La crisis en el enclave español se produjo pocos días después de que el rey marroquí Mohamed VI ordenara renombrar en honor al mandatario estadounidense una vía de más de 1,000 kilómetros que se adentra en el Sahara Occidental, territorio en disputa cuya soberanía marroquí Washington respaldó formalmente durante la administración de Trump. El gesto fue interpretado como una muestra de gratitud de Rabat hacia la Casa Blanca por ese respaldo diplomático.
La respuesta oficial estadounidense a la avalancha humana hacia Ceuta no dejó margen a la ambigüedad. Trump calificó lo ocurrido como una catástrofe comparable a la invasión de un país, mientras el Departamento de Estado atribuyó responsabilidad a las políticas migratorias del gobierno español encabezado por Pedro Sánchez. La Casa Blanca, por su parte, señaló a lo que denominó políticas globalistas de extrema izquierda como factor detrás de la crisis. En ningún momento las autoridades estadounidenses cuestionaron el papel de Marruecos, país desde el cual partió el flujo migratorio hacia territorio español.
Esa postura, aunque previsible para observadores de la política exterior estadounidense hacia el norte de África, habría generado inquietud en España, país miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) que alberga fuerzas estadounidenses en las bases militares de Rota y Morón. Marruecos no forma parte de la alianza atlántica, pero se ha consolidado como uno de los principales socios militares y de inteligencia de Washington en la región.
Un tratado de más de dos siglos
El vínculo entre ambas naciones se remonta a los primeros años de la independencia estadounidense. En 1776, cuando Estados Unidos se constituía como nación tras separarse del imperio británico, Marruecos era ya un sultanato gobernado por la dinastía alauita, la misma que ocupa el trono en la actualidad. Apenas un año y medio después de la emancipación estadounidense, el sultán Mohamed III autorizó a los barcos de la naciente república a ingresar libremente en los puertos marroquíes, un decreto que Rabat presenta como el primer reconocimiento internacional de la independencia estadounidense.
La Oficina del Historiador del Departamento de Estado de Estados Unidos, sin embargo, sitúa el primer reconocimiento formal el 23 de junio de 1786, fecha en que ambos países firmaron en Marrakech el Tratado de Paz y Amistad. Para la joven nación, el acuerdo representaba mucho más que un gesto protocolario: sin la protección de la Marina británica, sus embarcaciones quedaban expuestas a los corsarios de Marruecos, Argel, Túnez y Trípoli, que capturaban buques y retenían tripulaciones para exigir rescates.
El tratado garantizó la navegación pacífica y el acceso de los barcos estadounidenses a los puertos marroquíes, abrió oportunidades comerciales y reforzó la legitimidad internacional del país norteamericano en sus primeros años de vida independiente. Timothy W. Kneeland, profesor de Historia y Ciencias Políticas de la Universidad de Nazareth, en Nueva York, señaló a BBC Mundo que la ubicación geográfica de Marruecos, a la entrada del Mediterráneo, y sus vínculos con Europa, África y el mundo islámico resultaron beneficiosos para Washington en su búsqueda de reconocimiento y comercio internacional.
El acuerdo fue renegociado en 1836 y continúa vigente. Sarah Yerkes, investigadora especializada en política exterior estadounidense hacia Medio Oriente y el norte de África en el Carnegie Endowment for International Peace, sostuvo que el tratado de 1786 se mantiene como el acuerdo internacional más antiguo aún en vigor en la historia diplomática de Estados Unidos.
La cuña del Sahara Occidental
La continuidad formal del tratado no significó una relación bilateral constante a lo largo de los siglos. Cuando Marruecos quedó dividido en 1912 entre un protectorado francés y zonas bajo administración española, Washington mostró inicialmente reticencia a reconocer el nuevo orden territorial impuesto por las potencias coloniales europeas, lo que abrió un periodo de distanciamiento relativo entre ambas capitales.
La disputa sobre el Sahara Occidental, territorio que Marruecos reclama como propio desde la retirada española en 1975 y que el Frente Polisario disputa en nombre de la autodeterminación saharaui, se ha convertido en un eje de la diplomacia entre Rabat y Washington en las últimas décadas. El respaldo estadounidense a la posición marroquí sobre ese territorio, formalizado durante la primera administración Trump, representó un giro respecto a la postura históricamente más cautelosa de Naciones Unidas, que mantiene el estatus del territorio pendiente de un proceso de descolonización sin resolver.
La República de Panamá, sin vínculos directos en la controversia, observa el episodio con la distancia propia de un país que mantiene relaciones activas tanto con Estados europeos como africanos y que ha defendido tradicionalmente en foros multilaterales el principio de autodeterminación de los pueblos, invocado también por el Frente Polisario.
El desenlace de la crisis migratoria en Ceuta y sus eventuales repercusiones diplomáticas entre Madrid, Rabat y Washington permanecen abiertos. Hasta el momento no se ha reportado una reunión formal entre autoridades españolas y marroquíes para abordar el origen del flujo migratorio, ni una respuesta oficial del gobierno de Rabat a los señalamientos de organismos europeos sobre el control de sus fronteras. El episodio ilustra, según los especialistas, cómo una alianza bilateral de largo aliento como la que sostienen Washington y Rabat desde el siglo XVIII puede condicionar la respuesta de una potencia ante crisis humanitarias que involucran a terceros países.