Planck: Nobel de 1918 y la constante que cambió la física
Max Karl Ernst Ludwig Planck nació en Kiel en 1858 y murió en Gotinga en 1947. Su aportación decisiva fue la formulación, en 1900, de la hipótesis del cuanto de acción —la constante h, denominada desde entonces constante de Planck—, que resolvía la llamada 'catástrofe ultravioleta' del modelo de radiación del cuerpo negro y abría la puerta a toda la física cuántica del siglo XX. La Academia Real Sueca de Ciencias le concedió el Nobel en 1918 precisamente por ese hallazgo, que trastocó la concepción clásica de la energía como magnitud continua. Albert Einstein, Niels Bohr y Werner Heisenberg construyeron sus propios edificios teóricos sobre esos cimientos.
Planck no era un científico ajeno a la reflexión filosófica. Formado en la tradición del idealismo alemán y marcado por lecturas de Kant, dedicó parte relevante de su actividad intelectual tardía —sobre todo entre 1930 y 1947— a conferencias y ensayos sobre la relación entre ciencia, filosofía y religión. Su posición no era la del creyente devoto en sentido confesional ni la del ateo militante: se situaba en una franja que él mismo describió como teísmo filosófico, próxima a la que Einstein ocupaba cuando hablaba del dios de Spinoza. Esa ambigüedad calculada es precisamente la que convierte sus palabras en fuente de apropiaciones contradictorias.
La cita de 1931 y su contexto exacto
La frase que ahora recorre medios digitales fue formulada originalmente en una entrevista de 1931 y ampliada posteriormente en conferencias dedicadas a la relación entre ciencia y religión, según señala el propio material de origen. Es importante precisarlo porque la descontextualización es uno de los mecanismos más habituales con que las citas de científicos ilustres son instrumentalizadas, tanto por sectores religiosos como por divulgadores escépticos. Planck no afirmó en ningún momento que la ciencia conduzca necesariamente a Dios; afirmó que la investigación científica, al profundizar en la realidad, choca con un horizonte más allá del cual los instrumentos habituales del método —observación, hipótesis, verificación, falsación— dejan de ser operativos.
La distinción que Planck establece entre el creyente y el científico no es jerárquica. No sostiene que uno de los dos aborde el problema de forma más rigurosa o más verdadera. Lo que señala es una diferencia de punto de partida epistemológico: el creyente opera con una respuesta previa que organiza su comprensión del mundo; el científico opera con una pregunta abierta que avanza hacia territorios cada vez más abstractos hasta alcanzar lo que él llamaba la última frontera. Esa frontera no es una victoria de la fe sobre la razón; es, en su lectura, un reconocimiento de que la razón humana es finita y el fenómeno que intenta comprender no lo es.
El límite como concepto técnico y filosófico
El concepto de límite estructural del conocimiento tiene una larga genealogía en la filosofía occidental. Kant lo articuló con precisión en la Crítica de la razón pura (1781) al distinguir entre fenómenos —aquello que la experiencia puede capturar— y noúmenos —la cosa en sí, inaccesible al entendimiento humano—. Planck bebía explícitamente de esa tradición. Su aportación específica consistía en anclar ese límite no en la especulación metafísica sino en la práctica científica concreta: era el físico experimental, no el filósofo de salón, quien describía la experiencia de llegar al borde.
En física, los límites son además entidades técnicas precisas. La constante de Planck define la escala mínima a la que tienen sentido simultáneo los conceptos de posición y momento, tal y como formalizó Heisenberg en su principio de incertidumbre en 1927. La longitud de Planck —1,616 × 10⁻³⁵ metros— y el tiempo de Planck —5,391 × 10⁻⁴⁴ segundos— marcan el umbral por debajo del cual las teorías físicas conocidas, incluida la relatividad general, dejan de funcionar. No existe a fecha de hoy una teoría cuántica de la gravedad verificada experimentalmente que permita describir qué ocurre en esa escala. El propio Planck vivió para ver cómo su legado producía fronteras físicas concretas e infranqueables, no solo filosóficas.
