El programa de introducción, dirigido por el biólogo Yuri Orlov por orden estatal —según recoge Polar Journal—, no se limitó a una única liberación. Entre 1961 y 1969 las autoridades soviéticas añadieron a la población original unos 10.000 ejemplares juveniles y 2.600 adultos, reforzando el asentamiento de la especie en la costa norte de Rusia. La idea de trasladar el cangrejo real al Ártico europeo circulaba entre científicos desde la década de 1930, pero solo se ejecutó bajo el impulso institucional soviético de los años sesenta, en pleno auge de los grandes proyectos de transformación del medio impulsados por el bloque del Este.
Diez años después de la primera suelta ya existía, según la revisión, una población reproductora estable en la zona del fiordo de Kola. A partir de ahí, el cangrejo se desplazó hacia el norte y el este del mar de Barents y, cruzando fronteras marítimas, hacia la costa noruega, en uno de los casos de introducción deliberada de una especie no autóctona con mayor documentación en el Ártico europeo.
Los investigadores atribuyen el éxito de la especie a una combinación de rasgos biológicos favorables. El cangrejo real puede habitar desde la zona intermareal hasta los 510 metros de profundidad, lo que le permite colonizar un rango muy amplio del fondo marino, y es capaz de desplazarse más de diez kilómetros en un solo día, una movilidad que facilitó su expansión geográfica en pocas décadas.
A esos rasgos se suman una dieta generalista, la ausencia de parásitos naturales en su nueva área de distribución y una presión pesquera prácticamente inexistente durante sus primeras décadas de asentamiento. Esa conjunción de factores, señala la revisión, explica por qué una introducción puntual derivó en una población autosuficiente y en expansión sostenida.
Un depredador que reconfigura el fondo marino
El impacto sobre la fauna bentónica, según los datos recopilados, ha sido significativo en las zonas invadidas del mar de Barents, donde se documenta una reducción de la diversidad y la biomasa de los organismos que viven sobre el sustrato. Los de mayor tamaño, como estrellas de mar y erizos, resultan especialmente vulnerables a la depredación del crustáceo. Los cálculos del estudio sitúan el consumo anual de erizos de mar por parte del cangrejo entre el 10% y el 30% en las zonas afectadas.
Entre sus presas figuran también vieiras islandesas, huevos de capelán y de peces lumpo, además de moluscos, equinodermos, poliquetos y otros crustáceos, lo que sitúa a la especie como un depredador generalista con capacidad de reconfigurar cadenas tróficas completas. Los ejemplares juveniles representan el 80% de la población total en el mar de Barents, pese a que su impacto ecológico está considerablemente menos estudiado que el de los adultos.
La revisión estima una capacidad de carga del fondo marino de 1,2 toneladas por kilómetro cuadrado para los ejemplares pequeños y de 2,8 toneladas por kilómetro cuadrado para los grandes, una referencia que ayuda a dimensionar el volumen de biomasa que el ecosistema ártico soporta actualmente.
La expansión del cangrejo terminó generando, décadas después, el recurso pesquero que perseguían los científicos soviéticos. Noruega abrió una pesca de investigación limitada en 1994 y permitió la explotación comercial de la especie desde 2002. En 2004 habilitó además una pesca de libre acceso al oeste del meridiano 26°E, una medida orientada explícitamente a frenar el avance del crustáceo hacia esa zona del litoral.
Ese doble filo —una especie invasora convertida en activo económico— no es infrecuente en la historia de la gestión ambiental. Casos comparables, como la introducción de la trucha arcoíris en ríos europeos o la del visón americano en la Península Ibérica, muestran cómo una decisión tomada por motivos productivos puede generar simultáneamente beneficios comerciales y costes ecológicos difíciles de revertir con las herramientas de gestión convencionales.
Pese a las más de seis décadas transcurridas desde la primera liberación, los autores de la revisión insisten en que persisten lagunas relevantes en el conocimiento sobre la especie. Faltan datos consistentes sobre la relación entre las poblaciones reproductoras y el reclutamiento de nuevos ejemplares, así como sobre el papel ecológico de los cangrejos juveniles, que representan la mayoría de la población pero cuyo comportamiento y efecto sobre el bentos apenas ha sido objeto de estudio sistemático.
La conclusión de los investigadores apunta a la necesidad de un monitoreo a largo plazo del mar de Barents y las zonas adyacentes, con el fin de anticipar los próximos efectos de la especie sobre el fondo marino antes de que se consoliden cambios adicionales en la estructura del ecosistema. Ese seguimiento, señalan, resultará determinante para calibrar hasta qué punto la gestión pesquera actual —centrada en el aprovechamiento comercial— puede compatibilizarse con la conservación de la biodiversidad bentónica original de la región.

