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España contiene la respiración a 90 minutos de la sentencia del caso Koldo mientras el PSOE se fractura, el ultimátum de Trump a Irán entra en cuenta atrás y el hantavirus se acerca a las costas canarias: la mañana más tensa de la democracia reciente

A las diez en punto, Marchena leerá ante 247 periodistas un fallo unánime de 487 páginas que puede enviar a José Luis Ábalos a prisión durante 24 años. Mientras tanto, Bolaños prepara en Moncloa la defensa del congreso de septiembre, Page afila su segundo comunicado, el Brent roza los 100 dólares y un crucero con cinco casos de hantavirus navega hacia Tenerife. Nunca antes cuatro crisis de esta magnitud habían coincidido en una sola jornada.

Por Redacción de El Hemiciclo· Madrid· · Actualizado:
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Madrid amaneció el jueves 22 de mayo con esa luz limpia de finales de primavera que contrasta brutalmente con la oscuridad de lo que está a punto de ocurrir. A las siete de la mañana, cuando los primeros operarios de la empresa de limpieza terminaban de barrer la calle del Marqués de la Ensenada frente al Tribunal Supremo, un convoy de cuatro furgonetas de la Policía Nacional ya estaba aparcando en doble fila para montar el dispositivo de seguridad. A las siete y media, los técnicos de sonido del pool televisivo entraban por la puerta lateral cargando cables y trípodes. A las ocho, las primeras unidades móviles de las cadenas de televisión ocupaban los aparcamientos reservados de la acera sur. España estaba a punto de vivir una mañana sin precedentes en su historia democrática reciente: la lectura de una sentencia que puede enviar a un exministro del Gobierno a prisión durante 24 años, mientras simultáneamente el partido del Gobierno se fractura, un ultimátum militar estadounidense a Irán entra en sus últimas horas y un crucero con un brote vírico mortal navega hacia las costas españolas. Cuatro crisis de máxima intensidad convergiendo en un solo punto temporal.

La noche había sido larga para todos los protagonistas de esta historia. En Valencia, José Luis Ábalos no había pegado ojo. Según confirman tres fuentes de su entorno más cercano, el exministro de Transportes pasó las horas entre medianoche y las seis de la mañana alternando entre la lectura obsesiva de los 487 folios del borrador filtrado de la sentencia y conversaciones telefónicas intermitentes con su abogado, que permanecía en una habitación contigua. A las cuatro de la madrugada, Ábalos llamó a su hija mayor para decirle que estuviera tranquila, que pasara lo que pasara él había servido a su país con honestidad. La frase, reproducida por una fuente familiar, tiene la textura de una despedida. A las cinco y media, el exministro intentó dormir pero desistió a los veinte minutos. A las seis, se duchó, se vistió con un traje oscuro que no pensaba utilizar porque no tenía previsto acudir al Supremo, y se sentó a desayunar frente al televisor con el volumen bajo. En la pantalla, los informativos matinales ya hablaban de él.

En Moncloa, la actividad había comenzado incluso antes. Félix Bolaños llegó al complejo presidencial a las seis y cuarenta y cinco, media hora antes de lo previsto, con un dossier actualizado que incluía los dos borradores de declaración institucional preparados la noche anterior. El primero, de seis párrafos, estaba diseñado para un escenario de condena: expresaba respeto institucional por la decisión judicial, recordaba que los condenados tenían derecho a recurrir y pedía a la ciudadanía que no juzgara al conjunto del PSOE por las acciones de individuos concretos. El segundo borrador, más breve, contemplaba el escenario improbable de una absolución parcial y contenía una frase que Sánchez había dictado personalmente la noche anterior: la justicia ha hablado y la justicia ha sido justa. Bolaños sabía que el primer borrador era el que iba a necesitar, pero el protocolo exige cubrir todas las contingencias. A las siete en punto, Patxi López, portavoz del Gobierno, llegó a Moncloa con una nota de la Secretaría de Estado de Comunicación que contenía el mapeo de reacciones internacionales previstas: la BBC tenía un directo programado, Le Monde había adelantado un editorial, el New York Times tenía un corresponsal en la sala.

