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Xi visita Pyongyang mientras Kim consolida ingresos de la guerra en Ucrania

El líder chino viaja a Corea del Norte en un momento en que Pyongyang capitaliza su alianza militar con Moscú y reduce su dependencia de Pekín.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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El presidente chino Xi Jinping visita Pyongyang en una coyuntura inédita desde el fin de la Guerra Fría: Kim Jong-un recibe al mandatario con una economía norcoreana que ha dejado de depender exclusivamente de los subsidios chinos, gracias a los ingresos —en munición, artillería y tropas desplegadas— derivados de la cooperación militar con Rusia en el conflicto de Ucrania.

La economía norcoreana antes y después de Ucrania

Durante casi tres décadas, la economía de Corea del Norte funcionó como una economía cautiva de China. Según estimaciones del Korea Institute for National Unification (KINU, 2023), entre el 90 y el 95 % del comercio exterior norcoreano se canalizaba a través de la frontera sino-coreana, cruzada por el río Yalu. Las sanciones del Consejo de Seguridad de la ONU aprobadas entre 2006 y 2017 —resoluciones 1718, 2094, 2270, 2321 y 2397— restringieron progresivamente las exportaciones de carbón, hierro, marisco y trabajo migrante, que constituían las principales fuentes de divisa. En 2020, el cierre de fronteras por la pandemia de COVID-19 y las inundaciones provocaron lo que el Banco Mundial calificó, en su edición 2022 del informe sobre economías de Asia Oriental, como una contracción estimada del PIB norcoreano superior al 4 %, la peor desde la hambruna de los años noventa.

El punto de inflexión llegó con la invasión rusa a gran escala de Ucrania en febrero de 2022. Moscú, sometida a sanciones occidentales sin precedentes y con su complejo militar-industrial operando a plena capacidad, encontró en Pyongyang un proveedor dispuesto a exportar lo que las resoluciones del Consejo de Seguridad prohíben explícitamente: armamento convencional. El Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS, edición 2024 del Military Balance) documentó el trasvase de millones de proyectiles de artillería de calibre 152 mm y 122 mm, compatibles con sistemas soviéticos todavía en uso por el ejército ruso, desde puertos norcoreanos como Rajin —en la costa del Mar del Japón— hacia instalaciones rusas en el Lejano Oriente.

La dimensión humana: tropas norcoreanas en el frente

La colaboración ha trascendido el comercio de material. En octubre de 2024, el servicio de inteligencia surcoreano (NIS) informó al parlamento en Seúl de que entre 10.000 y 12.000 soldados norcoreanos habían sido desplegados en la región rusa de Kursk, integrados en unidades de infantería y fuerzas especiales. Ucrania, Estados Unidos y varios aliados europeos confirmaron el dato de forma independiente. Kim Jong-un protagonizó un acto público —inusual en términos protocolarios para un régimen que oculta sistemáticamente sus pérdidas militares— en el que lloró ante ataúdes de soldados norcoreanos caídos, según imágenes difundidas por medios estatales norcoreanos y verificadas por agencias internacionales.

Este despliegue sitúa a Corea del Norte, por primera vez desde la Guerra de Corea (1950-1953), como beligerante activo en un conflicto de alta intensidad fuera de su territorio. El precedente histórico más cercano es el envío de pilotos norcoreanos para apoyar a Vietnam del Norte durante la guerra de Vietnam, documentado parcialmente por archivos desclasificados soviéticos, aunque en una escala muy inferior. El contraste con aquella participación subraya la magnitud del compromiso actual.

Qué obtiene Pyongyang: la contraprestación rusa

A cambio del armamento y las tropas, Rusia ha transferido a Corea del Norte tecnología de valor estratégico cuya naturaleza exacta permanece parcialmente opaca, aunque los servicios de inteligencia occidentales apuntan a tres áreas. Primera: asistencia en el programa de satélites de reconocimiento militar, que Pyongyang ha acelerado desde 2023. Segunda: tecnología de propulsión para misiles balísticos de alcance intermedio. Tercera: divisas y materias primas —petróleo, cereales— que sortean el régimen de sanciones al transitar por territorio ruso sin pasar por instituciones financieras sujetas a jurisdicción occidental.

El efecto acumulado sobre la economía norcoreana es difícil de cuantificar con precisión, dada la ausencia de estadísticas oficiales. Sin embargo, el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS, informe Beyond Parallel, enero 2025) señala signos indirectos de reactivación: aumento del tráfico nocturno en zonas industriales fotografiadas por satélite comercial, mayor actividad en el puerto de Nampo —principal puerto de contenedores del país— y reinicio de obras de infraestructura paralizadas durante la pandemia. Comparado con el periodo 2020-2022, los indicadores satelitales sugieren una recuperación de la actividad económica, aunque desde una base excepcionalmente deprimida.

