La revisión parte de muestras extraídas del cráneo, un diente y un hueso del pie. En los tres casos los análisis arrojaron cromosomas XX, la combinación genética asociada al sexo femenino. Los investigadores repitieron las pruebas para descartar que el material perteneciera a más de un individuo, y los resultados coincidieron en todas las ocasiones, lo que refuerza la solidez de la identificación frente a interpretaciones anteriores basadas solo en la morfología ósea.
La atribución original se remonta a 1803, cuando el arqueólogo inglés William Cunnington excavó el enterramiento y concluyó, a partir del tamaño y la robustez de los huesos, que pertenecían a un varón corpulento. En una época sin herramientas de análisis genético, el criterio morfológico era el único disponible, y aquella hipótesis se transmitió como hecho consolidado durante generaciones de estudios sobre la Edad del Bronce británica.
El caso ilustra un problema metodológico conocido en la disciplina: la determinación del sexo biológico a partir únicamente de rasgos óseos —tamaño, robustez, forma de la pelvis o el cráneo— arrastra un margen de error que solo la genética ha permitido acotar con precisión en las últimas dos décadas. La secuenciación de ADN antiguo, cuyo abaratamiento y mayor fiabilidad desde la década de 2010 han transformado la arqueología prehistórica, ha obligado a reexaminar colecciones osteológicas excavadas hace más de dos siglos y conservadas en museos británicos.
Un ajuar ligado al trabajo del oro
Lo que distingue al enterramiento de Upton Lovell no es solo la corrección de la identificación, sino el contenido de la tumba, que ya había generado un intenso debate sobre el papel social de la persona allí depositada. Entre los objetos hallados figuran un hacha de combate, herramientas de piedra, un punzón metálico, una piedra de toque para comprobar los metales y una capa decorada con huesos de animales perforados. El conjunto llevó a los arqueólogos a plantear que se trataba de alguien con funciones rituales, de ahí el apodo de «chamán» que ha acompañado al hallazgo durante décadas.
Investigaciones posteriores matizaron esa lectura inicial. En una excavación realizada en el año 2000, el doctor Colin Shell, de la Universidad de Cambridge, recuperó restos humanos adicionales y detectó trazas de oro en varias de las herramientas de piedra depositadas junto al cuerpo. Ese hallazgo desplazó la interpretación desde lo puramente ritual hacia una actividad artesanal concreta: la elaboración de objetos de oro, una de las manufacturas más prestigiosas y tecnológicamente exigentes de la Europa de la Edad del Bronce.
Un estudio publicado en 2022 amplió esa hipótesis al analizar el conjunto de herramientas y concluir que podrían corresponder a distintas fases del proceso de trabajo del oro, desde la preparación del metal hasta el acabado de los adornos. Esta línea de investigación sitúa a la persona enterrada en Upton Lovell entre los artesanos especializados de mayor cualificación de su época, en una sociedad donde el acceso al oro y el dominio de su manufactura se asociaban a un estatus social elevado.
La confirmación genética de que se trataba de una mujer añade una dimensión distinta a esa interpretación, al vincular por primera vez de forma documentada este oficio metalúrgico de alto prestigio con una figura femenina en el contexto del entorno de Stonehenge. El sesgo histórico que asignaba por defecto a los varones los oficios ligados al poder, la guerra o la artesanía especializada ha reducido tradicionalmente la visibilidad de las mujeres en el registro arqueológico de la Edad del Bronce.
El análisis osteológico aporta además datos sobre la biografía de esta mujer. Los investigadores estiman que falleció después de los 45 años, una edad considerable para los estándares de mortalidad de la época, y que medía aproximadamente 1,63 metros, una estatura por encima de la media femenina conocida para el periodo en la región. Estos datos, combinados con el ajuar, refuerzan la idea de que ocupaba una posición destacada dentro de su comunidad.
Un detalle especialmente revelador es la presencia de artritis en la muñeca derecha, sin que la izquierda muestre la misma afección. Esta asimetría es compatible, según los investigadores, con años de trabajo manual repetitivo asociado al manejo de herramientas de metalurgia, un patrón que respalda la hipótesis de que ejerció de forma prolongada la actividad artesanal vinculada al oro que se deduce de su ajuar.
El entorno de Stonehenge, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986, concentra una de las mayores densidades de yacimientos funerarios de la Edad del Bronce británica, con centenares de túmulos excavados desde el siglo XVIII en la llanura de Salisbury. Muchos de esos enterramientos fueron clasificados en su momento a partir de criterios morfológicos hoy considerados insuficientes, lo que abre la puerta a nuevas revisiones a medida que la genómica antigua se aplica a esas colecciones.
La combinación de las evidencias arqueológicas, osteológicas y genéticas permite construir ahora una imagen más precisa de una figura que durante más de dos siglos se dio por sentado que era un hombre. Aunque no se han anunciado por el momento publicaciones adicionales sobre otros restos del entorno de Upton Lovell susceptibles del mismo análisis, la comunidad arqueológica sigue con atención estos estudios, que en los próximos años podrían obligar a revisar la atribución de sexo de otros enterramientos destacados de la prehistoria europea.

