El dato de Bilbao resulta especialmente significativo por producirse en una ciudad que históricamente presume de clima húmedo y templado, muy alejado del rigor térmico del sur peninsular. Que la marca máxima para esos meses se registre en la costa cantábrica ilustra el alcance geográfico de un episodio que no se ha limitado a un día aislado, sino a una secuencia de dorsales atmosféricas encadenadas desde finales de junio.
Para el deporte de competición al aire libre, la persistencia del calor plantea un problema logístico y médico de primer orden. Las federaciones de atletismo, ciclismo y fútbol llevan años ajustando horarios de entrenamiento y competición para esquivar las franjas de mayor insolación, trasladando las sesiones a primera hora de la mañana o a la noche. Una práctica que hace una década era excepcional y que hoy se ha incorporado con normalidad al calendario de pretemporada.
Del maratón de Doha a los chalecos refrigerantes
El precedente más citado por los servicios médicos deportivos sigue siendo el Mundial de atletismo de Doha 2019, donde varias corredoras de maratón fueron retiradas por golpe de calor pese a disputarse la prueba de madrugada, con temperaturas nocturnas próximas a los 30 grados y elevada humedad. Aquel episodio marcó un punto de inflexión en la gestión del riesgo térmico en el deporte internacional e impulsó la incorporación de criterios ambientales en los manuales de organización de grandes eventos.
El ciclismo, por su naturaleza de esfuerzo prolongado y expuesto, es una de las disciplinas más vulnerables. La Vuelta a España, que se disputa habitualmente entre agosto y septiembre, ha ajustado en los últimos años sus trazados para evitar los tramos de montaña en las horas centrales del día, y los equipos han generalizado los chalecos refrigerantes y las rutinas de enfriamiento previo al esfuerzo, técnicas que se popularizaron a raíz de los Juegos Olímpicos de Tokio, disputados con calor y humedad extremos.
En el fútbol español, el inicio de las pretemporadas coincide con lo peor del verano, con sesiones tradicionalmente dobles en horarios de mañana y tarde. La decisión de introducir pausas de hidratación o de suspender la actividad recae, conforme al marco reglamentario vigente, en el criterio del árbitro y de los servicios médicos de cada encuentro, sin un umbral único de temperatura de aplicación automática para todos los clubes.
Aclimatación frente a tecnología: la lección de los persas
Los especialistas en medicina deportiva subrayan que la aclimatación progresiva sigue siendo la herramienta más eficaz frente al golpe de calor, por delante de cualquier dispositivo de refrigeración externa. La adaptación fisiológica requiere periodos de varios días de exposición controlada antes de competir en condiciones extremas, un plazo que con frecuencia choca con el calendario comprimido de pretemporadas y giras internacionales.
El contraste con las soluciones tecnológicas actuales evoca un ingenio muy anterior a cualquier refrigeración mecánica: hace unos 2.400 años, los persas del Imperio aqueménida lograban fabricar y almacenar hielo en pleno desierto mediante los yakhchāl, estructuras cónicas de adobe que aprovechaban el enfriamiento nocturno por radiación y las corrientes de aire para congelar agua incluso en verano. Aquella arquitectura resolvía sin electricidad un problema que hoy se aborda con tecnologías intensivas en energía.
Porque la respuesta contemporánea encierra una paradoja: pabellones, gimnasios y centros de alto rendimiento recurren de forma creciente al aire acondicionado para garantizar condiciones seguras, un consumo eléctrico que a su vez alimenta las emisiones que agravan el calentamiento. El aparato que enfría la sala calienta el planeta, un pacto que se repite cada verano a mayor escala.
Las administraciones autonómicas, competentes en buena parte de los eventos deportivos populares como maratones y carreras urbanas, han empezado a incorporar cláusulas de cancelación vinculadas a los avisos meteorológicos, suspendiendo pruebas cuando se activan los niveles naranja o rojo por temperaturas extremas. Es una medida que hace una década resultaba impensable y que hoy se asume como estándar de seguridad.
A falta de una normativa estatal unificada, el sector deportivo español avanza por la vía del protocolo interno, federación por federación y club por club. El calendario de otoño —con la reanudación de la competición futbolística a finales de agosto y el arranque de la Vuelta— volverá a poner a prueba el equilibrio entre rendimiento y seguridad si las temperaturas se mantienen por encima de lo habitual, tal como apunta la evolución de un verano que ha encadenado ola tras ola desde junio.

