La decisión de suspender la campaña fue tomada por consenso de todos los partidos en una reunión informal celebrada el viernes por la noche en la sede de la Junta Electoral de Andalucía, a la que asistieron los directores de campaña del PP, PSOE, Vox, Por Andalucía y Adelante Andalucía. Según los participantes consultados por este periódico, la decisión fue unánime y se alcanzó en menos de quince minutos: ningún partido quería ser el primero en retomar los actos de campaña mientras los féretros de Germán y Jerónimo permanecían en la capilla ardiente, y la imagen de un candidato pidiendo el voto en la misma ciudad donde se lloraba a dos agentes muertos en acto de servicio habría generado un rechazo ciudadano que ninguna estrategia electoral podría compensar. La suspensión abarca todos los actos públicos de campaña —mítines, pasacalles, pegadas de carteles, actos con militantes—, pero no incluye la actividad en redes sociales ni las entrevistas en medios de comunicación, una excepción que los partidos justifican con el argumento de que la comunicación informativa no tiene el carácter festivo de los actos presenciales y que, en la práctica, les permite mantener una presencia mediática que mitiga parcialmente el impacto de la suspensión.
La encuesta del Centro de Estudios Andaluces —CENTRA—, publicada este viernes y que constituye el último sondeo oficial antes de la prohibición de publicar encuestas en los cinco días previos a las elecciones, dibuja un panorama electoral que confirma las tendencias de las últimas semanas con una nitidez que deja escaso margen para la sorpresa. El PP obtendría un 43,1% de intención de voto, una cifra que, trasladada a escaños mediante el sistema electoral andaluz de circunscripciones provinciales, le situaría entre cincuenta y cuatro y cincuenta y siete diputados en un parlamento donde la mayoría absoluta se alcanza con cincuenta y cinco. La horquilla es lo suficientemente amplia como para que la absoluta no esté garantizada pero sí al alcance de la mano, una situación que los estrategas del PP describen como ideal porque les permite mantener la tensión movilizadora de la incertidumbre sin perder la confianza del electorado favorable. El PSOE, con un 20,1%, registraría su peor resultado en la historia de las elecciones andaluzas, por debajo incluso del veintiuno por ciento que obtuvo en dos mil dieciocho cuando perdió la Junta tras treinta y siete años de gobierno. La caída de un punto respecto a la encuesta CENTRA de hace dos semanas refleja el impacto acumulado del caso Koldo sobre la marca socialista en Andalucía, un efecto que los sondeos internos del PSOE confirman con una precisión que los dirigentes del partido describen, en conversaciones privadas, con una franqueza poco habitual: el caso Koldo les está costando entre dos y tres puntos porcentuales en Andalucía, lo que equivale a entre cuatro y seis escaños que podrían ser la diferencia entre un resultado malo y un resultado catastrófico.
Vox registra un 14,4% en la encuesta CENTRA, una cifra que supone un crecimiento de un punto y medio respecto al sondeo anterior y que los analistas atribuyen a la combinación de dos factores: el discurso migratorio de Macarena Gavira, que ha escalado en intensidad durante las últimas semanas hasta convertir la inmigración en el tema central de la campaña de Vox, y el efecto arrastre del caso Koldo, que beneficia a todos los partidos de oposición pero que Vox capitaliza con mayor eficacia que el PP porque su discurso anticorrupción es más radical y menos matizado. El crecimiento de Vox tiene una consecuencia directa sobre las posibilidades del PP de alcanzar la absoluta: cada punto que gana Vox es, en buena medida, un punto que el PP pierde, y en un sistema electoral como el andaluz, donde la distribución provincial de los escaños introduce una fuerte prima a los partidos que superan ciertos umbrales de voto en las circunscripciones pequeñas, la diferencia entre un Vox del doce por ciento y un Vox del quince por ciento puede suponer dos o tres escaños que se mueven de la columna del PP a la de Vox, haciendo que la absoluta pase de probable a imposible.
El segundo debate de la campaña, organizado por Radio y Televisión de Andalucía, se mantiene para mañana domingo once de mayo a las veintidós horas, una decisión que la dirección de RTVA ha tomado tras consultar con todos los partidos y que justifica con el argumento de que el debate es un acto informativo, no un acto de campaña, y que su celebración es compatible con el luto oficial. La decisión no ha sido unánime: Por Andalucía y Adelante Andalucía pidieron que el debate se pospusiera al martes para respetar la solemnidad del luto, pero el PP y el PSOE apoyaron la fecha original, el primero porque un debate más le da una oportunidad adicional de mostrar la solvencia de Moreno y el segundo porque necesita desesperadamente un escenario donde Montero pueda revertir la tendencia descendente. Vox también apoyó la celebración del debate, coherente con su estrategia de maximizar la visibilidad de Gavira en los medios audiovisuales, donde la candidata de Santiago Abascal ha demostrado una capacidad de comunicación que los analistas califican como notablemente superior a la de los anteriores candidatos del partido en Andalucía.
