Chacón venía del cereal, el olivo y la viña, cultivos que le daban estabilidad pero poco margen de crecimiento. Entre 2010 y 2016, según su propio relato, triplicó el capital de su explotación, aunque el dinero no llegó de golpe: el pistacho (Pistacia vera) necesita varios años antes de alcanzar su producción plena, y durante ese periodo hay que pagar plantación y mantenimiento sin ingresos equivalentes.
Buena parte de lo cosechado no se quedó en el bolsillo, sino que volvió a la tierra en forma de nuevas parcelas, el modelo de reinversión que explica que la finca acabara con 160 hectáreas. Cuando expuso su caso ya las tenía todas plantadas y aseguraba que quería seguir ampliando la superficie.
No cualquier finca ni cualquier agricultor pueden replicar el resultado. Antes de plantar hay que estudiar el tipo de suelo, el drenaje, el riesgo de heladas tardías y la disponibilidad y calidad del agua. Tampoco es indiferente la variedad: la Kerman es una de las más extendidas en regadío, mientras que otras como la Larnaca siguen ciclos distintos. El árbol resiste mejor las bajas temperaturas que el olivo, pero su comportamiento varía mucho según la parcela y el clima.
Chacón tuvo además una ventaja que hoy nadie puede repetir: empezó cuando el cultivo todavía no había explotado en la región. Esa circunstancia, unida a años de espera sin cobrar y a la reinversión constante, explica un resultado que no se traslada automáticamente a otra explotación.
De 4.300 a casi 70.000 hectáreas en Castilla-La Mancha
En 2010, cuando Chacón plantó sus primeros árboles, el pistacho era casi una curiosidad en la región. Hoy Castilla-La Mancha concentra más del 80% de la superficie y la producción nacional de este cultivo y es la cuarta del mundo por superficie dedicada a él, según datos de la Junta de Castilla-La Mancha. La superficie ha pasado de unas 4.300 hectáreas en 2013 a casi 70.000 en 2026, aunque la producción va por detrás: en 2025 la región produjo unas 11.000 toneladas, porque buena parte de las plantaciones todavía no ha alcanzado su plena capacidad.
Alrededor del cultivo se ha montado una infraestructura institucional: ayudas FOCAL para inversiones de transformación, la futura Indicación Geográfica Protegida del pistacho de Castilla-La Mancha, la Interprofesional del Pistacho y el centro de investigación El Chaparrillo, que trabaja en nuevas variedades y control de plagas. Cerca del 36% de la superficie regional está inscrita en producción ecológica, según la misma fuente autonómica.
Cosechar no basta. Después hay que recolectar, secar, clasificar y encontrar dónde procesar y vender, y sin esa fase el agricultor se queda con la materia prima y pierde margen. Por eso la región empuja la transformación industrial y la futura IGP, con el objetivo de que el valor añadido del pistacho se quede cerca de donde se cultiva en lugar de diluirse en intermediarios.
La lectura para cualquier explotación que valore el cambio de cultivo es doble: el pistacho exige aguantar años sin cobrar mientras se reinvierte buena parte de lo que entra, y el margen final depende cada vez más de la fase posterior a la cosecha que de la simple producción. El aviso que acompaña a estas reconversiones es el del propio sector: cuando casi todo el mundo planta a la vez, como ocurre ahora en la región, el precio puede ajustarse mucho más rápido de lo que tarda un árbol en dar su primer fruto.

