El dato que centra la atención es el tamaño del rotor, la parte de la turbina que gira junto a las palas. Según la información facilitada por el fabricante, puede medir entre 260 y 292 metros de diámetro dependiendo de la configuración elegida. En su versión de mayor envergadura, la superficie barrida por las palas roza los 67.000 metros cuadrados, una extensión equivalente a unos nueve campos de fútbol reglamentarios.
Mingyang estima que la turbina podría generar hasta 80 millones de kilovatios hora al año en condiciones de viento de unos 31 kilómetros por hora. Se trata, no obstante, de una proyección de la propia empresa fabricante, condicionada a un régimen de vientos concreto, y no de un balance de producción real verificado durante un ciclo anual completo de funcionamiento.
La cuestión que ha generado más controversia es si una máquina de estas dimensiones puede modificar el clima de su entorno inmediato. La respuesta, según la evidencia científica disponible, es más matizada de lo que sugiere el tamaño del artefacto: los estudios que analizan estos efectos se han realizado sobre parques eólicos europeos ya operativos, no sobre este prototipo chino, del que no constan mediciones atmosféricas específicas publicadas hasta la fecha.
Todo aerogenerador, con independencia de su tamaño, extrae parte de la energía cinética del viento para transformarla en electricidad. Ese proceso deja tras de sí una estela: una zona en la que el aire circula más despacio y se generan turbulencias, movimientos irregulares que se mezclan con las capas superiores. Esa mezcla puede modificar de forma local la temperatura y la humedad, alterando el microclima inmediato de la zona.
Conviene no confundir este fenómeno, acotado y de escala local, con el calentamiento global, que responde a la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera a escala planetaria y cuyo seguimiento realizan organismos como la Agencia Estatal de Meteorología en España o el Servicio Copernicus de la Unión Europea. El alcance del efecto de estela depende, además, de cómo se distribuyan espacialmente las turbinas dentro de un parque.
Qué dicen los estudios del mar del Norte
La referencia científica más citada sobre este asunto es un estudio de 2022 publicado en la revista Scientific Reports, firmado por Naveed Akhtar, Beate Geyer y Corinna Schrum, investigadores del centro alemán Helmholtz-Zentrum Hereon. El trabajo simuló la expansión de los parques eólicos del mar del Norte y analizó sus efectos sobre el viento, la temperatura, la nubosidad y las precipitaciones en la región.
Según los cálculos de ese equipo, la expansión eólica proyectada en el mar del Norte podría provocar un calentamiento del aire cercano a la superficie de aproximadamente un cuarto de grado centígrado, con estelas capaces de desplazarse hasta 40 kilómetros desde los parques. Se trata, no obstante, de resultados obtenidos a partir de un modelo que simula grandes agrupaciones de turbinas, y no de mediciones directas tomadas sobre la turbina china presentada.
Los propios autores advierten de que estos datos permiten entender por qué los parques eólicos modifican las condiciones atmosféricas de su entorno, pero no sirven para demostrar ni cuantificar alteraciones atribuibles a una máquina concreta como la MySE18.X-20MW. Para establecer ese vínculo con cambios climáticos regionales harían falta estudios específicos sobre el emplazamiento real donde se instale este modelo.
Una segunda investigación, publicada el 12 de agosto de 2026 y encabezada de nuevo por Akhtar, examinó distintos escenarios de despliegue eólico futuro en el noroeste de Europa. El escenario de mayor expansión analizado representa, según los propios autores, un límite técnico de instalación proyectado para después de 2050, y no una previsión de lo que necesariamente vaya a ocurrir en la práctica.
Ese trabajo aporta un matiz relevante para interpretar el anuncio chino: sustituir muchas turbinas pequeñas por un número menor de máquinas más altas y potentes, como la que ahora presenta Mingyang, podría reducir algunos de los efectos sobre el intercambio de calor y humedad entre el mar y la atmósfera, en comparación con parques compuestos por múltiples unidades de menor tamaño.
La conclusión que se desprende de la literatura científica revisada es que el tamaño de una turbina, considerado de forma aislada, no basta para determinar su impacto climático real. Ese impacto depende de un conjunto de variables —densidad del parque, ubicación geográfica, régimen de vientos local y disposición de las máquinas— que solo pueden evaluarse mediante estudios de campo específicos, inexistentes por ahora para este modelo.
El anuncio de Mingyang se enmarca en la competencia internacional por liderar la fabricación de turbinas eólicas marinas de gran potencia, un sector en expansión ligado a los objetivos de descarbonización fijados por distintos gobiernos y por la propia Unión Europea en su hoja de ruta energética. China ha reforzado en los últimos años su posición como fabricante de aerogeneradores de gran tamaño, un terreno en el que compite con fabricantes europeos y estadounidenses.
Queda por ver si la MySE18.X-20MW llega a instalarse en parques eólicos operativos y si, en ese caso, se realizan estudios ambientales específicos sobre sus efectos atmosféricos, tal y como plantea la comunidad científica citada. Hasta que eso ocurra, cualquier afirmación sobre su capacidad de alterar el aire de su entorno seguirá siendo, a falta de mediciones directas, una hipótesis pendiente de verificación.

