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El ave importada en 1929 para Hawái que hoy desplaza a especies nativas

El anteojito japonés, liberado hace casi un siglo contra plagas agrícolas, compite por alimento con aves endémicas y agrava su declive, según estudios científicos.

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Hawái introdujo en 1929 el anteojito japonés (Zosterops japonicus), también llamado mejiro, en la isla de Oahu con el objetivo de controlar plagas agrícolas mediante control biológico.

El caso del anteojito japonés se ha convertido en un ejemplo recurrente en la literatura científica sobre los riesgos del control biológico, la práctica de introducir organismos vivos para combatir plagas agrícolas sin recurrir a pesticidas. La técnica, empleada desde principios del siglo XX, ha dado resultados dispares: en algunos casos controló eficazmente a la especie objetivo sin efectos secundarios relevantes; en otros, como el de Hawái, el organismo introducido acabó colonizando ecosistemas enteros y compitiendo con la fauna local.

El mejiro no se limitó a los campos de cultivo de Oahu, su punto de entrada original. Su dieta variada —néctar, frutas e insectos— le permitió adaptarse a prácticamente cualquier hábitat del archipiélago, desde zonas costeras hasta bosques de montaña. Esa versatilidad alimentaria, sumada a la ausencia de depredadores naturales en su nuevo entorno, favoreció una expansión demográfica que ningún gestor previó en 1929 y que lo ha convertido en el ave terrestre más abundante del territorio.

La investigación publicada en Ecological Monographs documentó asociaciones negativas entre la presencia del anteojito y la de aves forestales endémicas como el iiwi y el elepaio, integradas en el grupo de paseriformes exclusivo del archipiélago y con alto grado de especialización ecológica. El estudio no encontró evidencia de enfrentamientos físicos entre especies, sino un patrón de competencia indirecta por recursos compartidos.

Una competencia silenciosa en las copas de los árboles

Esa competencia se produce principalmente en las copas de los árboles, donde tanto el invasor como las especies nativas buscan néctar e insectos en los mismos estratos del bosque. Al tratarse de un ave con una población mucho mayor, el anteojito consume una proporción creciente de los recursos disponibles, dejando cada vez menos alimento accesible para las aves autóctonas, que ven reducido su rango de alimentación efectivo y quedan desplazadas hacia zonas del bosque cada vez más estrechas.

Un segundo estudio, publicado en Current Biology, aportó evidencia física de esa presión competitiva. El trabajo analizó ocho especies de paseriformes nativos y constató que, a partir del año 2000, los ejemplares jóvenes de todas ellas presentaban una masa corporal inferior en las zonas donde la población del anteojito había crecido más, además de picos y tarsos de menor longitud que los registrados en generaciones anteriores.

En ornitología, un tamaño corporal reducido en las crías suele traducirse en menores reservas energéticas para afrontar los periodos de escasez estacional, escapar de depredadores o disputar un territorio propio. Los autores del estudio en Current Biology relacionan ese deterioro físico con una menor tasa de supervivencia a largo plazo, lo que a su vez incide en el tamaño total de las poblaciones afectadas.

La especie que concentra la mayor preocupación entre los investigadores es el akepa de Hawái, un mielero de plumaje anaranjado clasificado como especie en peligro de extinción. Según las investigaciones citadas, algunas poblaciones de akepa habrían sido calificadas recientemente como no viables a largo plazo debido, entre otros factores, a la presión añadida por la competencia con el anteojito.

El deterioro de las poblaciones de aves endémicas hawaianas no es, sin embargo, un fenómeno atribuible en exclusiva a esta especie invasora. Desde el siglo XIX, el archipiélago ha registrado uno de los índices de extinción de aves más elevados del planeta, provocado por la introducción de enfermedades como la malaria aviar —transmitida por mosquitos igualmente introducidos—, la pérdida de hábitat por la expansión agrícola y urbana, y la depredación por parte de mamíferos foráneos como ratas y gatos asilvestrados, factores que ya habían reducido notablemente varias especies antes de la llegada del mejiro.

El anteojito japonés añade un factor adicional a ese cuadro de amenazas acumuladas. Al dispersar semillas por todo el bosque en sus desplazamientos, contribuye además a la propagación de plantas no nativas, lo que puede alterar todavía más la composición de la vegetación de la que dependen las especies autóctonas para alimentarse y anidar, según recogen ambos estudios.

El precedente hawaiano no es un caso aislado en la historia del control biológico. En Australia, la introducción del sapo de caña (Rhinella marina) en 1935 para combatir un escarabajo que dañaba los cultivos de caña de azúcar derivó en una de las mayores crisis ecológicas del país, al carecer el anfibio de depredadores naturales y resultar tóxico para buena parte de la fauna local. Ambos episodios ilustran los límites de una técnica que, pese a sus fracasos documentados, sigue empleándose hoy bajo protocolos de evaluación de riesgo mucho más estrictos que los vigentes en la primera mitad del siglo XX.

Actualmente, la normativa internacional sobre introducción de especies exóticas con fines de control biológico exige estudios previos de riesgo ecológico, algo inexistente en la práctica científica de 1929. Organismos como la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) han desarrollado directrices para evaluar el impacto potencial de un organismo antes de su liberación, precisamente a raíz de casos como el del anteojito japonés o el sapo de caña.

Los investigadores que han seguido la evolución del mejiro en Hawái no plantean por ahora medidas de erradicación, dada la magnitud de su población y su grado de arraigo en el ecosistema insular, que harían la operación extremadamente costosa y de eficacia incierta. Las líneas de trabajo actuales se orientan hacia la protección reforzada de los hábitats que aún conservan las especies nativas más amenazadas y hacia el seguimiento demográfico continuado de poblaciones como la del akepa, cuya evolución en los próximos años será determinante para valorar su viabilidad a largo plazo.

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