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La psicología explica por qué los mayores regalan sus objetos en vida

Un trabajo atribuido a la Universidad de Kansas sostiene que el gesto busca compartir recuerdos y elegir quién custodiará esa historia, más allá del valor económico

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Regalar un objeto personal puede responder a una motivación más profunda que la de desprenderse de algo que ya no se usa. Según divulga la psicología del envejecimiento a partir de una investigación atribuida a la Universidad de Kansas (Estados Unidos), muchas personas mayores de 60 años entregan en vida pertenencias cargadas de significado no por necesidad práctica, sino para mantener vivo el vínculo afectivo asociado a ellas y decidir de forma activa a quién confían su custodia y su relato.

El trabajo parte de una premisa contraintuitiva: a partir de los 60 años, la mayoría de las personas es consciente de que no necesita gran parte de lo que posee, pero el apego emocional dificulta desprenderse de esos bienes por mera utilidad o espacio. Lo que altera ese equilibrio, según la investigación, es la posibilidad de dar un destino intencionado a cada pieza. Entregarla en vida —y no dejar que se herede tras el fallecimiento— permite a la persona controlar quién la recibe y presenciar el momento en que el recuerdo cambia de manos.

El objeto, según los autores citados, no tiene un valor principalmente económico, sino que funciona como ancla de una memoria concreta: un viaje, una relación familiar, una etapa vital. Por eso el regalo actúa como un puente entre generaciones. El receptor no solo custodia el bien material, sino que asume una responsabilidad afectiva: conservar también la historia que lo acompaña. Esa dimensión narrativa explicaría por qué muchos mayores prefieren entregar en persona sus pertenencias antes que dejarlas repartidas sin explicación tras su muerte.

La investigación identifica varios beneficios de hacerlo en vida. El primero es el disfrute compartido: la persona puede ver la reacción de quien recibe el objeto, explicar su origen y trasladar directamente el valor simbólico que tiene para ella, algo imposible cuando la transmisión ocurre tras el fallecimiento, momento en el que la pieza llega desprovista del relato oral que la sostenía. El segundo es la tranquilidad de saber que sus pertenencias no quedarán olvidadas, extraviadas o desechadas sin criterio.

El estudio apunta además a un efecto de activación de la memoria: el propio proceso de elegir qué entregar y a quién estimularía la reminiscencia, esto es, el ejercicio de recordar y reorganizar experiencias pasadas. Y señala un beneficio de orden práctico: al repartir progresivamente sus bienes en vida, los mayores reducen la carga que supone para los hijos vaciar una vivienda tras un fallecimiento, tarea que suele describirse como especialmente dolorosa por coincidir con el duelo.

Un marco teórico con décadas de recorrido

La psicología del envejecimiento ha estudiado estos mecanismos desde mediados del siglo XX. El psicólogo Erik Erikson formuló en la década de 1950 su teoría del desarrollo psicosocial, que describe la etapa final de la vida como una tensión entre la integridad del yo y la desesperación: la necesidad de dar coherencia y sentido a la propia trayectoria. En esa clave, decidir el destino de los objetos propios puede entenderse como una forma de cerrar ciclos y aceptar el paso del tiempo. La llamada terapia de reminiscencia, empleada clínicamente con mayores —también en contextos de deterioro cognitivo leve—, se apoya precisamente en el recuerdo estructurado para reforzar la identidad y el bienestar.

Los propios términos de la investigación introducen cautelas: el comportamiento no es universal ni obedece a un patrón único. La relación previa con los familiares, la situación económica, el estado de salud o la existencia de conflictos hereditarios pueden condicionar tanto la decisión de regalar objetos en vida como el modo de gestionarla. El trabajo no afirma que sea la conducta más frecuente entre las personas mayores, sino que documenta su existencia y las motivaciones que lo sustentan en quienes lo practican.

Un fenómeno sobre una población que envejece

El interés por la gestión del patrimonio afectivo coincide con una tendencia demográfica de fondo en España. Según el Instituto Nacional de Estadística, la población mayor de 65 años supera los nueve millones de personas y ronda el 20% del total, una proporción que las proyecciones del propio organismo prevén al alza en las próximas décadas por el aumento de la esperanza de vida y la caída sostenida de la natalidad. Ese envejecimiento ha impulsado un mayor interés académico y clínico por la planificación anticipada de decisiones vitales y el acompañamiento psicológico en la vejez.

En el plano jurídico, la transmisión de bienes en vida se articula en el ordenamiento español a través de figuras como la donación, regulada en el Código Civil, distinta de la sucesión testamentaria que se activa tras el fallecimiento. La entrega directa de un objeto de escaso valor económico, como la que describe la investigación, no requiere en la práctica formalidad especial, mientras que las donaciones de mayor entidad sí están sujetas a requisitos y a tributación autonómica. Esa diferencia marca la frontera entre el gesto afectivo cotidiano y la planificación patrimonial formal.

De cara al futuro, los autores plantean que nuevas líneas de investigación profundicen en cómo varían estas dinámicas de transmisión según el contexto cultural y familiar, y qué papel pueden desempeñar los servicios sociales y los programas de acompañamiento a mayores en facilitar estos procesos antes de que se produzcan situaciones de dependencia o pérdida de autonomía.

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