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Rufián relata su infancia: «Me sabía los nombres de los ministros antes que LaLiga»

El portavoz de ERC ha descrito en varias entrevistas cómo su politización temprana le distanció del fútbol, código social dominante entre los niños de su generación

Por Redacción de El Hemiciclo· · Actualizado:
4 min de lectura
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Gabriel Rufián (Santa Coloma de Gramenet, 1982), portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso de los Diputados, ha reconstruido en varias entrevistas los perfiles de una infancia atravesada por la política.

«Cuando tienes 8, 9, 10, 11, 12, 13 o 14 años y te sabes antes los nombres de los ministros y la corrupción del PSOE y los GAL que lo que está pasando en LaLiga, tienes problemas con tus amigos», relató en una entrevista en el programa 'El mono desnudo', de la Cadena SER. El diputado situó su interés precoz por la actualidad política en una educación familiar marcada, según ha reiterado, por un fuerte compromiso de izquierdas.

Rufián ha vinculado ese temprano interés a sus orígenes. Es hijo y nieto de andaluces de Bobadilla (Jaén), por parte paterna, y de Turón (Granada), por parte materna, que emigraron a Cataluña a principios de los sesenta para «huir de los señoritos» de sus provincias, según ha contado. «No me avergüenzo de ser hijo y nieto de andaluces, soy un orgulloso charnego», declaró en una entrevista anterior, empleando el término usado históricamente en Cataluña para referirse a los hijos de la inmigración castellanohablante.

El contraste entre los intereses del niño y los de sus compañeros de colegio y de equipo de fútbol vertebra el relato que el diputado ha repetido con matices en distintas apariciones públicas. El propio Rufián recuerda acudir a los entrenamientos escuchando canciones de Víctor Jara —el cantautor chileno asesinado en 1973, tras el golpe militar de Augusto Pinochet— mientras sus amigos, según su testimonio, «se descojonaban» de él. La anécdota ilustra el peso que en España tiene el fútbol como código social casi obligatorio entre los niños, especialmente en generaciones nacidas en los años setenta y ochenta.

Las referencias que Rufián maneja en su relato remiten a episodios centrales de la democracia española. Los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación) fueron un aparato parapolicial responsable de asesinatos cometidos entre 1983 y 1987, durante los gobiernos de Felipe González; la investigación judicial derivó en condenas a exaltos cargos del Ministerio del Interior y constituye uno de los episodios más controvertidos de la etapa democrática. Que un menor manejara esas referencias con más soltura que la clasificación de Primera División retrata, según el propio diputado, el peso del entorno familiar en la formación de una conciencia política temprana.

El diputado ha admitido que crecer en una familia politizada de izquierdas «es un rollo» porque, en sus palabras, «no molas» frente al resto de compañeros. Al mismo tiempo, ha sostenido que esa circunstancia le hizo «muy consciente de la realidad» y le dejó una impronta duradera: «En el colegio tuve broncas con profesores, siempre he tenido problemas con la autoridad», afirmó en una entrevista en 'Lo de Évole'. En la conversación en la Cadena SER llegó más lejos: «Yo sufrí, y la palabra no es gratuita. Sufrí lo que supone nacer, crecer, criarte y politizarte en una familia con un sentimiento crítico de enfado constante frente a la realidad».

No es la primera vez que una figura pública española reflexiona sobre la tensión entre identidad política e identidad futbolística en la infancia. Dirigentes de distinto signo ideológico han recurrido en el pasado a anécdotas equivalentes para explicar procesos de socialización marcados por el compromiso familiar, lo que sugiere que el fenómeno trasciende a una sola familia política y responde a una dinámica generacional amplia en los hogares con fuerte implicación ideológica.

El fútbol ha funcionado históricamente en España como espacio de sociabilidad transversal a clases e ideologías. Ya durante la Transición, tras el franquismo, estadios como el Camp Nou o San Mamés operaron también como escenarios de reivindicación identitaria en un contexto de apertura democrática. Ese doble papel —entretenimiento de masas y vehículo simbólico— explica por qué el desapego de un niño hacia la competición, en favor de la actualidad política, resultaba una rareza entre sus iguales.

Diputado por Barcelona desde las elecciones generales de diciembre de 2015 y portavoz de ERC en el Congreso, Rufián ha consolidado en la última década un perfil público que combina la defensa de la independencia de Cataluña con un discurso de raíz obrera y andaluza. Ese doble origen forma parte también del relato con el que ha defendido en los últimos meses una candidatura unitaria de las izquierdas frente al avance de lo que él denomina «la extrema derecha». «Qué sentido tiene que 14 izquierdas que pensamos lo mismo nos presentemos por el mismo sitio», planteó el pasado febrero en un acto sobre el futuro de la izquierda en la Sala Galileo Galilei de Madrid.

Estas declaraciones no constituyen una novedad de esta semana, sino relatos que el diputado ha repetido con matices a lo largo de los últimos años y que han recobrado relevancia por su creciente protagonismo político. No existe vinculación institucional alguna entre Rufián y organismos como LaLiga o la Real Federación Española de Fútbol (RFEF); sus palabras se enmarcan en clave estrictamente biográfica y personal, no como pronunciamiento sobre la actualidad de la competición.

El contraste que plantea el diputado —entre la agenda política y el calendario futbolístico— sigue siendo, casi cuatro décadas después, un rasgo reconocible en los hogares españoles, donde el fútbol continúa figurando entre los temas de conversación más extendidos entre menores y adolescentes. Esa persistencia sitúa la experiencia descrita por Rufián como un caso minoritario dentro de su generación, un episodio que él mismo ha convertido en pieza central de su relato autobiográfico.

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