La llegada de los europeos al istmo, a comienzos del siglo XVI, trajo consigo enfermedades desconocidas hasta entonces en el continente americano, entre ellas la viruela, un virus altamente contagioso frente al cual las poblaciones indígenas carecían de defensas inmunológicas previas. Los cronistas de la época, entre ellos Pedrarias Dávila, dejaron constancia escrita de que la enfermedad diezmó a la mayoría de las comunidades originarias asentadas en el territorio que hoy ocupa Panamá.
Las historias orales del pueblo guna recogen igualmente el peso de aquel periodo. Según estos relatos, las epidemias figuraron entre los factores que empujaron a esta comunidad a desplazarse desde tierra firme, en la provincia de Darién, hacia las islas del archipiélago de San Blas, en el Caribe panameño, un movimiento poblacional que reconfiguró su relación con el territorio durante los siglos posteriores a la conquista.
Pese a la contundencia de estos testimonios, el estudio subraya una contradicción que persiste: la ausencia casi total de evidencia física que respalde, de manera concluyente, la existencia de enterramientos masivos asociados a las epidemias de la época colonial. Ni en Panamá ni en otras regiones americanas analizadas por los investigadores se han identificado con certeza fosas o sitios funerarios que puedan atribuirse directamente a estos brotes.
Las hipótesis sobre el vacío arqueológico
Ante esta ausencia, los autores del trabajo plantean tres explicaciones posibles, no excluyentes entre sí. La primera apunta a que las prácticas funerarias de las comunidades indígenas pudieron transformarse durante el proceso de colonización, en parte por la imposición de ritos eurocristianos que sustituyeron las costumbres previas de las poblaciones originarias del istmo y de otras regiones del continente. La segunda sugiere que, ante la magnitud de las muertes, las comunidades pudieron verse desbordadas e incapaces de dar sepultura a todas las víctimas. La tercera, más prosaica, es que esos enterramientos existan pero aún no hayan sido localizados ni identificados.
A estas hipótesis se suma un obstáculo técnico específico de regiones tropicales como Panamá: la acidez de los suelos istmeños dificulta la preservación del ADN de los patógenos en los tejidos humanos con el paso de los siglos. Esta condición ambiental complica cualquier intento de confirmar mediante análisis genético la presencia histórica de la viruela u otras enfermedades infecciosas en restos óseos hallados en el país.
El estudio insiste en que las epidemias no deben analizarse como episodios aislados, sino como parte de un periodo más amplio en el que las poblaciones indígenas del continente enfrentaron simultáneamente violencia, desplazamientos y profundas transformaciones políticas, religiosas y ambientales durante el proceso colonizador europeo.
Smith-Guzmán sostuvo que comprender con precisión cuándo y cómo las enfermedades golpearon a comunidades específicas puede aportar claves sobre las decisiones que estas tomaron frente a la crisis y sobre las formas en que respondieron a esos cambios, incluidos desplazamientos como el protagonizado por el pueblo guna hacia el archipiélago caribeño.
La investigación no ofrece cifras concretas sobre la mortalidad indígena en el territorio panameño durante la conquista, un dato que los propios cronistas coloniales tampoco documentaron con precisión estadística, más allá de las descripciones cualitativas sobre la magnitud del impacto de la viruela entre las comunidades originarias del istmo.
Memoria de los pueblos indígenas del istmo
El debate sobre el destino físico de las víctimas de estas epidemias conecta con discusiones más amplias sobre la memoria histórica de los pueblos indígenas panameños, entre ellos los gunas, los emberá, los wounaan, los ngäbe y los buglé, comunidades cuya organización territorial se reconoce hoy mediante el sistema de comarcas indígenas y cuya historia previa sigue siendo objeto de estudio arqueológico y antropológico.
Los autores plantean que las futuras investigaciones deberán combinar disciplinas como la arqueología, la genética, la historia documental y la etnografía para avanzar en la comprensión de este periodo. Entre las herramientas señaladas figura el análisis de ADN antiguo, una técnica que permitiría buscar rastros genéticos de patógenos en restos humanos que hayan logrado preservarse en condiciones excepcionales, algo poco común en los suelos tropicales del istmo.
El estudio no fija plazos para nuevas excavaciones o análisis genéticos en territorio panameño, aunque sus autores insisten en que la combinación de fuentes documentales, orales y de laboratorio será determinante para llenar el vacío que hoy separa los relatos coloniales sobre la mortandad indígena y la escasa evidencia física recuperada hasta la fecha en los suelos del istmo.