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Un estudio en Nature vincula la herencia colonial con el trato a la fauna en América

La investigación, liderada por Michael J. Manfredo, atribuye a los legados históricos de España y las potencias anglosajonas diferencias en la relación con la vida silvestre

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Un estudio publicado en la revista científica Nature Sustainability, liderado por el investigador Michael J. Manfredo, sostiene que las sociedades latinoamericanas mostrarían actitudes más favorables hacia la fauna silvestre que las norteamericanas, y atribuye esa disparidad a las distintas herencias coloniales de España y las potencias anglosajonas.

El estudio cruza indicadores de percepción social, marcos normativos de conservación y comportamientos de riesgo para la vida silvestre en Norteamérica y Latinoamérica. Los autores concluyen que, en promedio, las poblaciones latinoamericanas presentarían un compromiso más consistente con la preservación de ecosistemas y una menor prevalencia de prácticas perjudiciales hacia los animales, aunque advierten que existen variaciones notables dentro de cada región y que los datos deben interpretarse como tendencias agregadas, no como generalizaciones absolutas.

La explicación central que propone la investigación remite a la idea de una herencia cultural duradera (enduring cultural legacies, en el original), un enfoque según el cual los patrones de colonización, las estructuras económicas heredadas y las cosmovisiones indígenas que sobrevivieron a la conquista habrían dejado una impronta persistente en cómo cada sociedad concibe su relación con el entorno. Comunidades con trayectorias históricas distintas, sostiene el trabajo, desarrollan sistemas de valores diferentes ante la naturaleza.

En el caso latinoamericano, el estudio apunta a una convergencia entre la cosmovisión de numerosas culturas indígenas —que conciben la naturaleza como un sistema de interdependencia y no como un recurso ajeno al ser humano— y ciertos rasgos de la administración colonial española, que, pese a sustentarse en la explotación de recursos y mano de obra, no habría erradicado del todo esas cosmovisiones previas. El resultado, según los autores, es una amalgama cultural donde perviven elementos de respeto reverencial hacia la fauna junto con dinámicas extractivas heredadas del periodo colonial.

Por el lado norteamericano, la investigación sitúa el origen de una visión más instrumental de la naturaleza en la tradición anglosajona de colonización, caracterizada por una filosofía de dominio y transformación del territorio orientada a la expansión agrícola e industrial. Esa mentalidad, reforzada durante los siglos XIX y XX por la industrialización de Estados Unidos y Canadá, habría consolidado una relación con la fauna silvestre más centrada en la explotación y el control que en la coexistencia.

La huella española, matizada por los propios autores

La mención a España no debe interpretarse como una atribución de mérito exclusivo. Los propios autores subrayan que la colonización española impuso también modelos de explotación de recursos naturales —minería, plantaciones, ganadería extensiva— con consecuencias ambientales profundas y duraderas, desde la deforestación hasta la introducción de especies foráneas. La diferencia, según el estudio, no residiría en que un modelo colonial fuera más benigno que otro, sino en el grado en que las cosmovisiones indígenas lograron persistir y mezclarse con las estructuras impuestas.

Como antecedente histórico, cabe recordar que la Corona española reguló jurídicamente aspectos de la protección de los territorios indianos ya desde las Leyes de Indias, dictadas a partir del siglo XVI, aunque su aplicación fue desigual y a menudo subordinada a intereses extractivos. En el caso anglosajón, la relación jurídica con la vida silvestre se desarrolló más tarde, ligada a la noción de propiedad privada de la tierra y a un sistema de conservación basado en la gestión cinegética que cristalizó en Estados Unidos a finales del siglo XIX, con la creación del parque nacional de Yellowstone en 1872, el primero del mundo.

El estudio, publicado en una revista de la editorial Nature con revisión por pares, se inscribe en un campo de investigación conocido como conservación social, que combina psicología ambiental, sociología y ecología para entender por qué las políticas de protección de especies tienen éxito desigual según el contexto cultural. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha señalado en informes previos que la efectividad de las políticas de conservación depende en gran medida de su alineación con los valores locales, más que de la severidad normativa por sí sola.

Conviene matizar el alcance de las conclusiones. El propio Manfredo y sus coautores advierten que los indicadores empleados —encuestas de percepción, datos de turismo de naturaleza, estadísticas de conflictos entre humanos y fauna— presentan limitaciones metodológicas conocidas en estudios comparativos internacionales, como la heterogeneidad de las fuentes nacionales de datos y la dificultad de aislar variables culturales de factores económicos, como el nivel de renta o el grado de urbanización, que también inciden en las actitudes hacia la vida silvestre.

España, además de aparecer en el estudio como referencia histórica, mantiene hoy un marco normativo propio en materia de fauna silvestre, articulado en torno a la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y la Biodiversidad y a la trasposición de directivas europeas como la Directiva Hábitats, que regulan la protección de especies y espacios naturales en todo el territorio nacional. Organizaciones conservacionistas españolas han advertido en los últimos años de que, pese a ese marco, persisten desafíos como el furtivismo, el uso ilegal de veneno contra especies protegidas o la fragmentación de hábitats por infraestructuras.

La relevancia del estudio, según sus propios autores, trasciende el debate académico: entender por qué ciertas sociedades desarrollan actitudes más favorables hacia la fauna silvestre podría ayudar a diseñar políticas de conservación más efectivas y culturalmente adaptadas, en lugar de replicar modelos normativos concebidos en contextos distintos. La cuestión cobra especial peso en un momento en que la pérdida de biodiversidad global, documentada por la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (IPBES), sitúa a América Latina como una de las regiones con mayor riqueza de especies y, simultáneamente, mayor presión de deforestación del planeta.

El debate que abre la investigación previsiblemente continuará a medida que otros equipos analicen y, en su caso, repliquen la metodología empleada por Manfredo y sus colaboradores. Como ocurre con buena parte de los estudios en ciencias sociales que establecen correlaciones entre herencia histórica y actitudes contemporáneas, su validación dependerá de que futuros trabajos logren aislar con mayor precisión el peso específico de la variable cultural frente a otros factores socioeconómicos y políticos que también condicionan la relación de las sociedades con la fauna silvestre.

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