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Un estudio vincula el pesticida clorpirifos al envejecimiento celular de peces

Una investigación de la Universidad de Notre Dame con más de 20.000 ejemplares en lagos de China asocia el insecticida al acortamiento de los telómeros

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Un equipo de la Universidad de Notre Dame (Estados Unidos), encabezado por el biólogo Jason Rohr junto al investigador Kai Huang, ha identificado que la exposición crónica a niveles bajos de clorpirifos, un insecticida de uso agrícola, aceleraría el envejecimiento biológico de los peces mediante el acortamiento de sus telómeros.

El estudio parte de una limitación reconocida en la toxicología clásica: los protocolos de seguridad suelen centrarse en la toxicidad aguda, es decir, en los efectos letales de exposiciones puntuales a dosis altas. El equipo de Rohr y Huang optó por un enfoque distinto, cruzando observaciones de campo en distintos lagos chinos con distinta carga de contaminantes con pruebas de laboratorio en las que sometió a los peces a concentraciones bajas pero mantenidas en el tiempo.

Los telómeros son las estructuras que protegen los extremos de los cromosomas y que se acortan de forma natural con cada división celular, funcionando como una suerte de reloj biológico. Según los resultados, los ejemplares procedentes de lagos con presencia de pesticidas mostraron telómeros más cortos que los de aguas limpias, incluso entre peces de la misma edad cronológica, lo que indicaría un envejecimiento biológico acelerado independiente del paso del tiempo real. Rohr detalló que los animales con la misma edad cronológica parecían biológicamente más viejos en aguas contaminadas.

A ello se sumó la detección de lipofuscina en el hígado de los ejemplares afectados, un pigmento resultante de la acumulación de proteínas insolubles que las células no logran degradar y que suele describirse como «basura» celular, asociada habitualmente al envejecimiento en vertebrados. Según los autores, el clorpirifos fue el único compuesto consistentemente vinculado a estos signos de deterioro en los tejidos analizados.

El clorpirifos es un insecticida organofosforado de amplio uso en la agricultura desde hace décadas para el control de plagas. Su mecanismo interfiere en la transmisión de señales nerviosas, lo que explica su eficacia como plaguicida y también su toxicidad para organismos no objetivo, incluidos peces y aves.

La Unión Europea prohibió el uso del clorpirifos en 2020, tras una evaluación de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que no pudo descartar riesgos genotóxicos y para el desarrollo neurológico. El Reino Unido mantiene una prohibición equivalente tras su salida de la UE. Sin embargo, países como Estados Unidos y China, uno de los mayores consumidores agrícolas del mundo, continúan permitiendo su aplicación bajo determinados límites.

Precisamente los lagos analizados se ubican en territorio chino. Según los resultados del equipo de Notre Dame, el deterioro celular observado se produjo a concentraciones inferiores a los estándares de seguridad para agua dulce vigentes en Estados Unidos. Rohr sostuvo que las exposiciones leves acumulan daños con el tiempo y aceleran el reloj biológico, de modo que el perjuicio no requeriría superar los umbrales considerados seguros por las agencias reguladoras, sino que se acumularía con exposiciones sostenidas por debajo de esos límites.

Los ensayos de laboratorio corroboraron la hipótesis: la exposición crónica a dosis bajas redujo la supervivencia de los ejemplares y degradó sus telómeros, mientras que las exposiciones agudas a dosis altas, aunque provocaban toxicidad directa y mortalidad inmediata, no generaban el mismo patrón de desgaste celular progresivo. La distinción resulta relevante porque buena parte de la normativa vigente en distintos países se diseñó históricamente para prevenir episodios de toxicidad aguda, no el deterioro acumulativo de bajo nivel.

Un debate con raíces en 'Primavera silenciosa'

La preocupación por los efectos subletales y acumulativos de los pesticidas no es nueva. Ya en 1962 la bióloga estadounidense Rachel Carson advirtió en su obra 'Primavera silenciosa' sobre los efectos a largo plazo del DDT en los ecosistemas, un trabajo que impulsó la creación de la Agencia de Protección Ambiental estadounidense (EPA) en 1970 y sentó las bases del movimiento ecologista contemporáneo. El paralelismo entre aquel debate y el que ahora reabre el clorpirifos ilustra una tensión recurrente entre la evidencia científica emergente y los tiempos, más lentos, de la regulación ambiental.

En España, el uso agrícola de clorpirifos está prohibido desde la decisión europea de 2020, y el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación aplica los límites máximos de residuos fijados por la UE para productos importados de terceros países. El comercio internacional de productos agrícolas puede introducir residuos pese a la prohibición interna de uso, un punto que organizaciones ecologistas han situado en el foco al reclamar controles sobre alimentos procedentes de mercados donde el compuesto sigue autorizado.

Rohr subrayó que el hallazgo apunta a la necesidad de revisar los criterios con los que se evalúa el riesgo ambiental de los pesticidas, incorporando marcadores biológicos de envejecimiento como los telómeros junto a los indicadores tradicionales de mortalidad y toxicidad aguda.

A partir de aquí, el trabajo publicado en Science se somete al escrutinio habitual de la comunidad científica, que deberá replicar los hallazgos en otras especies y ecosistemas antes de que puedan trasladarse a una eventual revisión de los estándares regulatorios en Estados Unidos, China o cualquier otro país donde el clorpirifos siga en uso. Ni la EFSA ni las agencias reguladoras estadounidenses se han pronunciado sobre este estudio en particular.

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