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Un estudio cifra en el 87% los españoles que se despiertan cada noche

Especialistas del sueño analizan por qué se rompe el descanso nocturno, mientras el insomnio crónico afecta a alrededor del 15% de la población.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Más de la mitad de la población adulta reconoce dificultades para dormir y un 87% admite despertarse varias veces durante la noche, según cifras de un estudio sobre hábitos de sueño difundidas entre profesionales sanitarios. El fenómeno ha llevado a médicos y divulgadores a analizar públicamente sus causas —desde el ruido y el estrés hasta posturas y anatomías que dificultan la respiración nocturna—, en un contexto en el que el insomnio crónico afectaría a en torno al 15% de los españoles.

El dato del 87%, procedente de un estudio sobre hábitos de sueño que ha circulado entre profesionales sanitarios, retrata una realidad que contradice la idea de que dormir del tirón deba ser la norma. Según esas cifras, la inmensa mayoría interrumpe su descanso al menos una vez por noche, un patrón que, cuando se repite con frecuencia o acorta sustancialmente las horas de sueño reparador, tiene consecuencias sobre la salud física y cognitiva.

El insomnio crónico, que las estimaciones sanitarias sitúan en torno al 15% de la población adulta en España, representa el extremo más grave de este espectro. Las guías clínicas lo definen como la dificultad persistente para conciliar o mantener el sueño al menos tres noches por semana durante un mínimo de tres meses, con repercusión diurna en forma de fatiga, irritabilidad o falta de concentración. No toda persona que se despierta por la noche cumple esos criterios, pero la frontera entre un despertar ocasional y un trastorno instaurado puede ser más estrecha de lo que se piensa.

Entre las explicaciones que manejan los especialistas figuran, en primer lugar, los factores ambientales clásicos: ruido, luz y temperatura inadecuada del dormitorio. A ellos se suman elementos intrínsecos como el estrés, cuya activación fisiológica fragmenta la arquitectura del sueño, y las alteraciones del ritmo circadiano derivadas de horarios irregulares, el uso de pantallas antes de acostarse o los desajustes en la exposición a la luz solar.

La alimentación y el consumo de sustancias añaden otra capa. Cenar tarde, en exceso o con alimentos pesados dificulta la digestión y perturba el descanso, mientras que la cafeína actúa como estimulante durante varias horas. El alcohol presenta un comportamiento paradójico: facilita la somnolencia inicial, pero tiende a fragmentar el sueño en la segunda mitad de la noche, un efecto sobre el que insiste habitualmente la comunidad médica especializada en trastornos del sueño.

El error postural que estrecha la vía aérea

A estos factores se suma uno de naturaleza física y menos conocido: la postura al dormir y su relación con la anatomía de las vías respiratorias. El médico José Manuel Felices, que difunde contenidos de divulgación sanitaria en Instagram, ha señalado que buena parte de la población se despierta a mitad de noche por «un error muy común» con el que, según su explicación, se comprime la vía aérea superior, se dificulta el paso del aire y se provocan micro-despertares que la persona rara vez recuerda al día siguiente.

Este mecanismo está documentado en la literatura médica sobre apnea del sueño y ronquido, trastornos en los que el exceso de peso, la acumulación de tejido adiposo alrededor del cuello y determinados rasgos anatómicos —una mandíbula retraída, amígdalas grandes o vías respiratorias estrechas— constituyen factores de riesgo reconocidos. Dormir boca arriba favorece que la lengua y los tejidos blandos de la garganta caigan hacia atrás por efecto de la gravedad, un fenómeno que explica por qué muchos pacientes mejoran al adoptar posturas laterales. El diagnóstico definitivo requiere un estudio de sueño —polisomnografía en laboratorio o poligrafía respiratoria domiciliaria— prescrito por un especialista.

Conviene un matiz histórico que aportan algunos investigadores del sueño: en sociedades preindustriales, sin luz artificial, era común un patrón de sueño bifásico o segmentado, dividido en dos bloques separados por un periodo de vigilia nocturna. El historiador Roger Ekirch documentó este fenómeno en su investigación sobre el descanso en la Europa preindustrial, en la que describía referencias a un «primer sueño» y un «segundo sueño» en textos anteriores a la revolución industrial.

Los propios especialistas advierten, sin embargo, de que esa evidencia histórica no legitima los despertares nocturnos actuales. El contexto ha cambiado: la exposición a pantallas, los horarios rígidos, el estrés crónico y el sedentarismo generan un tipo de fragmentación distinto, asociado a peor calidad de vida y mayor riesgo cardiovascular y metabólico, según recogen las guías clínicas del sector.

Otros profesionales que divulgan sobre el sueño, como la doctora Nuria Roure o el psicólogo Rafael Santandreu, han insistido en que las causas del insomnio suelen ser multifactoriales y con frecuencia tienen un componente psicológico determinante, vinculado a la relación que cada persona establece con el propio acto de dormir y con la cama como espacio de descanso, más que a un único desencadenante físico o ambiental.

Desde el punto de vista clínico, la primera línea de tratamiento recomendada para el insomnio crónico por las guías internacionales es la terapia cognitivo-conductual para el insomnio, no la medicación hipnótica, cuyo uso prolongado se desaconseja por el riesgo de dependencia y tolerancia. La combinación de higiene del sueño, control de estímulos y restricción del tiempo en cama constituye el abordaje estándar antes de recurrir a fármacos.

Para quienes sospechen que su fragmentación del sueño responde a causas respiratorias u obstructivas, la recomendación pasa por consultar con atención primaria, que puede derivar a una unidad de sueño cuando existan síntomas como ronquido intenso, pausas respiratorias observadas por la pareja, somnolencia diurna excesiva o cefaleas matutinas. El Sistema Nacional de Salud cuenta con unidades de sueño en hospitales de referencia, aunque los plazos para las pruebas diagnósticas varían entre comunidades autónomas.

Los datos disponibles apuntan a que el problema no remite: la fragmentación del descanso se ha instalado como un rasgo de la vida cotidiana en España, con implicaciones que van más allá del cansancio y afectan a la salud cardiovascular, metabólica y mental de una proporción creciente de la población, según coinciden las sociedades científicas del sector.

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