El trabajo se suma a una línea de bioacústica marina que lleva décadas intentando descifrar cómo los cetáceos construyen una representación del entorno a partir del sonido. Lo novedoso, según los autores, es que por primera vez se ha comprobado esa capacidad discriminativa en movimiento, y no con el animal inmóvil en una estación de trabajo, que era el procedimiento habitual en experimentos anteriores sobre ecolocalización.
La diferencia no es menor. Un delfín que caza en mar abierto no permanece quieto emitiendo clics hacia un objetivo fijo: se desplaza, corrige el rumbo y ajusta la frecuencia de sus emisiones en fracciones de segundo mientras persigue una presa o evita un obstáculo. Reproducir esa dinámica en un entorno controlado, con instrumentación capaz de registrar cada variable, es lo que ha permitido a los investigadores acercar el experimento a las condiciones reales de la vida salvaje.
Un sonar biológico afinado al milímetro
El biosonar del delfín mular se basa en la emisión de ráfagas de clics ultrasónicos que rebotan en los objetos del entorno y regresan como ecos. El animal interpreta esos ecos y construye, en tiempo real, algo parecido a una imagen mental de lo que tiene alrededor, de forma análoga a como un ecógrafo médico traduce ondas sonoras en una imagen visible.
Los clics duran millonésimas de segundo, se sitúan en torno a los 130 kilohercios —muy por encima del rango audible para el oído humano, que no supera los 20 kilohercios— y pueden alcanzar hasta 228 decibelios de intensidad a corta distancia, según los datos recogidos en el estudio. Esa potencia explica por qué el delfín mular es capaz de detectar una esfera metálica de pocos centímetros a decenas de metros de distancia en el agua.
El reto técnico que atraviesa toda la investigación es la velocidad de propagación del sonido bajo el agua, unos 1.500 metros por segundo, casi cinco veces superior a la del aire. Para distinguir un eco de otro, el delfín debe procesar diferencias de tiempo de apenas millonésimas de segundo; por debajo de ese umbral, los sonidos se solapan y la discriminación deja de ser posible. En estudios previos del mismo equipo, los delfines llegaron a diferenciar objetos separados por diferencias de grosor de entre 0,1 y 0,3 milímetros, equivalentes al espesor de un cabello humano, lo que sitúa la resolución de este sonar biológico por encima de la de muchos sistemas de sonar artificial a corta distancia.
Para la parte experimental, los investigadores entrenaron a Achille y Clara para que se acercaran nadando a un par de esferas suspendidas en el agua, visualmente idénticas entre sí, y seleccionaran mediante ecolocalización la fabricada con el material solicitado. El diseño impedía cualquier pista visual, de modo que la única información disponible para el animal era la que le proporcionaba su propio sonar.
El equipo utilizó hidrófonos de alta sensibilidad y cámaras subacuáticas sincronizadas para registrar simultáneamente los clics emitidos y los movimientos de cabeza y trayectoria de los delfines en los instantes previos a decidir. Ese registro conjunto de sonido y comportamiento es lo que ha permitido a los autores describir con detalle cómo el animal ajusta su exploración acústica en tiempo real, según se recoge en la publicación.
Bienestar animal, el debate de fondo
Los responsables del centro subrayaron que ambos delfines participaron de forma voluntaria en todas las sesiones, un extremo que la comunidad científica que trabaja con animales entrenados en positivo suele presentar como indicador de un vínculo consolidado entre el animal y sus cuidadores. El bienestar de los cetáceos mantenidos en cautividad sigue siendo, no obstante, un asunto de debate abierto entre organizaciones conservacionistas y parte de la comunidad científica, que cuestionan la conveniencia de mantener delfines en parques acuáticos con independencia de los avances de investigación que puedan derivarse.
El presidente del Grupo Loro Parque, Wolfgang Kiessling, defendió que el hallazgo reafirma su «compromiso inquebrantable con la ciencia y con la protección de la biodiversidad», y señaló que el centro atiende a sus animales «con los más altos estándares de bienestar» y abre sus instalaciones a la comunidad científica internacional. Los responsables del proyecto sostienen que la combinación de cuidados veterinarios especializados, entrenadores con años de experiencia y una infraestructura acústica específica resulta difícil de reproducir en otros contextos de investigación.
Frente a ese argumento, sectores conservacionistas mantienen desde hace más de dos décadas que la investigación con cetáceos debería basarse preferentemente en la observación de poblaciones salvajes, una discusión recurrente en el debate sobre ética de la experimentación animal. El estudio no zanja esa controversia, ligada a marcos como el Convenio de Washington (CITES) y la normativa europea sobre protección de animales utilizados con fines científicos.
Entender con precisión cómo interpretan los delfines el sonido tiene una aplicación que trasciende la curiosidad científica: la contaminación acústica submarina generada por el tráfico marítimo, la prospección sísmica y las instalaciones eólicas marinas se ha identificado como una amenaza creciente para los cetáceos, que dependen del sonido para orientarse, comunicarse y alimentarse. Organismos como la Comisión Ballenera Internacional y distintos programas europeos de conservación marina reclaman desde hace años más investigación sobre los umbrales de ruido que alteran su comportamiento.
El precedente más citado en este campo se remonta a los años setenta, cuando investigadores estadounidenses documentaron por primera vez la capacidad de los delfines para discriminar formas geométricas mediante sonar. Desde entonces, la resolución de las técnicas de grabación acústica ha mejorado de forma sustancial, permitiendo estudios cada vez más finos como el presentado ahora.
Los autores no han precisado si existen planes concretos para extender este tipo de experimentos a poblaciones en libertad, donde el control de variables resulta mucho más limitado. Cualquier traslación de estos hallazgos a la conservación de cetáceos en su hábitat natural requeriría, previsiblemente, nuevas fases de investigación y la validación de los resultados por parte de otros grupos científicos independientes.
