lograr la textura y el sabor tradicionales del cocido.
La combinación de patrimonio arquitectónico y oferta gastronómica ha situado a Castrillo de los Polvazares entre los destinos de turismo rural e interior con mayor proyección de la provincia de León, en un contexto de creciente interés por el turismo de proximidad y por los pueblos con Conjunto Histórico-Artístico declarado. El Ayuntamiento de Astorga, del que depende administrativamente el núcleo, y las asociaciones locales de la Maragatería mantienen iniciativas de promoción centradas en el binomio arquitectura-gastronomía, sin que hasta la fecha se hayan anunciado nuevas figuras de protección más allá de la declaración de 1980, que continúa vigente.


