La llamada telefónica que Juan de Dios Mellado, director general de la RTVA, realizó a las 20:30 a los jefes de campaña de los seis partidos con representación parlamentaria en Andalucía fue breve, protocolaria y unánimemente anticipada por todos los interlocutores: el debate electoral previsto para el jueves 29 de mayo a las 22:00 en el plató principal de Canal Sur en San Juan de Aznalfarache quedaba suspendido sine die por la prolongación del luto oficial en Andalucía tras la muerte de los dos guardias civiles en Huelva. Mellado explicó que la Junta había extendido el luto a cinco días hábiles — hasta el viernes 30 — y que emitir un debate electoral con los candidatos enfrentándose dialécticamente mientras las banderas seguían a media asta en los edificios públicos de toda la comunidad habría sido, en sus palabras, «una falta de respeto que la audiencia andaluza no habría perdonado». La decisión, que técnicamente corresponde al consejo de administración de la RTVA pero que en la práctica fue tomada en consulta con la Junta de Andalucía, elimina el último gran escenario televisado en el que los candidatos podían alterar la dinámica de la campaña, una ausencia que los estrategas electorales de cada partido interpretan de maneras diametralmente opuestas según su posición en las encuestas.
Para el PP, la suspensión del debate es la confirmación de una estrategia que el equipo de Moreno venía ejecutando con disciplina quirúrgica desde hace semanas: el perfil bajo. Los sondeos del CENTRA, publicados el viernes con datos recogidos entre el 12 y el 22 de mayo, sitúan al PP en el 43,6% de intención de voto, una cifra que según la horquilla de escaños le otorga entre 53 y 57 diputados en un parlamento donde la mayoría absoluta se alcanza con 55. Moreno no necesita convencer a más votantes; necesita que los que ya tiene acudan a las urnas, y para ello la mejor estrategia es no generar ninguna polémica que pueda movilizar al electorado de izquierdas por reacción. El debate era el principal riesgo de esa estrategia: un mal gesto, una frase desafortunada, un cruce verbal excesivamente agresivo podría haber roto el hechizo de la inevitabilidad que los sondeos han tejido alrededor de la candidatura de Moreno. Sin debate, ese riesgo desaparece. El candidato popular, que esta noche ha publicado un escueto tuit desde su cuenta personal — «Mi corazón sigue en Huelva con las familias de Germán y Jerónimo. Andalucía no olvida a sus héroes» — puede llegar al 17-M sin haber protagonizado un solo momento de tensión electoral en las últimas dos semanas de campaña, un lujo que ningún candidato en la historia de las elecciones andaluzas había podido permitirse.
La lectura opuesta la hace el PSOE, para el que la cancelación del debate representa la pérdida de su última oportunidad de alterar una dinámica que las encuestas describen como catastrófica. Juan Espadas, que según las fuentes internas del partido había preparado una intervención especialmente agresiva centrada en la gestión sanitaria de la Junta durante la crisis del Hondius y en los recortes presupuestarios en las fuerzas de seguridad que, según la tesis socialista, contribuyeron a la tragedia de Huelva, se queda sin escenario para un ataque que podría haber sido su último cartucho. El PSOE andaluz, que el CENTRA sitúa en el 25,8% de intención de voto — su peor registro histórico en unas autonómicas, por debajo incluso del 28,0% de las elecciones de 2022 que ya fueron consideradas un desastre sin paliativos — necesitaba un acontecimiento disruptivo para romper la inercia de la derrota anunciada, y el debate era la apuesta más realista para provocarlo. Sin él, Espadas afronta los últimos días de campaña con las herramientas más débiles del arsenal electoral: actos de partido con militantes convencidos, entrevistas en medios de comunicación que apenas mueven el voto, y publicaciones en redes sociales que el algoritmo de las plataformas diluye en un océano de contenido que ningún votante indeciso consume deliberadamente.
Vox es el tercer actor que ve alterados sus cálculos por la suspensión del debate, aunque en su caso la lectura es ambivalente. Manuel Gavira, candidato del partido de Abascal en Andalucía, había preparado una estrategia de debate basada en la confrontación directa con Moreno sobre inmigración y seguridad, dos temas en los que Vox considera que el PP andaluz ha adoptado posiciones excesivamente blandas y en los que Gavira, un abogado sevillano de oratoria incisiva y temperamento combativo, se siente especialmente cómodo. La cancelación le priva de ese escenario, pero Gavira ha reaccionado con la agilidad digital que caracteriza a la maquinaria comunicativa de Vox: a las 21:00 ha publicado en sus redes sociales un vídeo de cuatro minutos grabado en la terraza de su domicilio sevillano en el que, con la Giralda iluminada al fondo, pronuncia un discurso que combina el homenaje a los guardias civiles fallecidos con una denuncia de lo que califica como la cobardía del PP para debatir. El vídeo acumula a las 22:00 más de 340.000 reproducciones en Twitter/X y 180.000 en TikTok, unas cifras que no se traducen necesariamente en votos pero que mantienen a Vox en el centro de la conversación digital mientras el PP y el PSOE callan.