China ante un aliado que ya no le debe tanto

Es en este contexto donde la visita de Xi Jinping adquiere su dimensión real. Durante décadas, Pekín ejerció sobre Pyongyang una palanca de presión única: era el garante económico y el escudo diplomático —mediante el veto en el Consejo de Seguridad— sin el cual el régimen no hubiera sobrevivido. Esa asimetría estructural fue la base del modelo de relación sino-norcoreano desde la firma del Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua de julio de 1961, el único tratado de defensa colectiva que Corea del Norte mantiene vigente y que obliga a China a intervenir militarmente si Pyongyang es atacada.

La entrada de Rusia como socio económico y tecnológico relevante altera ese equilibrio. Pyongyang dispone ahora de una fuente alternativa de ingresos y tecnología que reduce, aunque no elimina, su dependencia de Pekín. Para China, esto representa un problema de gestión estratégica: si Moscú y Pyongyang consolidan una alianza operativa al margen de Pekín, el noreste asiático —zona de interés vital para la seguridad china en su flanco noreste— se vuelve menos predecible. Xi Jinping no viaja a Pyongyang a felicitar a Kim: viaja a recordarle quién sigue siendo, en términos geopolíticos, el actor con mayor capacidad de influencia sobre su seguridad a largo plazo.

Geografía estratégica: el triángulo que inquieta a Seúl, Tokio y Washington

La geografía amplifica el significado del momento. Corea del Norte comparte 1.416 kilómetros de frontera con China y apenas 19 con Rusia, en el extremo nororiental del país, donde el río Tumen desemboca en el Mar del Japón. Ese corredor —donde se ubica la Zona Económica Especial de Rason, concesión conjunta ruso-norcoreana— es la vía por la que transita buena parte del material militar hacia Rusia. El puerto de Rajin, dentro de esa zona, adquiere así un valor logístico que no tenía desde la Segunda Guerra Mundial, cuando la URSS lo utilizó como punto de proyección hacia el Pacífico.

Para Japón y Corea del Sur, el fortalecimiento simultáneo de las capacidades militares norcoreanas y su integración en la estructura de defensa rusa representa una amenaza directa y cuantificable. Según el White Paper on Defense japonés de 2024, Corea del Norte dispone de entre 40 y 50 ojivas nucleares operativas, con misiles balísticos intercontinentales —como el Hwasong-17— capaces de alcanzar el territorio continental de Estados Unidos. Si la tecnología rusa mejora la precisión o la capacidad de penetración de esos misiles, el equilibrio de disuasión en el Pacífico occidental se deteriora.

El marco normativo internacional y sus fracturas

Desde el punto de vista del derecho internacional, la cooperación militar Rusia-Corea del Norte viola de forma directa las resoluciones 2270 (2016) y 2397 (2017) del Consejo de Seguridad de la ONU, que prohíben a los Estados miembros suministrar o adquirir armamento a Corea del Norte. Sin embargo, el mecanismo de cumplimiento depende del propio Consejo de Seguridad, donde Rusia tiene poder de veto. En 2024, Moscú vetó la renovación del Panel de Expertos de la ONU encargado de supervisar las sanciones a Corea del Norte, disolviendo de facto el principal instrumento de verificación multilateral.

China, por su parte, se ha abstenido o votado en contra de iniciativas occidentales destinadas a reforzar las sanciones desde 2022, argumentando que la vía de las sanciones no produce resultados y que la estabilidad peninsular requiere negociación. Esta posición no es nueva —Pekín siempre prefirió la presión calibrada a la confrontación— pero en el contexto actual sirve objetivamente para proteger el espacio de maniobra tanto de Pyongyang como de Moscú. El resultado es un régimen de sanciones formalmente vigente pero operativamente vaciado.

Qué viene después: plazos e hitos para los próximos meses

La visita de Xi establece una agenda mínima que los analistas seguirán de cerca. En el plano bilateral sino-norcoreano, se espera una revisión del acuerdo comercial fronterizo —el principal instrumento de intercambio económico ordinario entre ambos países— y posiblemente una declaración conjunta que reitere el Tratado de 1961 como pilar de la relación. Pekín intentará recuperar protagonismo simbólico en la gestión del dosier norcoreano ante el desplazamiento que Moscú ha operado en los últimos dos años.

En paralelo, Seúl y Washington han anunciado una revisión de sus ejercicios militares conjuntos para el primer semestre de 2025, con simulacros que por primera vez incorporan específicamente el escenario de bajas masivas norcoreanas en un teatro externo como indicador de capacidad de combate real. La OTAN, por su parte, tiene previsto presentar en la cumbre de La Haya (junio de 2025) un documento de evaluación sobre la participación norcoreana en el conflicto de Ucrania y sus implicaciones para la seguridad euroatlántica. Será la primera vez que la Alianza Atlántica aborda formalmente a Corea del Norte como actor con presencia militar en el espacio europeo.

La gran incógnita sigue siendo si Kim Jong-un, enriquecido por la guerra y con mayor margen de maniobra diplomático del que ha tenido en décadas, está dispuesto a escuchar a Xi o si, por el contrario, usará la visita para exhibir ante su clase política y militar que Pyongyang recibe a Pekín en sus propios términos. La respuesta a esa pregunta definirá, en buena medida, la estabilidad del noreste asiático en los próximos años.

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