El aceite de oliva virgen extra ejemplifica como pocos productos la volatilidad que ha marcado la alimentación española. Un litro que en origen se pagaba por poco más de dos euros en 2020 llegó a superar los diez en el lineal a finales de 2023, con botellas de determinadas marcas entre 12 y 15 euros, una escalada que llevó al Gobierno a suspender temporalmente el IVA sobre los aceites como medida paliativa. El impacto en el consumo fue inmediato: las ventas de virgen extra cayeron un 17% interanual en el peor momento de la crisis, según la consultora NielsenIQ, un desplome que llevó a muchos hogares a sustituir el producto por aceites de girasol u otras alternativas más baratas.
La subida tuvo una consecuencia poco habitual: el aceite se convirtió en objetivo prioritario de hurtos organizados. Según los informes de STC, fue el producto más robado en supermercados de ocho comunidades autónomas —entre ellas Madrid, Cataluña y Andalucía— en 2024, y el segundo a escala nacional, solo por detrás de los licores y por delante del jamón ibérico. La empresa andaluza Tu Super, con treinta establecimientos en la región, cifró en un 90% la proporción de robos vinculados a bandas organizadas que revendían el producto en el mercado negro.
La respuesta de las cadenas de distribución fue tratar el aceite como un artículo de alto valor: garrafas de cinco litros encadenadas con candados, etiquetas antihurto en botellas de un litro o custodia directa tras el mostrador, prácticas hasta entonces reservadas a bebidas espirituosas o cosmética. STC llegó a multiplicar por doce sus pedidos de dispositivos de protección durante el verano de 2023, en pleno pico de la crisis.
La cosecha récord de la campaña 2024-2025 trajo cierto alivio: el litro de marca blanca llegó a rondar los 4,65 euros, un 34,7% menos que un año antes, según la Federación de Asociaciones de Consumidores y Usuarios (Facua). La tregua, sin embargo, ha resultado frágil. En diciembre de 2025 el aceite registró su primera subida en dos años, achacada a una cosecha peor de lo previsto, con el precio en origen en 4,56 euros el kilo y cadenas como Alcampo revisando ya sus etiquetas al alza. El precio del virgen extra sigue dependiendo, como ha ocurrido históricamente en España, de la climatología de cada campaña.
Huevos, la proteína barata que se ha puesto por las nubes
El huevo, tradicionalmente el alimento proteico más asequible de la despensa española, se ha convertido en el producto que más se encareció en 2025: cerró diciembre con una subida interanual del 31,3%, según el IPC del INE, muy por delante de la carne de vacuno (17,2%) o del café. La Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) ha documentado ese recorrido en los lineales: la docena de talla M, la más económica, pasó de 2,14 euros en febrero de 2025 a 3,14 en octubre, mientras que la de tamaño L subió de 2,33 a 3,25 euros en el mismo periodo.
Tomando 2021 como referencia, el incremento acumulado en los huevos más baratos alcanza el 137%, un salto que ha situado la docena XL cerca de los cinco euros en algunos establecimientos y las variedades camperas por encima de los cuatro. La paradoja añadida es que las categorías más económicas —las que sostienen la alimentación de los hogares con menos recursos, que recurren al huevo como fuente barata de proteína— son precisamente las que más han subido, lo que ha convertido este alimento en un indicador sensible de la desigualdad en el acceso a una alimentación asequible.
Detrás de esta escalada no hay una causa única. La gripe aviar ha obligado al sacrificio de más de dos millones de gallinas en granjas españolas y al confinamiento de todas las aves criadas al aire libre, lo que ha reducido la oferta en un contexto de demanda creciente: el consumo nacional ha aumentado más de un 16% desde 2019, según datos del sector. A ello se suma un cambio estructural: la reconversión de las explotaciones hacia sistemas de cría sin jaulas, en cumplimiento de las exigencias de bienestar animal impulsadas desde la Unión Europea, ha requerido inversiones superiores a los 2.300 millones de euros, un coste que se traslada, al menos parcialmente, al precio final.
Los analistas del sector hablan del llamado «efecto cohete y pluma» para explicar por qué las subidas en origen se trasladan de forma casi inmediata al consumidor, mientras que los descensos, cuando se producen, tardan mucho más en llegar al lineal o directamente no se materializan. El fenómeno enlaza con episodios previos de tensión alimentaria en España, como los vividos tras la crisis energética de 2022, cuando la inflación de los alimentos superó durante meses el 15% interanual según el INE, muy por encima de la media de la eurozona medida por Eurostat.
El chocolate se ha sumado a la lista de básicos encarecidos, arrastrado por la subida internacional del precio del cacao, en una tendencia que ha afectado de forma transversal a la cesta de la compra española. Ese encarecimiento generalizado de los alimentos de primera necesidad llevó al Gobierno a adoptar medidas excepcionales, como la rebaja del IVA sobre determinados productos aprobada en 2023 y prorrogada en fases posteriores, una intervención fiscal que tiene pocos precedentes desde la implantación del impuesto en 1986.
El seguimiento de estos precios corresponde a organismos como el INE, que publica mensualmente el IPC desglosado por categorías de alimentos, y a asociaciones de consumidores como la OCU o Facua, que elaboran sus propios informes en los principales supermercados. Facua sostuvo que la caída del aceite en 2025 demuestra el margen de las cadenas para ajustar precios cuando mejora la oferta, mientras el sector avícola atribuye las alzas del huevo a los sobrecostes sanitarios y a las inversiones en bienestar animal. Estas cifras son las que, en última instancia, condicionan decisiones políticas como ajustes fiscales o líneas de ayuda a sectores productivos afectados por crisis sanitarias o climáticas.
A corto plazo, el comportamiento de estos productos dependerá de factores que escapan al control de la política económica: el resultado de la campaña oleícola en curso y la evolución de los brotes de gripe aviar en las próximas semanas marcarán si la tendencia alcista se consolida o si, como ocurrió parcialmente con el aceite en 2025, se produce un nuevo respiro para los hogares españoles. El próximo dato del IPC del INE ofrecerá la primera señal sobre si la tregua del oro líquido resiste o si el candado vuelve a las estanterías.