La conferencia de Alegría con los secretarios generales autonómicos comenzó puntualmente a las siete de la mañana. Según tres participantes que han hablado con El Hemiciclo bajo condición de anonimato, el secretario de Organización transmitió dos mensajes fundamentales. Primero: la decisión de Sánchez de convocar el congreso para septiembre es firme e irreversible, y cualquier declaración pública de un barón territorial que cuestione esta decisión antes de que termine la jornada judicial será considerada un acto de deslealtad institucional en un momento de máxima gravedad para el partido. Segundo: nadie del PSOE debe hacer declaraciones sobre la sentencia del Koldo antes de que Bolaños comparezca a las nueve y media, para mantener una sola voz. La conferencia duró 34 minutos. Según las fuentes, hubo un silencio tenso cuando Alegría terminó su exposición. Nadie preguntó nada. Nadie se comprometió a nada. El silencio era más elocuente que cualquier discurso.

En Toledo, Emiliano García-Page dormía — o fingía dormir — cuando su jefe de gabinete le despertó a las seis y media con un resumen de prensa. El comunicado de Page de anoche había funcionado exactamente como estaba diseñado: ocupaba las portadas digitales de los principales medios y la frase el PSOE no es propiedad de Moncloa se había convertido en trending topic a las tres de la madrugada. Page tenía preparado un segundo comunicado, más breve y más quirúrgico, cronometrado para las diez y cinco de la mañana, exactamente cinco minutos después de que Marchena comenzara a leer la sentencia. El contenido de ese segundo comunicado dependía del tono de los primeros párrafos del fallo, pero la estructura estaba escrita: fuera cual fuera la sentencia, Page argumentaría que el PSOE necesitaba un congreso de refundación, no un congreso de trámite, y que septiembre era una fecha diseñada para que Sánchez se rearmara, no para que el partido se regenerara. La estrategia de Page era elegante en su simplicidad: dejar que la sentencia hiciera el trabajo pesado y limitarse a recoger los escombros narrativos.

Mientras la política española contenía la respiración, a miles de kilómetros de Madrid, en el Estrecho de Ormuz, otra cuenta atrás avanzaba con una precisión igualmente inquietante. Las 48 horas del ultimátum de Trump a Irán — lanzado el martes a las 18:15 hora española — vencían esta misma tarde a la misma hora. El Pentágono mantenía el nivel de alerta Charlie en el Mando Central, el inmediatamente anterior al máximo Delta, con el portaaviones Eisenhower, cuatro fragatas y dos submarinos clase Virginia desplegados en el estrecho. El bloqueo naval estadounidense había logrado lo que semanas de negociaciones diplomáticas no habían conseguido: obligar a Irán a recortar su producción de petróleo en 400. 000 barriles diarios, la primera reducción forzada desde el inicio del conflicto. Pero Teherán no había capitulado. A las seis de la mañana hora española, la agencia IRNA difundió un comunicado del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní que reiteraba la posición de la noche anterior: las amenazas no funcionaron en 1979 y no funcionarán ahora. El lenguaje era desafiante, pero los diplomáticos occidentales detectaban en él un matiz nuevo: por primera vez, Irán mencionaba la propuesta nuclear de Washington no para rechazarla sino para decir que la estaba evaluando. La diferencia era sutil pero crucial.

El Consejo Europeo de Energía, convocado de urgencia para las diez de la mañana en Bruselas, coincidiría minuto a minuto con la lectura de la sentencia del Koldo en Madrid. La superposición no era casual desde la perspectiva de los mercados: el Brent cotizaba a 99,80 dólares en los mercados asiáticos, a apenas veinte centavos del umbral psicológico de los 100 dólares, y el oro había marcado un nuevo máximo histórico en 2. 790 dólares por tercer día consecutivo. Los futuros del IBEX 35 abrían a 17. 480 puntos, un 0,23% por debajo del cierre nocturno, pero los analistas advertían de que la verdadera presión llegaría a partir de las diez, cuando la sentencia y el consejo de energía confluyeran. Bankinter mantenía su nota de precaución emitida la noche anterior — la primera vez en la legislatura que un banco español recomendaba reducir exposición citando simultáneamente riesgo político doméstico y riesgo geopolítico — y Goldman Sachs había actualizado a las cinco de la mañana su modelo de volatilidad para el mercado español, elevando la banda de fluctuación prevista para la sesión del jueves al 2,8%, un nivel que no se veía desde la invasión rusa de Ucrania.

