La operación, bautizada Jawbreaker, llevó a bordo a siete agentes de la CIA, tres tripulantes y dos colaboradores afganos, bajo el mando de Gary Schroen, un veterano de 59 años al que le faltaban menos de tres meses para jubilarse y que aplazó su retiro para encabezar la misión. Su jefe en el Centro Antiterrorista, Cofer Black, le encomendó encontrar y matar a Osama Bin Laden. El objetivo operativo era tender puentes con la Alianza del Norte, la coalición que combatía al régimen talibán, y preparar el terreno de inteligencia antes de la ofensiva que el Pentágono lanzó el 7 de octubre de 2001.
El elemento más valioso del equipaje no eran las armas, sino tres millones de dólares en billetes de cien destinados a comprar lealtades, víveres y caballos entre las milicias locales. El momento era delicado: dos días antes del 11-S, dos miembros de Al Qaeda disfrazados de periodistas habían asesinado a Ahmad Shah Massud, el jefe militar de la Alianza del Norte, dejando a sus hombres sin mando y en busca urgente de un aliado con recursos y aviones.
La elección del aparato no fue casual. El Mi-8 y su versión de exportación, el Mi-17, eran los helicópteros más comunes en los cielos afganos, empleados tanto por la Alianza del Norte como por los talibanes, lo que permitía confundirse con el tráfico aéreo habitual de la región. La propia CIA era propietaria de la unidad desde la década de los noventa, cuando la adquirió y la modificó con motores más potentes, pensados para sortear las montañas que tanto habían castigado a las tropas soviéticas durante la ocupación de Afganistán iniciada en 1979.
Esa potencia adicional resultaba imprescindible para cruzar el paso de Anjumán, a unos 4.420 metros de altitud, uno de los accesos obligados al Panjshir. A esa cota el rotor pierde sustentación y los motores convencionales pierden potencia, de modo que pocos helicópteros podían completar la ruta con garantías.
Relojes en cirílico con chuletas en inglés
El interior del aparato reflejaba esa hibridación técnica: los ingenieros de la agencia instalaron aviónica nueva, pero los relojes originales conservaban su rotulación en caracteres cirílicos, por lo que se optó por pegar traducciones al inglés junto a cada indicador para que la tripulación estadounidense pudiera operarlo. El resultado era un helicóptero soviético pilotado con chuletas rumbo a una guerra contra un enemigo que volaba el mismo modelo.
El helicóptero tampoco llevaba transpondedor, el sistema que identifica a una aeronave ante los radares aliados, lo que exponía a la tripulación a ser confundida con un aparato talibán y derribada por error. Como solución improvisada, pintaron «USA» y una bandera estadounidense en la parte superior de los estabilizadores, visibles desde el aire pero no desde tierra; al no disponer de pintura azul, la bandera quedó reducida a las barras, sin estrellas.
En el fuselaje figuraba el número 607, indicativo del piloto afgano que realizó la primera misión, y más tarde la matrícula 91101, en referencia a la fecha de los atentados, que también se empleó como indicativo de radio durante las operaciones posteriores. El aparato sirvió como señuelo y a la vez como marca de reconocimiento para los aliados.
El aparato siguió en servicio activo durante once años tras aquel primer vuelo, hasta sumar 310 misiones de la CIA en territorio afgano y su retirada operativa en 2012. Expuesto desde 2019 a la intemperie en los jardines de Langley, el sol había comido la pintura y los animales se colaban por el fuselaje, daños que los restauradores de la agencia han reparado hasta devolverle el aspecto que presentaba en septiembre de 2001. La recuperación de objetos del pasado también ocupa a quienes estudian la Antigüedad, como los arqueólogos que han hallado junto al Danubio una ciudad romana con anfiteatro para 8.000 personas.


