«Quien decide es la FIFA. Estamos trabajando desde el Ministerio de Deportes con todos los implicados en el Mundial 2030, y queremos que sea el mejor Mundial de la historia», señaló la ministra, que quiso separar el terreno deportivo del diplomático en un momento de fricción entre Madrid y Rabat por los movimientos migratorios registrados en la ciudad autónoma de Ceuta.
Tolón argumentó los motivos por los que, a su juicio, España reúne las condiciones idóneas para albergar el partido más importante del torneo. «Acabamos de ganar el Mundial, somos un país donde el fútbol es marca España en todo el mundo, tenemos las mejores instalaciones e infraestructuras, por lo que lo más normal es que la final sea en España», manifestó, en referencia a la conquista de la selección española. La ministra insistió, además, en que el actual contexto migratorio no debería pesar en la balanza: «Lo que ha pasado en Ceuta no tiene que influir porque el deporte es deporte».
«Los que estamos trabajando para que sea el mejor Mundial de la historia estamos ocupados, pero no preocupados. Estoy convencida, igual que dije que íbamos a ganar el Mundial, de que la final será en España», subrayó la ministra, apelando a un pronóstico previo que, según sus propias palabras, ya se cumplió con el título mundial de la selección. Preguntada por si la final debería recaer en Madrid o en Barcelona, optó por no entrar en la disputa entre ambas candidaturas: «¿En Madrid o Barcelona? En España», zanjó, evitando posicionarse en un debate que enfrenta a dos ciudades con estadios homologados para acoger partidos del Mundial.
El reparto de sedes en un Mundial de tres países
El Mundial 2030 combinará la disputa de partidos inaugurales en Sudamérica —Uruguay, Argentina y Paraguay acogerán encuentros conmemorativos por el centenario de la primera Copa del Mundo, celebrada en Montevideo en 1930— con una fase final concentrada en España, Portugal y Marruecos. La FIFA aprobó esta candidatura conjunta en 2023, tras descartar la vía de la candidatura ibérica en solitario que España y Portugal habían impulsado en años anteriores.
El reglamento de la FIFA no establece de forma automática que la final deba disputarse en el país con mayor peso futbolístico o mayor número de sedes, sino que la decisión responde a criterios técnicos —capacidad del estadio, accesos, seguridad— y también a equilibrios políticos entre los países anfitriones. En ediciones anteriores con sede compartida, como Corea del Sur y Japón en 2002, la final se disputó en Yokohama, en territorio nipón, un reparto que en su día también generó debate sobre el peso relativo de cada anfitrión.
España cuenta con estadios de gran capacidad como el Santiago Bernabéu, sometido a una remodelación integral desde 2019, y el Camp Nou, cuyas obras de ampliación dirigidas por el FC Barcelona prevén elevar su aforo por encima de los 100.000 espectadores. Ambos recintos han sido mencionados en distintos momentos como candidatos naturales para acoger la gran final, aunque la FIFA no ha confirmado todavía calendario ni sede definitiva para ese partido, previsto en el verano de 2030.
La crisis diplomática con Marruecos por los movimientos migratorios en Ceuta se ha convertido en un asunto que trasciende lo consular. El precedente más grave se registró en mayo de 2021, cuando cerca de 8.000 personas cruzaron la frontera de la ciudad autónoma en apenas dos días, según los datos difundidos entonces por el Gobierno español, un episodio que derivó en una de las mayores crisis bilaterales de las últimas décadas y en la retirada temporal de la embajadora marroquí en Madrid.
La relación entre ambos países se normalizó en 2022, cuando el Gobierno español respaldó el plan de autonomía marroquí para el Sáhara Occidental, un giro que reactivó la cooperación en materia de seguridad y control fronterizo. Marruecos no ha respondido públicamente a las declaraciones de la ministra española sobre la sede de la final, y desde el ámbito diplomático español no se ha vinculado de forma oficial la actual tensión migratoria con la organización del torneo.
La organización de un Mundial con anfitriones europeos y africanos obliga a la FIFA a gestionar equilibrios que van más allá del terreno de juego. Portugal, que también aspira a albergar partidos de las fases avanzadas del torneo, ha evitado hasta ahora entrar en el debate sobre la sede de la final, centrando su discurso público en la promoción de sus propias infraestructuras, entre ellas el Estádio da Luz de Lisboa.
La decisión sobre las sedes de semifinales y final corresponde al comité organizador de la FIFA, que la comunicará en el marco de sus próximas reuniones, sin que exista todavía una fecha oficial para ese anuncio. Hasta entonces, las declaraciones cruzadas entre responsables políticos de los distintos países anfitriones seguirán marcando la antesala de un torneo cuyo reparto de partidos aún no está cerrado.

