Las carótidas son dos arterias situadas a ambos lados del cuello que constituyen la principal vía de irrigación sanguínea del cerebro. Cuando en sus paredes se depositan grasas, colesterol y otras sustancias, se forman placas de ateroma que van reduciendo progresivamente el calibre del vaso. Ese estrechamiento, explica el doctor Gallo, no es el único riesgo: "El problema no es únicamente que la arteria se vaya estrechando y disminuya el flujo sanguíneo. Una placa de ateroma también puede volverse inestable, desprender pequeños fragmentos y provocar la obstrucción de alguna arteria cerebral", señala el especialista.
Ese doble mecanismo —la reducción del flujo y el riesgo de embolia por fragmentos desprendidos— es lo que convierte a la estenosis carotídea en una de las causas reconocidas de ictus. El carácter silencioso de la enfermedad durante buena parte de su evolución dificulta su diagnóstico temprano, ya que muchos pacientes no reciben ninguna señal de alarma hasta que la placa provoca un episodio agudo.
Los factores de riesgo que activan la vigilancia
La aterosclerosis, el proceso que da origen a estas placas, no es exclusiva de las arterias del cuello. Se trata de un fenómeno que puede afectar a distintos territorios vasculares del organismo, desde las coronarias hasta las arterias de las extremidades. Por ello, el doctor Gallo insiste en que ante un paciente con factores de riesgo cardiovascular conocidos o con antecedentes de enfermedad vascular "debemos realizar una valoración global de su situación vascular", en lugar de limitar el estudio a un único territorio arterial.
Entre los factores que incrementan el riesgo de desarrollar aterosclerosis y, con ella, enfermedad carotídea, el especialista cita la edad avanzada, la hipertensión arterial, el tabaquismo, la diabetes, los niveles elevados de colesterol, la obesidad, el sedentarismo y los antecedentes familiares de enfermedad cardiovascular. Salvo la edad y la predisposición genética, se trata de factores modificables sobre los que descansa la prevención cardiovascular, según recuerdan de forma recurrente las sociedades científicas.
Cuando la enfermedad progresa hasta producir síntomas, estos suelen aparecer de forma súbita y con un patrón característico. La pérdida repentina de fuerza o sensibilidad en la cara, un brazo o una pierna, especialmente si afecta a un solo lado del cuerpo, las dificultades para hablar o para comprender el lenguaje, y la pérdida brusca de visión en un ojo son manifestaciones que deben hacer sospechar de un problema cerebrovascular en curso.
En algunos casos esos síntomas remiten por sí solos al cabo de minutos u horas, un cuadro que se conoce médicamente como accidente isquémico transitorio. La desaparición de los síntomas, sin embargo, no equivale a la resolución del problema de fondo. "Que los síntomas desaparezcan no significa que el problema haya desaparecido. Un AIT debe considerarse una señal de alarma y requiere una valoración médica urgente, porque puede advertir de un riesgo posterior de ictus", subraya el doctor Gallo González.
Ese criterio coincide con el que sostiene la neurología vascular, que considera el AIT una urgencia equiparable en términos de riesgo a un ictus establecido, dado que una parte de los pacientes que lo sufren desarrolla un ictus en los días o semanas posteriores si no recibe tratamiento. Por ese motivo, ante la aparición repentina de síntomas neurológicos compatibles con un ictus o un AIT, la recomendación es no esperar a comprobar si remiten espontáneamente, sino solicitar atención médica urgente. El sistema de código ictus, implantado en la red hospitalaria española, prioriza precisamente el traslado inmediato de estos pacientes para reducir el tiempo hasta el tratamiento.
El diagnóstico de la estenosis carotídea se apoya en pruebas de imagen no invasivas. El Eco-Doppler permite detectar la presencia de placas de ateroma y estimar el grado de estrechamiento de la arteria sin necesidad de procedimientos invasivos, lo que lo convierte en la primera herramienta de cribado. Cuando es necesario profundizar en el estudio, puede complementarse con un Angio-TAC, una Angio-RM o, en determinados casos, una arteriografía, que ofrecen una caracterización más precisa de la lesión.
No basta, sin embargo, con confirmar la existencia de una placa. "Lo importante no es únicamente saber si existe una placa, sino determinar qué grado de estenosis produce, cómo es esa lesión, si el paciente ha presentado síntomas y cuál es su riesgo individual. Todos estos elementos son los que nos permiten decidir la estrategia más adecuada", explica el doctor Gallo, en referencia al proceso de valoración individualizada que sigue al diagnóstico por imagen.
Uno de los mensajes que el especialista remarca con más insistencia es que el diagnóstico de estenosis carotídea no implica automáticamente la necesidad de intervenir quirúrgicamente. El tratamiento debe individualizarse en función del grado de estenosis, las características de la placa y la presencia o ausencia de síntomas, e incluye desde el control intensivo de los factores de riesgo cardiovascular y la medicación específica hasta, en los casos de mayor riesgo, la cirugía —la endarterectomía carotídea— o los procedimientos endovasculares con implantación de stent.
La estenosis carotídea se enmarca dentro de las enfermedades cerebrovasculares, uno de los principales problemas de salud pública en España. Según las estadísticas de defunciones que publica periódicamente el Instituto Nacional de Estadística, las enfermedades cerebrovasculares figuran de forma recurrente entre las primeras causas de muerte del país, y el ictus se sitúa como la principal causa de discapacidad adquirida en adultos. La prevención mediante el control de los factores de riesgo cardiovascular constituye, según el especialista, la estrategia más eficaz frente a una enfermedad que puede progresar durante años sin dar ninguna señal de alerta.