El modelo de Metroscopia, dirigido por José Pablo Ferrándiz, otorga al PP una probabilidad del 62% de alcanzar la mayoría absoluta con 55 o más escaños, y una probabilidad del 38% de quedarse entre 51 y 54, lo que le obligaría a buscar un acuerdo de investidura con Vox. El modelo de 40dB, que utiliza técnicas de agregación bayesiana sobre los sondeos publicados en las últimas tres semanas, es ligeramente más conservador: sitúa la probabilidad de mayoría absoluta del PP en el 54% pero eleva la estimación media de escaños de Vox a 18, lo que convertiría al partido de Abascal en el socio inevitable de Moreno si este no alcanza los 55. El modelo del CIS, cuya fiabilidad ha sido cuestionada históricamente pero que en las últimas elecciones ha mejorado significativamente su precisión, estima al PP entre 54 y 58 escaños con un intervalo de confianza del 95%, una horquilla que incluye la mayoría absoluta en todos los escenarios excepto el más pesimista para los populares.
La variable que ningún modelo puede cuantificar con precisión es el efecto del luto de Huelva sobre la participación electoral, un factor que los demoscópicos denominan «shock exógeno» y que históricamente ha producido resultados contradictorios. El precedente más citado en las redacciones esta noche es el de las elecciones generales del 14 de marzo de 2004, celebradas tres días después de los atentados del 11-M, en las que el shock provocó un aumento espectacular de la participación que favoreció al PSOE de Zapatero y perjudicó al PP de Rajoy. Pero los analistas advierten de que el paralelismo es engañoso: el 11-M fue un acto terrorista con implicaciones políticas directas — la gestión de la crisis y la atribución de autoría se convirtieron en el eje del voto — mientras que la tragedia de Huelva es un suceso trágico que afecta emocionalmente a la sociedad pero que no tiene una traducción política tan inmediata ni tan polarizante. El efecto más probable del luto sobre la participación, según el consenso de los analistas consultados, es una ligera depresión de uno o dos puntos porcentuales que afectaría proporcionalmente más al electorado de izquierdas, tradicionalmente más sensible a los llamamientos emocionales y más propenso a la abstención cuando el contexto es de desánimo generalizado.
La geometría de pactos post-electorales, que los estrategas de todos los partidos ya calculan con la frialdad de ingenieros que diseñan puentes sobre ríos cuyo caudal aún no conocen, depende casi exclusivamente de una cifra: 55. Si Moreno alcanza los 55 escaños, gobernará en solitario y Andalucía vivirá una legislatura de estabilidad parlamentaria que le convertiría en el barón autonómico más poderoso del PP y en candidato natural para suceder a Feijóo en el liderazgo nacional si este fracasa en las próximas generales. Si se queda en 53 o 54, necesitará a Vox, y Gavira ya ha anticipado en varias entrevistas que su precio incluye la consejería de Políticas Migratorias, la derogación de la ley andaluza de memoria democrática y la revisión de los contratos con organizaciones que gestionan la acogida de menores no acompañados, tres exigencias que Moreno calificó en la campaña de 2022 como «líneas rojas» pero que cuatro años de pragmatismo gubernamental podrían haber difuminado hasta convertirlas en tonos de gris negociable. La alternativa de un pacto PP-PSOE, que algunos analistas plantean como un escenario teórico derivado de la crisis interna socialista, es descartada unánimemente por todas las fuentes de ambos partidos: ni Moreno lo necesita si roza la absoluta, ni el PSOE está en condiciones orgánicas de negociar nada que no sea su propia supervivencia.
La noche cae sobre Sevilla con la campaña del 17-M convertida en un paisaje de silencio estratégico que desconcierta a los corresponsales extranjeros desplazados para cubrir las elecciones. En el Hotel Alfonso XIII, donde el equipo de Moreno ha instalado su centro de operaciones, las luces del salón mudéjar están encendidas pero las cortinas cerradas: nadie entra ni sale, nadie hace declaraciones, nadie alimenta la máquina informativa que en cualquier otra campaña estaría funcionando a pleno rendimiento a ocho días de la votación. En la sede del PSOE andaluz en la calle San Vicente, un fluorescente encendido en la tercera planta delata una actividad que las fuentes internas describen como «reunión de crisis permanente pero sin capacidad de decisión porque todo depende de lo que pase en Madrid». En la sede de Vox en la calle Imagen, Gavira revisa con su equipo digital las métricas de su vídeo nocturno y planifica una serie de directos en Instagram para los próximos días que suplirán la ausencia del debate televisado. Y en algún lugar de Andalucía, ocho millones de electores se preparan para una noche de domingo que mañana habrán olvidado pero que los historiadores de la política electoral española recordarán como la noche en que una campaña se ganó sin hacer campaña, un oxímoron que solo tiene sentido en un país donde la política se parece cada vez más a un juego de ajedrez en el que la mejor jugada es, a veces, no mover ninguna pieza.


