El trabajo pidió a los 400 participantes que valorasen en qué medida se identificaban con 25 rasgos positivos. Los adultos con TDAH puntuaron más alto que el grupo de control en diez de esos rasgos, con el hiperfoco —la capacidad de mantener una concentración profunda y sostenida en tareas de alto interés personal— como el más destacado, seguido de humor, creatividad, espontaneidad e intuición. Según el estudio, los beneficios asociados a poner en práctica esas capacidades se traducen en mayor calidad de vida en los planos físico, psicológico, social y ambiental.
El hallazgo contrasta con el enfoque tradicional del TDAH, centrado casi en exclusiva en el déficit: dificultades de atención, impulsividad, problemas de organización y su impacto en el rendimiento académico, laboral y en las relaciones personales. Shah sostiene que los adultos con el trastorno son igual de capaces que las personas neurotípicas de reconocer sus propias capacidades y ponerlas en práctica en la vida cotidiana, pese a los desafíos laborales, relacionales y de salud mental que suelen acompañar al diagnóstico.
El investigador plantea que el paso siguiente es trasladar esta evidencia a intervenciones psicológicas concretas: programas de psicoeducación, coaching y terapias personalizadas que ayuden a los adultos con TDAH a identificar y aplicar sus fortalezas de manera sistemática. Ese enfoque, centrado en capacidades más que en déficits, ya se emplea en algunos servicios de atención al autismo, pero, según el propio Shah, ha recibido mucha menos atención en el caso del TDAH.
Cómo se identifica una fortaleza
Los autores del estudio proponen tres señales para reconocer una fortaleza genuina, más allá de una simple preferencia: la actividad se aprende con mayor rapidez que la media, genera bienestar durante su realización y no solo al finalizarla, y la persona busca activamente volver a ella. Llevar durante unas semanas un registro de las tareas que producen entusiasmo, aquellas en las que se pierde la noción del tiempo y las cualidades que otros valoran de uno mismo constituye, según el equipo de Bath, un punto de partida para ese autoconocimiento.
Entre las herramientas validadas científicamente que pueden complementar esa observación personal figura el inventario VIA de Fortalezas, un instrumento de psicología positiva. Los investigadores sugieren además estrategias prácticas: optar por roles profesionales que exijan dinamismo o resolución de problemas, apoyarse en herramientas para las tareas administrativas que consumen más energía y buscar entornos laborales flexibles que prioricen los resultados sobre los procesos rígidos.
El diagnóstico de TDAH en adultos exige, conforme al Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales en su quinta edición (DSM-5), el cumplimiento de cuatro criterios: la presencia persistente de al menos cinco síntomas de inatención o hiperactividad, que las dificultades hayan comenzado antes de los 12 años, que afecten a dos o más áreas vitales de forma simultánea y que interfieran de manera clara en el funcionamiento social, laboral o académico. La evaluación debe realizarla un psiquiatra, un psicólogo clínico o un neurólogo con experiencia en el trastorno; los cuestionarios disponibles en internet pueden orientar, pero no sustituyen el criterio clínico.
En la edad adulta, los síntomas suelen manifestarse de forma más sutil que en la infancia. La inatención se traduce en errores por descuido, dificultad para seguir el hilo en reuniones prolongadas, tendencia a posponer tareas que requieren esfuerzo mental sostenido y extravío frecuente de objetos. La hiperactividad se expresa más como inquietud interna que como movimiento físico visible, junto con impulsividad en la toma de decisiones y tendencia a interrumpir en conversaciones.
La revisión de este cuadro clínico tiene un precedente relevante: hasta la publicación del DSM-IV en 1994, el TDAH se diagnosticaba fundamentalmente en niños, bajo la asunción de que remitía en la adolescencia. Los estudios de seguimiento longitudinal de las últimas décadas han corregido esa visión, mostrando que una proporción significativa de los casos infantiles persiste en la edad adulta con manifestaciones distintas, lo que ha impulsado tanto la actualización de los criterios diagnósticos como, más recientemente, el interés por enfoques como el que plantea el equipo de Bath.
El estudio presenta límites que conviene señalar: se trata de una comparación transversal entre dos grupos de 200 personas cada uno, no de un ensayo clínico con seguimiento a largo plazo, por lo que no permite establecer con certeza si el reconocimiento de fortalezas causa directamente la mejora del bienestar o si ambos fenómenos están mediados por otros factores, como el apoyo social o el acceso a tratamiento. Los propios autores plantean como siguiente fase el diseño de intervenciones que puedan evaluarse con metodología experimental.
Los profesionales de la salud mental suelen coincidir en que cualquier enfoque centrado en fortalezas debe complementar, no sustituir, el abordaje clínico convencional del TDAH, que en muchos adultos combina tratamiento farmacológico y terapia cognitivo-conductual. En España, el diagnóstico en la edad adulta se ha extendido a medida que ha crecido el conocimiento clínico sobre la persistencia del trastorno más allá de la infancia, un fenómeno que durante décadas se consideró casi exclusivamente pediátrico. El desarrollo que anticipa Shah pasa ahora por validar programas específicos que puedan integrarse en la práctica clínica.

