La generación conocida como baby boom —quienes nacieron aproximadamente entre 1945 y 1965— vivió su infancia y adolescencia en un periodo de fuertes carencias materiales. En España, ese tramo coincide con los años más duros de la posguerra y la autarquía, marcados por el racionamiento, la emigración interior y exterior y una economía que no empezaría a despegar hasta el Plan de Estabilización de 1959. En el resto de Europa, el telón de fondo fue la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial, con países enteros reorganizando su tejido productivo y social.
Según la hipótesis que manejan estos estudios, ese contexto de privación y de futuro imprevisible habría funcionado como un entrenamiento temprano para la tolerancia a la frustración. Crecer sin garantías de estabilidad económica ni social obligó a muchas familias a priorizar lo esencial y a los niños de entonces a aprender, casi por necesidad, a distinguir entre problemas que merecían una respuesta emocional intensa y contratiempos menores que había que relativizar.
La teoría de la selectividad socioemocional
El marco teórico que sostiene buena parte de esta interpretación es la teoría de la selectividad socioemocional, formulada por la psicóloga Laura Carstensen, catedrática de la Universidad de Stanford. Su planteamiento central es que la percepción del tiempo disponible —ya sea por la edad, ya por circunstancias externas de incertidumbre— reorganiza las prioridades emocionales de las personas: cuando el horizonte se percibe limitado o inestable, se tiende a concentrar la energía en vínculos significativos y objetivos con valor real, en detrimento de conflictos secundarios o relaciones superficiales.
Aplicada a la generación del baby boom, la teoría sugiere, según sus defensores, que ese reordenamiento de prioridades no habría surgido de una reflexión filosófica sobre la existencia, sino de la necesidad práctica de administrar recursos emocionales escasos en un entorno de penuria material. Los especialistas insisten en que esta capacidad de selección no es innata, sino aprendida por repetición de experiencias adversas gestionadas con los recursos disponibles en cada familia.
La psicología del desarrollo aporta un matiz importante a este relato: la exposición a dificultades moderadas durante la infancia solo favorece la resiliencia cuando va acompañada de apoyo emocional y recursos suficientes, aunque sean limitados. Sin esas redes de sostén —familiares, comunitarias o institucionales—, la adversidad temprana tiende a generar vulnerabilidad en lugar de fortaleza. La distinción es relevante porque evita presentar la escasez como una virtud en sí misma: lo que marcaría la diferencia sería el acompañamiento con el que se atravesó esa escasez, no la privación por sí sola.
Entre las habilidades que los expertos atribuyen a esta generación destacan la capacidad de diferenciar qué situaciones requieren una reacción emocional intensa y cuáles pueden minimizarse, una mayor tolerancia a la frustración derivada de limitaciones cotidianas, facilidad para adaptarse a cambios inesperados y una tendencia a valorar las relaciones personales por encima de la acumulación material. Estos rasgos coinciden, según señalan, con perfiles de resiliencia adaptativa descritos en la literatura sobre desarrollo psicológico.
No obstante, los mismos investigadores advierten de que este aprendizaje tuvo un coste. La necesidad de reprimir o posponer necesidades emocionales durante la infancia puede derivar, con el tiempo, en dificultades para expresar vulnerabilidad, en una tendencia a minimizar el propio malestar o en patrones de autoexigencia que se prolongan en la vida adulta. La resiliencia forjada en la escasez no estaría exenta, por tanto, de efectos secundarios.
Un antecedente en los hijos de la Gran Depresión
Este tipo de análisis generacional tiene un precedente reconocible en la propia disciplina: los estudios sobre la generación silenciosa —nacida antes de 1945— y sobre los hijos de la Gran Depresión en Estados Unidos, que identificaron patrones de ahorro extremo, aversión al riesgo y dificultad para pedir ayuda emocional como legado de haber crecido en condiciones de escasez. El sociólogo Glen Elder, de la Universidad de Cornell, popularizó en los años setenta el concepto de «curso de vida» a partir del seguimiento de niños que atravesaron la Depresión, sentando bases metodológicas que hoy se aplican a otras cohortes históricas.
Conviene señalar que estas conclusiones proceden de un cuerpo de investigación en psicología del desarrollo y no equivalen a un diagnóstico cerrado ni a una ley universal aplicable a cada individuo nacido en ese periodo. Las circunstancias familiares, el nivel socioeconómico, el lugar de residencia —rural o urbano— y el acceso a educación introdujeron variaciones enormes dentro de una misma generación, por lo que los especialistas piden prudencia a la hora de generalizar rasgos de carácter a partir únicamente de la fecha de nacimiento.
En España, el debate conecta además con la revisión histórica de la memoria de la posguerra, un terreno en el que historiadores y sociólogos llevan décadas trabajando para documentar cómo la represión política, el hambre y el aislamiento internacional de los primeros años del franquismo modelaron a varias generaciones. Los registros históricos del Instituto Nacional de Estadística sobre mortalidad infantil y niveles de renta en las décadas de 1940 y 1950 constituyen una de las fuentes documentales que sustentan ese relato de escasez estructural.
La proyección de este tipo de estudios hacia el futuro pasa por comparar el perfil emocional de los baby boomers con el de generaciones posteriores —generación X, millennials y generación Z—, que han crecido en contextos de mayor bienestar material pero también expuestas a otro tipo de incertidumbres, como la precariedad laboral o la crisis climática. Los investigadores plantean que el reto de las próximas investigaciones será determinar si estas nuevas formas de incertidumbre generan mecanismos de adaptación comparables, o si el tipo de escasez material vivida en la posguerra produjo un aprendizaje emocional cualitativamente distinto al de las crisis contemporáneas.

