El dato más llamativo del estudio no es solo la extensión de la automedicación, sino su escasa eficacia. Según la encuesta, nueve de cada diez hombres que toman estas pastillas seguían presentando dificultades de erección pese al tratamiento. El desglose recogido por el barómetro es elocuente: un 30,3% las sufría frecuentemente, un 27,9% de forma ocasional, un 19,2% siempre y un 14,1% rara vez. Solo el 8,5% de los encuestados afirmó no haber vuelto a tener problemas desde que empezó a tomarlas.
Estas cifras cuestionan la idea extendida de que las pastillas genéricas de venta libre resuelven por sí solas el problema en todos los casos. Habitualmente se trata de inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5, la familia farmacológica que popularizó el sildenafilo desde su aprobación por la FDA estadounidense en 1998. Los especialistas consultados por los autores del barómetro insisten en que estos fármacos tratan el síntoma —la dificultad para lograr o mantener una erección— pero no necesariamente la causa que lo provoca.
Y esa causa puede ser relevante. La erección depende de un flujo sanguíneo adecuado hacia el tejido eréctil, de modo que su fallo persistente puede ser una señal de alerta temprana de enfermedades que comprometen la circulación, como la hipertensión o la diabetes, antes de manifestarse con síntomas más evidentes. Automedicarse sin supervisión médica implica, según advierten los autores del informe, el riesgo de enmascarar durante meses o años un problema de salud que requeriría atención específica.
Ante la escasa eficacia percibida de las pastillas genéricas, el propio barómetro detecta un interés creciente por explorar alternativas terapéuticas. Nueve de cada diez encuestados afirmaron querer conocer otras opciones, como la terapia de ondas focales o las inyecciones intracavernosas, procedimientos que actúan directamente sobre los mecanismos vasculares implicados. Seis de cada diez mostraron especial interés en estos tratamientos porque, a diferencia de la medicación oral, abordan —según el planteamiento del informe— la causa del problema y no solo su manifestación.
El peso de la vergüenza
Detrás de la automedicación hay, según los médicos citados en el informe, un componente que trasciende la comodidad o el desconocimiento: la vergüenza. El doctor Antonio José Sánchez Barbosa, uno de los especialistas consultados, sostiene que «la vergüenza sigue siendo el principal obstáculo. Aunque los pacientes lo justifiquen con excusas, detrás casi siempre está el miedo a hablar de un problema sexual con otra persona».
Ese temor se traduce en consultas retrasadas. El doctor Ignacio Fernández Paniagua relata el caso de un paciente que postergó su primera cita porque le incomodaba que el personal de recepción lo viera. «Llegó a la primera cita con verdadero pánico, pero durante la consulta fue perdiendo el miedo, se sintió a gusto y pudo empezar su tratamiento», comenta el facultativo, en un testimonio que ilustra una barrera más psicológica que clínica.
El tabú alrededor de la salud sexual masculina no es un fenómeno nuevo. Desde la comercialización del sildenafilo a finales de los noventa, la publicidad y el acceso a estos fármacos se han normalizado notablemente, pero la consulta médica previa no se ha generalizado al mismo ritmo. La paradoja, señalan los especialistas, es que vivir en sociedades con mayor acceso a información no ha eliminado la reticencia a hablar abiertamente del problema con un profesional sanitario.
El marco regulatorio español exige receta médica para la dispensación de los principales inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5, aunque la venta de fármacos similares o suplementos sin garantías clínicas a través de internet ha erosionado en la práctica ese control, facilitando el acceso sin supervisión facultativa. La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios ha alertado en distintas ocasiones sobre los riesgos de adquirir este tipo de productos fuera de los canales autorizados.
Los autores del informe insisten en que la disfunción eréctil debe entenderse como una condición médica que requiere diagnóstico, no como un simple problema de rendimiento resoluble con una pastilla comprada sin supervisión. Consultar a un profesional permite, sostienen, descartar o identificar patologías subyacentes y orientar hacia el tratamiento más adecuado según las causas concretas de cada paciente, sean vasculares, hormonales, psicológicas o una combinación de varias.
El barómetro se presenta como el primer informe anual de este tipo elaborado por la organización promotora, con la intención declarada de contribuir a la concienciación en un contexto en el que, según reconocen los médicos consultados, la demanda de información supera todavía a la disposición a pedir ayuda profesional. Su publicación coincide con el Día Mundial de la Salud Sexual, instaurado por la Asociación Mundial para la Salud Sexual en 2010 para visibilizar precisamente este tipo de barreras.
Queda por ver si estos datos impulsan cambios en las políticas de dispensación o en las campañas de salud pública dirigidas a fomentar la consulta médica temprana. Por el momento, los especialistas coinciden en un mensaje común: ante dificultades persistentes de erección, el primer paso no debería ser la farmacia, sino la consulta con un profesional capaz de diagnosticar la causa real del problema.

