El estudio combina tres fuentes de datos: 303 casos extraídos de la literatura científica publicada, 58 procedentes de fotografías y vídeos difundidos en medios y redes sociales, y 66 aportados por una encuesta dirigida a 37 primatólogos de distintos países. Esa triangulación permitió a los autores construir un catálogo con episodios que van desde macacos rabones acicalando a perros en templos tailandeses hasta langures grises acariciando a una ardilla gigante en el Parque Nacional de Yala, en Sri Lanka, o crías de mono de nariz chata blanco y negro jugando encima de un cerdo en China.
Cyril C. Grueter, profesor asociado en la Escuela de Antropología y Etnografía de Museos de la Universidad de Oxford y autor principal del trabajo, recuerda que durante mucho tiempo se ha considerado a los humanos como los únicos capaces de establecer vínculos estrechos con otras especies. Los datos reunidos, señala, apuntan a que numerosos primates muestran también curiosidad, tolerancia y conductas de cuidado hacia individuos que no pertenecen a su propia especie.
El repertorio de conductas
Entre las 427 interacciones catalogadas, el juego resulta la conducta más frecuente, con 139 casos, seguida del acicalamiento, presente en 136 episodios. El análisis por edad y sexo revela patrones diferenciados: los individuos jóvenes protagonizan la mayoría de los episodios de juego interespecífico, mientras que las hembras adultas tienden a preferir el acicalamiento. Los machos adultos aparecen, según los autores, como los menos propensos a establecer este tipo de relaciones.
En libertad, la asociación mejor documentada es la que mantienen el capuchino de cara blanca y el mono araña de manos negras en Costa Rica, con 19 registros. A continuación figuran los macacos japoneses junto a ciervos sika, con 12 casos; los chimpancés con cercopitecos de cola roja, con 11; y los macacos rhesus con perros domésticos, también con 11 episodios.
Uno de los hallazgos que los investigadores subrayan es la ausencia de un beneficio evidente para el primate en la mayoría de estos encuentros. A diferencia de las asociaciones interespecíficas motivadas por la alimentación conjunta o la vigilancia compartida frente a depredadores, bien descritas en la literatura etológica, aquí los animales juegan, se acicalan, cargan e incluso duermen junto a miembros de otra especie sin que se aprecie una ventaja inmediata.
El análisis de la iniciativa resulta especialmente revelador. De los 219 casos en los que fue posible determinar qué animal inició el contacto, dos de cada tres correspondieron al primate, mientras que solo en tres ocasiones la iniciativa partió del animal de la otra especie. La mayoría de los episodios, además, se produjeron en libertad —310 casos— frente a 110 registrados en condiciones de cautividad.
De la adopción al secuestro
El catálogo incluye episodios de adopción plena que trascienden el vínculo lúdico ocasional. En Brasil, un grupo de capuchinos salvajes acogió a una cría de tití común y la cuidó durante al menos diez meses, con dos hembras adultas asumiendo sucesivamente el papel materno. El precedente más conocido sigue siendo el de la gorila Koko y su gatito All Ball, un caso ampliamente difundido en los años ochenta.
No todos los desenlaces resultan positivos. El equipo registró 26 interacciones de carácter abusivo y 13 casos confirmados en los que el animal de la otra especie murió por un manejo excesivamente brusco: siete aves, dos pangolines, un gato doméstico y tres primates. El episodio más llamativo corresponde a un babuino macho observado en Ta'if, en Arabia Saudí, que aparentemente secuestró a un cachorro de perro y lo transportó consigo durante periodos prolongados. En otros casos, la curiosidad de las hembras por crías ajenas acabó provocando la muerte de estas.
Los propios autores matizan el alcance de sus conclusiones. Estas conductas, advierten, no equivalen a la tenencia de una mascota en el sentido humano, puesto que la mayoría son efímeras y no implican una compañía estable a largo plazo. Los investigadores prefieren describirlas como posibles «ladrillos evolutivos» a partir de los cuales pudo desarrollarse, mucho más tarde, la relación entre humanos y animales domésticos.
La cuestión de por qué los seres humanos mantienen mascotas ha generado hipótesis diversas en antropología evolutiva, desde explicaciones centradas en el beneficio práctico —control de plagas, vigilancia, compañía en tareas de pastoreo— hasta planteamientos que ponen el acento en mecanismos de empatía interespecífica. El trabajo publicado en Primates no zanja ese debate, pero aporta un marco comparativo al mostrar que la tolerancia hacia otras especies no es exclusiva del linaje humano.
Los autores apuntan también una posible lectura aplicada: comprender por qué determinadas especies desarrollan con mayor facilidad relaciones positivas con otras podría resultar útil para programas de conservación y de bienestar animal en cautividad, donde la introducción de especies acompañantes se emplea en ocasiones como estrategia de enriquecimiento ambiental.
La revisión se suma a un cuerpo creciente de trabajos en primatología que buscan documentar de forma sistemática comportamientos anecdóticos dispersos en la literatura científica y en registros audiovisuales. Los investigadores reconocen limitaciones derivadas de la naturaleza no estandarizada de buena parte de las fuentes empleadas y plantean como siguiente paso el diseño de estudios de campo específicos que permitan observar de forma controlada la formación y evolución de estos vínculos.