Antecedentes: de Galileo al Vaticano y la teoría de la evolución
La tensión entre conocimiento científico y cosmovisiones religiosas tiene hitos históricos bien documentados. El proceso a Galileo Galilei en 1633, en el que la Inquisición romana condenó el heliocentrismo como herético, es el más citado en el ámbito occidental. Sin embargo, los historiadores de la ciencia han documentado que la narrativa del conflicto permanente entre ciencia y religión es en gran medida una construcción del siglo XIX, articulada sobre todo en obras como A History of the Conflict between Religion and Science, de John William Draper (1874), cuya tesis ha sido revisada críticamente por la historiografía posterior.
En el siglo XX, el debate adquirió nuevas dimensiones con la cosmología del Big Bang —propuesta por Georges Lemaître, sacerdote jesuita y físico, en 1927— y con la biología evolutiva darwiniana. El Vaticano reconoció la teoría de la evolución como compatible con la doctrina católica en 1950, mediante la encíclica Humani Generis de Pío XII, y la cosmología del Big Bang fue explícitamente aceptada por Juan Pablo II en su discurso ante la Academia Pontificia de Ciencias en 1981. Esos movimientos institucionales no zanjaron el debate filosófico de fondo, pero desactivaron parte de la confrontación institucional más áspera. Planck formuló su reflexión precisamente en el intervalo entre ambos gestos vaticanos, cuando la tensión institucional seguía siendo máxima.
Instrumentalización actual y el estado del debate en España
La circulación renovada de la cita de Planck responde a dinámicas propias del ecosistema informativo actual. Las citas de autoridad científica funcionan como munición argumental en debates que en realidad no son científicos: el papel de la religión en la esfera pública, la financiación de la Iglesia Católica con fondos del IRPF, la presencia de la asignatura de Religión en el currículo escolar o el encaje del hecho religioso en una sociedad secularizada. El barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de noviembre de 2024 describe una sociedad mayoritariamente poco practicante: el 57,9% de los encuestados se declaraba católico, pero solo el 16,3% asistía a misa con regularidad, datos que contrastan con los registros de décadas anteriores y reflejan una tendencia secular de desafección religiosa activa.
La apropiación de Planck por parte de sectores religiosos conservadores suele omitir, según se desprende del análisis de sus textos, que el físico no defendía ninguna confesión concreta ni afirmaba la existencia de un Dios personal. Su teísmo filosófico es incompatible con el creacionismo, con el diseño inteligente y con cualquier lectura literalista de textos sagrados. La apropiación por parte de sectores laicistas que lo citan para demostrar que hasta los científicos creen comete el error simétrico: confunde un límite epistemológico con una profesión de fe. Ninguna de las dos lecturas resiste el contraste con los textos originales, como advierte el propio material de origen.
El problema abierto que Planck dejó a la física contemporánea
La pregunta que Planck dejó sin resolver sigue siendo pertinente en la física teórica actual. La teoría del todo —ese marco unificado que integre la mecánica cuántica y la relatividad general— continúa siendo el objetivo no alcanzado de la física teórica. La teoría de cuerdas, la gravedad cuántica de lazos y otras propuestas compiten sin que ninguna haya producido predicciones verificables experimentalmente más allá de los marcos ya existentes. La frontera que Planck describió en términos filosóficos en 1931 sigue siendo, más de noventa años después, una frontera técnica real: el régimen de la escala de Planck permanece inaccesible tanto a los aceleradores de partículas actuales como a los instrumentos de observación disponibles.
El próximo hito en este debate no será filosófico sino experimental: la comunidad científica aguarda resultados de los programas de física de altas energías y cosmología observacional que podrían aportar datos sobre los primeros instantes del universo. Si alguna de las teorías que operan en la escala de Planck produjera predicciones verificables, el límite que el propio Planck describió como estructuralmente infranqueable podría, al menos en parte, desplazarse. Hasta entonces, la frase de 1931 conserva su vigencia no como sentencia teológica sino como diagnóstico epistemológico: la razón humana trabaja en los confines de aquello que intenta comprender, y ese hecho no pertenece ni a la fe ni a la ciencia, sino a ambas.

