La cifra central del estudio no necesita adjetivos. La presencia de embarcaciones reduce entre un 40% y un 45% la probabilidad de registrar cantos de ballena jorobada, según los primeros resultados de la investigación divulgados por la Fundación Panacetacea Panamá. No es un dato abstracto de laboratorio: es la constatación de que el motor fuera de borda de una lancha de buceo recreativo puede silenciar el cortejo de un cetáceo que migra miles de kilómetros para reproducirse en aguas panameñas.
El contraste entre sitios resulta el dato más revelador. Isla Contadora, en la provincia de Panamá, zona de alta actividad turística y de transporte, registró ruido de motores durante el 42.6% de las horas monitoreadas; durante el día esa presencia alcanzó el 74.5% de las horas y se asoció principalmente con turismo recreativo, buceo y pesca deportiva. Isla Iguana, en Los Santos, ocupó el segundo lugar en presencia de ruido de embarcaciones. Los demás puntos —Contreras, Ladrones y Paridas, en Chiriquí; Cébaco, en Veraguas; y Boná— completan el mapa acústico del estudio.
El problema no se limita a que el ruido dificulte detectar los cantos. Para los mamíferos marinos el sonido cumple funciones esenciales: es sistema de comunicación, radar de navegación y, en buena medida, mecanismo de reproducción. Las alteraciones provocadas por las embarcaciones pueden modificar su comportamiento, afectar su comunicación e interferir con señales relacionadas con la reproducción y la navegación, advierten los investigadores, que además apuntan efectos posibles sobre peces y sus etapas tempranas de desarrollo.
Conviene, sin embargo, no convertir el hallazgo en una fábula sobre el turista depredador. El propio estudio matiza el diagnóstico: en la mayoría de las localidades analizadas el paisaje acústico sigue dominado por sonidos biológicos. «Cada sitio suena distinto», resume Betzy Pérez, directora de la Fundación Panacetacea Panamá, quien sostiene que ese predominio de lo biológico indica que los hábitats estudiados todavía conservan su funcionamiento ecológico y ofrece una línea base útil para continuar el monitoreo.
El método detrás de estos hallazgos merece su línea de crédito. Los hidrófonos, instalados entre mayo y junio de 2025, fueron programados para grabar 25 minutos de cada hora; para el análisis se tomó una submuestra del 17% procesada mediante espectrogramas, representaciones gráficas que traducen el sonido submarino en algo que el ojo humano puede interpretar. Con ese procedimiento los investigadores identificaron cuatro grandes componentes del paisaje sonoro: coros de peces, chasquidos de camarones pistola, cantos de ballenas jorobadas y ruido de embarcaciones.
De la administración del Canal a la franja costera
Aquí cabe un ejercicio de memoria institucional. Panamá ha construido buena parte de su identidad económica sobre la explotación ordenada de sus aguas: el Canal, administrado por la ACP, es el ejemplo más pulido de cómo un recurso marítimo puede gestionarse con rigor técnico y fiscalización constante, un modelo consolidado tras el traspaso del Canal a manos panameñas el 31 de diciembre de 1999. Cabría preguntarse por qué ese mismo estándar de gestión —medir, monitorear, corregir— ha tardado tanto en extenderse a la fauna que habita las aguas costeras del Pacífico, donde el turismo crece sin que existan protocolos ampliamente exigidos de velocidad o distancia mínima para embarcaciones cerca de cetáceos.
La respuesta institucional, de momento, ha sido modesta pero no inexistente. El Ministerio de Ambiente respaldó una extensión de seis meses del proyecto: las grabadoras, retiradas en abril de 2026, volvieron a instalarse para recopilar datos hasta noviembre. Esta segunda etapa coincidirá con un evento de El Niño y permitirá comparar cómo las variaciones ambientales influyen tanto en la presencia de ballenas como en el paisaje acústico general del Pacífico.
Panamá cuenta con un marco de partida: la observación de cetáceos y el avistamiento de ballenas están sujetos a normativa ambiental que fija pautas de acercamiento, y el país acoge cada año, entre julio y octubre, la temporada de arribo de la ballena jorobada al golfo de Chiriquí y aguas vecinas. La investigación de Panacetacea aporta, por primera vez, evidencia acústica local para evaluar si esas reglas bastan frente a la intensidad del tráfico turístico actual.
Lo que el ejercicio revela, en el fondo, es la brecha entre la velocidad de la ciencia y la de la política pública. Un proyecto financiado por el Fondo para el Medio Ambiente Mundial, implementado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y ejecutado por WWF Mesoamérica en el marco regional de Pacífico Sostenible puede tardar años en producir una línea base confiable; una temporada turística alta, en cambio, se decide en meses. Mientras los científicos calibran espectrogramas, las lanchas siguen zarpando cada mañana hacia Contadora.
El desenlace no está escrito. Los datos que se recojan hasta noviembre de 2026 permitirán, en teoría, afinar el diagnóstico y sugerir medidas concretas: rutas de navegación alternativas, límites de velocidad en zonas sensibles o ventanas horarias para actividades turísticas. Pero convertir un hallazgo científico en política pública exige algo que ningún hidrófono puede grabar: voluntad institucional sostenida más allá del financiamiento internacional.
Al final, la pregunta que deja este proyecto no es solo cuánto ruido se hace, sino cuánto se está dispuesto a escuchar. El Pacífico panameño lleva meses hablando a través de espectrogramas sobre lo que sus habitantes —los de aleta y los de branquia— necesitan para sobrevivir. Queda por ver si, además de grabarlo, alguien decide bajarle el volumen al motor.