Y luego estaba el cuarto frente, el más silencioso pero quizás el más inquietante a medio plazo. A mil quinientas millas náuticas al sur de Tenerife, el crucero MV Hondius navegaba hacia Granadilla de Abona con 128 pasajeros y 54 tripulantes a bordo, entre ellos cinco casos confirmados de hantavirus cepa Andes y un número indeterminado de sospechosos. La muerte del cuarto paciente — el barcelonés de 58 años fallecido ayer a las 19:42 en el hospital Gómez Ulla de Madrid — había activado el protocolo de respuesta nivel 3, el más alto del sistema de vigilancia epidemiológica español. Los ministros Mónica García y Grande-Marlaska viajarían mañana sábado a Tenerife acompañados por el director general de la OMS, Tedros Adhanom, un gesto que subrayaba la gravedad internacional del brote. La unidad UATAN del Hospital de La Candelaria, referencia nacional para enfermedades infecciosas de alto riesgo, estaba operativa con una habitación de alto aislamiento y siete salas de soporte. Pero un dato nuevo había añadido urgencia durante la madrugada: las autoridades sanitarias de la Comunitat Valenciana estaban investigando un posible contagio en Alicante de una persona que había tenido contacto previo con pasajeros del crucero antes de que el brote fuera declarado oficialmente.

A las ocho y treinta minutos de la mañana, cuando El Hemiciclo cerraba esta edición, la calle del Marqués de la Ensenada presentaba una imagen que los veteranos del periodismo judicial comparaban con los grandes juicios de la historia de España. Los 247 periodistas acreditados — de 34 medios nacionales e internacionales — formaban una cola ordenada ante los controles de seguridad. Los corresponsales de la BBC, Le Monde, la RAI y el New York Times ocupaban las primeras posiciones del dispositivo de prensa. En el interior del Supremo, Marchena revisaba por última vez la maquetación de las 487 páginas que iba a leer en un acto que se prolongaría al menos tres horas. En su despacho, Armengol esperaba la copia anticipada que el protocolo le garantizaba quince minutos antes de la lectura pública. En Moncloa, Bolaños repasaba el borrador de la declaración institucional. En Toledo, Page monitorizaba los telegramas de la noche. En Pamplona, Cerdán encendía un televisor que no apagaría hasta bien entrada la tarde. En Valencia, Ábalos miraba el reloj sabiendo que a cada segundo que pasaba, su vida se acercaba a un punto de inflexión del que no habría retorno.

La confluencia de las cuatro crisis — la sentencia judicial, la fractura del PSOE, el ultimátum a Irán y el brote de hantavirus — convertía esta mañana de jueves en un momento que trasciende la categoría de noticia para entrar en el terreno de la historia contemporánea. Ni siquiera el 23-F, con toda su dramatismo, combinó tantas variables de riesgo simultáneas en distintos ejes — judicial, orgánico, geopolítico, sanitario — con tanta capacidad de retroalimentación mutua. Porque lo verdaderamente insólito de esta mañana no era que cada crisis fuera grave en sí misma, sino que todas estaban interconectadas: la sentencia del Koldo alimentaba la crisis del PSOE, la crisis del PSOE debilitaba la posición del Gobierno en la negociación europea sobre Irán, la escalada del petróleo por Irán agravaba la presión económica interna, y la crisis sanitaria del hantavirus exigía una coordinación institucional que la tormenta política dificultaba. A las diez en punto, cuando Marchena pronunciara las primeras palabras de la sentencia, todas las piezas de este rompecabezas comenzarían a moverse. España entera contenía la respiración.

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