La visita de Moreno a la capilla ardiente de los dos guardias civiles, que se produjo ayer viernes a última hora de la tarde, fue un acto cuidadosamente calibrado que combina el respeto institucional con la gestión política de una tragedia que, inevitablemente, forma parte del contexto electoral. El presidente andaluz llegó a la Comandancia de Huelva sin escolta visible, vestido de traje oscuro y con un gesto de gravedad que las cámaras capturaron desde una distancia prudente negociada previamente entre la Junta y los medios de comunicación. Moreno permaneció ante los féretros durante dieciocho minutos —una duración que sus asesores consideran adecuada para transmitir respeto sin prolongar la imagen de duelo más allá de lo que el público puede procesar— y conversó brevemente con las familias de los fallecidos en una sala privada cuyo contenido no ha trascendido. La oposición ha optado por no criticar la visita de Moreno, una decisión que refleja el consenso implícito de que la instrumentalización del luto es una línea que ningún partido quiere ser acusado de cruzar, aunque todos son conscientes de que la imagen de Moreno acompañando a las familias en un momento de dolor tiene un impacto emocional que trasciende la política y que, inevitablemente, se incorporará a la narrativa de campaña cuando esta se reanude.
La reanudación de la campaña el lunes plantea un dilema logístico y de tono que los directores de campaña han resuelto mediante un acuerdo informal: todos los actos se programarán a partir de las diecisiete horas, dejando la mañana para el funeral de Estado en Huelva y un margen de transición que evite la imagen de los candidatos pasando directamente del luto a la arenga. El PP tiene previsto un acto en Córdoba a las dieciocho horas con Feijóo como invitado estrella, un evento que sus estrategas plantean como el disparo de salida de la recta final de la campaña y en el que se espera que Feijóo vincule de nuevo el caso Koldo con la marca PSOE en Andalucía. El PSOE ha programado un mitin en Málaga con la presencia de Pedro Sánchez, el primero del presidente del Gobierno en la campaña andaluza, un movimiento que los socialistas justifican con el argumento de que la presencia de Sánchez moviliza al electorado de izquierda pero que los analistas interpretan como una señal de desesperación: que el presidente del Gobierno tenga que desplazarse a una campaña autonómica refleja el nivel de alarma que existe en la cúpula del PSOE sobre el resultado andaluz. Vox celebrará un acto en Almería con Abascal, su primer acto presencial en la provincia donde el discurso migratorio tiene mayor penetración electoral.
Los últimos siete días de campaña —de los cuales dos se han perdido por el luto— se presentan como los más intensos y los más impredecibles de toda la contienda. Las variables que condicionarán el resultado se han multiplicado durante esta semana hasta crear un escenario que ningún modelo demoscópico puede capturar con precisión: el efecto del luto sobre la movilización electoral —los analistas no se ponen de acuerdo sobre si reduce o aumenta la participación—, el impacto del caso Koldo sobre los votantes indecisos —los datos son ambiguos—, la penetración del discurso migratorio de Vox en las provincias costeras —las encuestas lo sugieren pero no lo confirman—, y el efecto de un posible resultado positivo del caso sospechoso de hantavirus en Barcelona sobre la percepción de crisis y sobre la atención mediática que la campaña andaluza recibirá en sus últimos días. Cada una de estas variables puede mover el resultado entre uno y tres puntos, y la combinación de todas ellas genera un espacio de incertidumbre que convierte al diecisiete de mayo en unas elecciones donde, pese a la clara ventaja del PP, ningún resultado puede darse por seguro.
Andalucía cierra este sábado noche en un silencio electoral que contrasta con la intensidad de lo que ocurre en el resto de España. Los cuarteles generales están activos pero callados, los equipos de campaña trabajan en la sombra preparando los actos del lunes, y los candidatos, recogidos en sus casas o en reuniones privadas con sus asesores más cercanos, repasan los datos del CENTRA y las fichas del debate de mañana con la concentración de quien sabe que los próximos siete días decidirán el futuro político de una comunidad que representa el dieciocho por ciento de la población española. El PP sueña con una absoluta que le otorgue cuatro años de gobierno sin depender de nadie. El PSOE lucha por evitar un resultado que sus propios cuadros califican de catastrófico. Vox aspira a ser la llave de un gobierno de coalición que le dé acceso al poder autonómico. Y los andaluces, muchos de los cuales aún no han decidido su voto, asisten a un espectáculo político que la tragedia de Huelva, la amenaza del hantavirus y la sombra del caso Koldo han convertido en algo mucho más grande que unas simples elecciones autonómicas: en un plebiscito sobre la capacidad de la democracia española para funcionar bajo presión.


