Los veranos de Preysler han funcionado durante casi seis décadas como reflejo de su vida sentimental. Cada etapa —desde su matrimonio con Julio Iglesias en los años setenta hasta su relación con el escritor Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010— dejó una impronta distinta en la forma de entender el descanso estival, según reflejan las hemerotecas de la prensa del corazón.
Las primeras imágenes de veraneo junto a Julio Iglesias corresponden a los años sesenta y setenta, cuando el matrimonio protagonizó estampas en Marbella, Peñíscola, Málaga y Lanzarote que alimentaron las revistas ilustradas de la época. El verano de 1977 marcó, según reflejaron diversas publicaciones de entonces, un punto de inflexión: las ausencias prolongadas del cantante, inmerso en una carrera internacional en ascenso, habrían erosionado un matrimonio que se disolvería poco después.
Tras aquella ruptura, el modelo vacacional de Preysler cambió de registro con el aristócrata Carlos Falcó, marqués de Griñón. Marbella siguió siendo escenario habitual, pero las vacaciones adquirieron un tono más doméstico: jornadas de playa con los hijos, comidas en chiringuitos y visitas recurrentes al centro de bienestar Incosol, entonces referencia en tratamientos de descanso en la Costa del Sol. De aquellos años datan anécdotas como el alquiler de una vivienda con búnker y huerto propio, o las cenas en el restaurante La Meridiana, uno de sus establecimientos preferidos del litoral malagueño.
La discreción de Boyer y el giro cosmopolita con Vargas Llosa
Con Miguel Boyer, ministro de Economía y Hacienda entre 1982 y 1985 durante el primer Gobierno de Felipe González, Preysler inició la etapa más reservada de su vida estival. La residencia familiar de Puerta de Hierro, en Madrid, se convirtió en el principal punto de encuentro veraniego, con visitas de personalidades de los mundos cultural, político y empresarial, pero con una exposición mediática considerablemente menor que en etapas previas.
Tras el fallecimiento de Boyer, la relación con Mario Vargas Llosa trajo un componente marcadamente internacional a sus vacaciones. Cruceros por los fiordos escandinavos, estancias en las islas griegas y viajes por el Sudeste Asiático marcaron aquellos veranos, en los que el escritor dedicaba varias horas al día al trabajo en sus novelas mientras Preysler descansaba, leía y disfrutaba del sol, según relató la crónica social. Algunas de aquellas escapadas, en especial las imágenes tomadas en Grecia, dieron lugar a reportajes muy comentados en la prensa del corazón.
Concluida esa etapa sentimental, Preysler afronta el verano centrada en su entorno familiar más cercano. Marbella continúa apareciendo como punto fijo en su calendario estival, en línea con una tradición que en la Costa del Sol se remonta al desarrollismo turístico de los sesenta y setenta, cuando la localidad malagueña se consolidó como destino predilecto de la aristocracia europea y la alta sociedad española. A ese enclave se sumarían este año escapadas a destinos como Maldivas, en el océano Índico, uno de los archipiélagos más solicitados por el turismo de lujo internacional.
El interés informativo en torno a los veranos de Preysler no es nuevo. Desde los años setenta, las revistas especializadas en crónica social han dedicado seguimiento a sus movimientos estivales, un fenómeno editorial que en España tiene su origen en publicaciones como ¡Hola!, fundada en 1944 y pionera en un modelo periodístico centrado en la vida de las élites sociales. Ese modelo, sostenido durante décadas por una demanda amplia, se rige por reglas propias: acceso pactado y exclusivas negociadas, en una relación distinta de la información política o económica.
Ni Isabel Preysler ni su entorno han realizado declaraciones públicas que confirmen de manera oficial la totalidad de este itinerario estival, por lo que las fechas y localizaciones concretas deben entenderse como aproximaciones basadas en la información disponible. La empresaria, que combina su actividad como imagen de marcas comerciales con una intensa vida social durante otoño y primavera, mantiene el verano como periodo de menor actividad profesional y mayor dedicación a su familia.
