El plan, concebido como una demostración de bajo coste para el servicio de satélites envejecidos, partía de una premisa ambiciosa: una nave de apenas 400 kilogramos, equipada con tres brazos robóticos y tres propulsores principales, debía aproximarse al Swift, asirlo y remolcarlo durante varios meses hasta devolverlo a su órbita original. El vehículo despegó en julio desde un atolón de las islas Marshall, en el Pacífico Sur, y llegó a acercarse al telescopio, pero los problemas de control mencionados por la NASA impidieron la fase de captura.
Lo que iba a ser un remolque orbital se ha convertido, según la propia agencia, en un ensayo técnico de aproximación, un ejercicio que podría aportar datos útiles para futuras misiones de servicio en órbita, aunque sin el resultado operativo que se perseguía. La NASA no ha precisado si habrá nuevos intentos de captura antes de que el Swift reentre en la atmósfera, ni ha detallado la naturaleza exacta de los fallos que impidieron la aproximación final.
El telescopio Swift fue lanzado en noviembre de 2004 desde Cabo Cañaveral (Florida) con una misión muy concreta: detectar y localizar estallidos de rayos gamma, los fenómenos más energéticos conocidos del universo, producidos por el colapso de estrellas masivas o la colisión de objetos compactos como estrellas de neutrones. Su capacidad para reorientar sus instrumentos en cuestión de minutos tras detectar un estallido lo convirtió en una herramienta pionera de la astronomía de altas energías durante más de dos décadas.
Una órbita baja condenada por la actividad solar
Según explica la NASA, el problema no reside en el instrumental científico, que permanece operativo, sino en la mecánica orbital. Las tormentas geomagnéticas derivadas de la actividad solar han acelerado el deterioro de la órbita del satélite, incrementando la resistencia atmosférica residual que lo empuja hacia una reentrada progresiva. Toda órbita baja termina decayendo con el tiempo: la incógnita es únicamente el ritmo del descenso, condicionado en este caso por un ciclo solar en fase activa.
La pérdida del Swift trasciende lo simbólico. El observatorio ha servido durante veinte años como sistema de alerta temprana para la comunidad astronómica internacional, permitiendo que telescopios terrestres y espaciales apuntaran con rapidez hacia la localización de un estallido de rayos gamma para estudiar sus contrapartidas en otras longitudes de onda. Sus observaciones multibanda también han contribuido al estudio de supernovas y otros fenómenos transitorios del cielo profundo, y dejan un archivo de datos que seguirá explotándose durante años con independencia del destino físico del satélite.
El precedente más directo de una operación de servicio en órbita se remonta a las misiones del telescopio espacial Hubble, ejecutadas por transbordadores tripulados de la NASA entre 1993 y 2009, que permitieron reparar y actualizar sus instrumentos en cinco ocasiones. Aquellas misiones, sin embargo, implicaban un coste y una complejidad logística muy superiores, con astronautas realizando paseos espaciales, frente al modelo robótico y no tripulado que Katalyst Space pretendía validar con un presupuesto notablemente más reducido.
La apuesta de la NASA por una start-up para esta operación se enmarca en una estrategia más amplia de la agencia para externalizar servicios orbitales a empresas privadas, una tendencia consolidada en la última década con compañías como SpaceX en el transporte de carga y tripulación. El objetivo de fondo es reducir costes y demostrar que la reparación o el reposicionamiento de satélites envejecidos puede resultar más económico que sustituirlos por completo.
El resultado no invalida esa lógica, pero sí evidencia las dificultades técnicas que todavía entraña el acoplamiento robótico autónomo en órbita, una tecnología que distintas agencias y empresas, incluidas la Agencia Espacial Europea y varias compañías estadounidenses, llevan años intentando perfeccionar con resultados desiguales. Ni la NASA ni Katalyst Space han precisado plazos concretos para la reentrada del Swift ni han aclarado si el coste de la misión se verá alterado por la prolongación de la fase de aproximación con fines de investigación.
La comunidad científica que ha empleado datos del Swift durante dos décadas afronta el desenlace como un balance de luces y sombras: el instrumento superó ampliamente su vida útil prevista y su legado observacional permanece, aunque su pérdida física deja sin sistema de alerta rápida a una red internacional que dependía de sus avisos para reaccionar en minutos ante un estallido.
A partir de ahora, la atención se centra en dos frentes. Por un lado, si la NASA y Katalyst Space logran extraer conclusiones técnicas útiles de la aproximación fallida para futuras misiones de servicio orbital. Por otro, el propio proceso de reentrada del Swift, que los organismos de vigilancia espacial internacional, como el Mando Espacial de Estados Unidos, seguirán monitorizando hasta su caída definitiva a la atmósfera terrestre.

