Durante su primera década, las stablecoins vivieron casi en exclusiva dentro del mundo cripto, donde servían de reserva entre operación y operación en los exchanges, las plataformas donde se compran y venden criptomonedas. A finales de 2020, todo el mercado valía 27.000 millones de dólares; hoy pasa de 300.000 millones. El volumen total de transacciones con estos tokens superó los 28 billones de dólares solo en el primer trimestre de 2026, según la firma de análisis Artemis Analytics.
El indicador más revelador está en la liquidación entre empresas. Las compañías movieron 226.000 millones de dólares en pagos B2B con stablecoins durante 2025, un 733% más que el año anterior, de acuerdo con Artemis Analytics. El motivo es sencillo: un tesorero que cobra en otro país prefiere no inmovilizar capital durante días de tránsito bancario.
Solo en Estados Unidos, los flujos transfronterizos con estos tokens rondan los 127.000 millones de dólares al mes. En todo 2025 movieron unos 135.000 millones entre países, apenas el 0,31% de un mercado de pagos transfronterizos valorado en 44,3 billones de dólares, según el agregador OpenAssets. La proporción es mínima, pero crece a un ritmo que ningún segmento bancario tradicional replica.
La banca no ha llegado sola a este terreno. SoFi abrió su moneda, SoFiUSD, a casi 15 millones de usuarios en mayo; JPMorgan opera su token de depósitos JPMD sobre la red Base, y HSBC prevé lanzar este año una stablecoin denominada en dólares hongkoneses. En paralelo, Visa, BlackRock, Google y DoorDash respaldan Open USD, un proyecto que verá la luz en 2026 en un mercado que aún dominan Tether y Circle.
La GENIUS Act despeja el marco
El giro de la banca tiene una explicación sobre todo normativa. La GENIUS Act, la ley estadounidense que define qué es una stablecoin y qué requisitos exige antes de emitirla, ofreció a las entidades un marco donde antes solo había incertidumbre. El otro empujón es de volumen: cuando el dinero circula a esa escala fuera del circuito bancario, quedarse al margen empieza a salir caro para quien antes controlaba el pago.
El caso del cliente es menos evidente que el del banco emisor. Un concesionario africano que paga a un exportador japonés por vehículos puede asumir entre un 3% y un 5% en comisiones y diferenciales de cambio con una transferencia internacional tradicional, y esperar varios días; con stablecoins, ese mismo pago de 100.000 dólares puede bajar del 1% y resolverse en minutos, según Eric Barbier, consejero delegado de la firma de pagos Triple-A. Lo que se pierde va por otro lado: una stablecoin bancaria no es un depósito, no cuenta con el seguro FDIC estadounidense, no genera rendimiento bajo las reglas actuales y el emisor puede congelar o retirar los fondos.
El Banco de Pagos Internacionales observa el mismo fenómeno con reservas. Su director general, Pablo Hernández de Cos, advirtió el 28 de agosto en Jackson Hole que buena parte de estos proyectos o se queda en plataformas cerradas o merece otro nombre: stablecoins bancarias. Un token que solo se liquida dentro de un banco, según esa lectura, cubre apenas media vía de pago. El mercado, mientras tanto, muestra concentración: la creación de nuevos emisores cayó un 7% en 2025 y un 34% en lo que va de 2026, según el índice Stablescape, con los grandes ocupando el espacio que antes llenaban los operadores pequeños.
La pregunta abierta no es si los bancos emitirán stablecoins, porque ya lo están haciendo desde el acuerdo de septiembre. Es si esas monedas podrán salir de su propio jardín: sin interoperabilidad entre entidades, el ahorro prometido se queda a medias y el usuario final acaba con otra cuenta cerrada, solo que con un nombre más moderno.

