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Vanguard alerta de riesgo de burbuja de IA si las tecnológicas frenan las recompras

Un responsable de la gestora sostiene que el giro hacia dividendos podría destapar una sobreinversión en inteligencia artificial sin retorno suficiente

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Vanguard, la segunda mayor gestora de fondos del mundo por activos bajo gestión, ha advertido de que el ciclo de inversión en inteligencia artificial podría estar sobredimensionado y no generar suficiente rentabilidad sobre el capital desplegado.

El razonamiento de fondo tiene una lógica de mercado sencilla de explicar. Las recompras de acciones —el mecanismo por el que una empresa adquiere sus propios títulos en el mercado abierto— reducen el número de acciones en circulación y, por tanto, elevan de forma mecánica el beneficio por título y el precio de cotización. Es una vía de remuneración al accionista que retroalimenta el optimismo bursátil de manera casi inmediata. Los dividendos, en cambio, son pagos periódicos en efectivo que no alteran la estructura de capital ni generan el mismo efecto de arrastre sobre el precio de la acción.

Nossek explicó que los inversores están centrados «en la creciente importancia de las empresas tecnológicas estadounidenses» y, especialmente, en si podrán mantener «su transición desde una remuneración al accionista basada en las recompras de acciones hacia pagos regulares de dividendos». La duda no es menor: si el mercado interpreta el giro como una señal de que las compañías necesitan conservar liquidez ante un ciclo de inversión en IA que tarda en dar frutos, el efecto podría ser el contrario al buscado y actuar como detonante de correcciones. Esa cuestión, sostuvo, «resulta especialmente relevante ante la posibilidad de que el ciclo de inversión en IA esté sobredimensionado y no genere una rentabilidad suficiente sobre el capital invertido».

Los datos que aporta la gestora sobre el primer semestre de 2026 sitúan la magnitud del fenómeno. El crecimiento de los dividendos repartidos por empresas estadounidenses alcanzó el 9% interanual en ese periodo, impulsado principalmente por las grandes tecnológicas y por el aumento del gasto en infraestructura de inteligencia artificial, según los cálculos de Vanguard. El sector tecnológico fue el principal motor de ese crecimiento en el segundo trimestre, con un incremento de 7.800 millones de dólares en sus pagos de dividendos respecto al año anterior, una cifra que, según la misma fuente, triplica la aportación del sector financiero, limitada a 2.500 millones de dólares en el mismo periodo.

En términos absolutos, el peso de la tecnología estadounidense como pagadora de dividendos ya es comparable al de la banca. Las distribuciones totales del sector tecnológico alcanzaron los 35.000 millones de dólares, según Vanguard, una cifra que prácticamente iguala los 35.600 millones abonados por el sector financiero, tradicionalmente el gran repartidor de dividendos en los índices estadounidenses junto con el energético. Ese acercamiento entre dos sectores de naturaleza tan distinta —uno intensivo en innovación y gasto de capital, el otro regulado y maduro— es, para Nossek, un síntoma de que la tecnología está mutando su perfil de inversión de crecimiento puro hacia un híbrido más parecido al valor.

La comparación histórica ayuda a entender la singularidad del momento. Durante las burbujas tecnológicas previas —la de las puntocom a finales de los años noventa es la referencia obligada— las compañías del sector apenas repartían dividendos, y su valoración dependía casi por completo de expectativas de crecimiento futuro sin respaldo en beneficios presentes. El hecho de que los gigantes que hoy lideran la inversión en inteligencia artificial estén asumiendo compromisos de pago regular sugiere una madurez financiera distinta a la de aquel episodio, aunque no despeja por sí solo la duda sobre si el actual nivel de inversión en IA está sobredimensionado respecto al retorno que generará.

La cuestión del retorno sobre el capital invertido en inteligencia artificial es el núcleo del debate. El gasto en centros de datos, chips y capacidad de computación por parte de las grandes tecnológicas ha crecido en los últimos años a un ritmo muy superior al de los ingresos que esas inversiones han generado hasta la fecha, lo que alimenta comparaciones con episodios previos de sobreinversión en infraestructura, como el del sector de telecomunicaciones a comienzos de siglo, cuando el despliegue masivo de fibra óptica precedió a un desplome de valoraciones.

Nossek se mostró más optimista respecto a otros segmentos del mercado para el tercer trimestre de 2026. Señaló que se espera que «los mercados emergentes vuelvan a situarse en el foco, especialmente los sectores cíclicos, como materiales, energía e industria», tradicionalmente más sensibles al precio de las materias primas que a los ciclos de inversión tecnológica. La cuestión clave, auguró, «será si el fortalecimiento de los flujos de caja derivado del aumento de los precios de las materias primas se traduce en mayores pagos de dividendos durante 2026».

Ese diagnóstico apunta a una recomposición del mapa global de dividendos. Según Nossek, los dividendos de las tecnológicas estadounidenses complementan cada vez más «los pagos cíclicos de los mercados internacionales fuera de EEUU, donde las empresas financieras y energéticas continúan dominando el panorama de los dividendos». Esa creciente contribución, añadió, «podría reducir la estacionalidad de los dividendos y transformar de manera significativa el perfil de ingresos de las carteras orientadas al crecimiento», que históricamente han dependido casi en exclusiva de la revalorización del capital y no de rentas periódicas.

El fenómeno tiene además una lectura estructural para la gestión de activos. A medida que las tecnológicas maduras se consolidan como pagadoras de dividendos, según Nossek se reduce «la brecha tradicional entre la inversión en valor, que depende en gran medida de la reinversión de los ingresos, y la inversión en crecimiento, históricamente impulsada sobre todo por la revalorización del capital». Esta convergencia obliga a los grandes fondos y a los gestores de índices a revisar cómo clasifican y ponderan a estas compañías dentro de sus carteras.

Ni el Banco Central Europeo ni la Reserva Federal estadounidense han emitido hasta la fecha una valoración específica sobre el riesgo de burbuja en inteligencia artificial vinculado al cambio en la política de remuneración al accionista de las tecnológicas. Ambas instituciones, no obstante, han incluido en sus informes de estabilidad financiera recientes advertencias generales sobre la elevada concentración del mercado bursátil estadounidense en un reducido número de valores tecnológicos de gran capitalización, un factor que amplifica el riesgo sistémico ante correcciones bruscas.

El desenlace de este debate dependerá en gran medida de los resultados trimestrales que las grandes tecnológicas vayan presentando durante lo que queda de 2026, y de si logran demostrar que el gasto en inteligencia artificial se traduce en ingresos y márgenes crecientes, y no solo en promesas de eficiencia futura. Los inversores tendrán ocasión de calibrarlo en las presentaciones de cuentas del tercer trimestre, que en el caso de las principales cotizadas estadounidenses suelen concentrarse entre finales de octubre y mediados de noviembre, un momento señalado como cita clave para contrastar si la transición hacia los dividendos se consolida o revierte ante nuevas necesidades de financiar la carrera tecnológica.

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