La ejecutiva del PSOE que empieza a las nueve es, en esencia, una sesión de terapia colectiva disfrazada de reunión orgánica. Los catorce miembros que se sientan alrededor de la mesa oval de Ferraz no van a debatir la fecha de un congreso; van a decidir si el PSOE que Sánchez reconstruyó a partir de 2017 sigue existiendo o si ha llegado el momento de demolerlo para edificar algo nuevo sobre los cimientos. Julio o septiembre es la pregunta superficial. La pregunta profunda es: ¿puede un partido sobrevivir a la condena de un exministro por malversación durante una pandemia sin una renovación radical de su estructura, sus caras y su relato? La respuesta que los barones del 51% dan es no. La respuesta que Sánchez daría si pudiera ser sincero es probablemente la misma, pero con un matiz fundamental: la renovación no puede incluir su propia cabeza, porque sin él no hay gobierno, sin gobierno no hay legislatura y sin legislatura no hay reformas ni presupuestos. Es el argumento del imprescindible, el último recurso de los líderes que ya no pueden apelar a la ilusión.
Cerdán va a dimitir. Es lo más parecido a una certeza que existe en la política española de las ocho y media de la mañana del viernes, y merece una reflexión que va más allá de la anécdota. Santos Cerdán es —era— el hombre que sabía cómo se montaban las mayorías, cómo se negociaban los pactos, cómo se contaban los votos en un comité federal y cómo se desactivaba una rebelión territorial antes de que llegara a los titulares. Su dimisión no es solo un gesto de responsabilidad por la sentencia del Koldo; es la confesión de que la maquinaria que él gestionaba se ha roto de una manera que no puede repararse con herramientas orgánicas. Cuando el mecánico abandona el taller, es porque el motor no tiene arreglo. La pregunta que nadie en Ferraz se atreve a formular en voz alta es quién ocupará su puesto, porque ese puesto define la correlación de fuerzas en la preparación del congreso: un secretario de Organización afín a Sánchez protege al presidente; uno afín al bloque crítico lo expone.
Y luego está Ayuso, que merece un párrafo aparte no por la importancia intrínseca de su viaje a México —que la tiene, pero es limitada— sino por lo que revela sobre el estado mental de la derecha española. Organizar un homenaje a Hernán Cortés en el Museo Nacional de Antropología de Ciudad de México es una decisión que requiere una combinación específica de ignorancia histórica, arrogancia política y desprecio por el contexto que, sinceramente, impresiona. No hace falta ser indigenista, ni siquiera particularmente sensible a la cuestión colonial, para entender que llevar una ofrenda floral al conquistador de Tenochtitlán en el corazón de la capital mexicana es el equivalente diplomático de encender una cerilla en una gasolinera. El equipo de Ayuso no solo encendió la cerilla; cuando la gasolinera explotó, acusó al gasolinero de piromanía. La respuesta de Sheinbaum fue lo que cualquier líder con un mínimo de dignidad habría dicho, y la huida de Ayuso fue lo que cualquier político sin plan B habría hecho.
Lo que hace significativo el fiasco mexicano de Ayuso no es la polémica en sí sino la reacción de Feijóo. El líder del PP ha pedido «reflexión sobre la planificación de los viajes institucionales», una frase que, traducida del lenguaje político al castellano llano, significa: «Me parece una barbaridad pero no puedo decirlo sin perder el congreso de la Comunidad de Madrid.» La distancia entre Génova y Sol, que llevaba meses siendo una tensión soterrada, ha salido a la superficie de la manera más incómoda posible para Feijóo: en el mismo momento en que necesita la unidad de su partido para explotar la sentencia del Koldo, su baronesa más mediática le regala un escándalo que permite al PSOE desviar el foco. Es la paradoja de la derecha española: sus victorias judiciales siempre vienen acompañadas de autolesiones políticas que las neutralizan parcialmente.
Mientras el PSOE se autoflagela y el PP tropieza con su propia baronesa, el resto del país sigue adelante con una agenda que nadie parece tener tiempo de atender. Las tormentas de Baleares van a ser reales, con litros de agua real cayendo sobre casas reales de personas reales que necesitan servicios de emergencia financiados con unos presupuestos que no existen porque el Gobierno no puede aprobarlos y la oposición no quiere negociarlos. La reforma de financiación que Arcadi España va a presentar a las 11:00 es probablemente la medida más importante que el Gobierno puede tomar para mejorar la vida de millones de ciudadanos, pero va a ser eclipsada en los informativos por las imágenes de Sánchez entrando en Ferraz y Ayuso bajando del avión. Es la tragedia del debate público español: lo urgente siempre devora a lo importante, y lo espectacular siempre arrasa a lo sustancial.
El hantavirus, mientras tanto, sigue su propio calendario, indiferente a las ejecutivas, los congresos y los sombreros de mariachi. La mujer de Barcelona que espera el resultado de una PCR no sabe que su caso, si da positivo, será el sexto de un brote que empezó en un crucero antártico y que podría convertirse en la primera crisis sanitaria seria desde el COVID. No sabe que los quince expertos de la OMS en Ginebra están deliberando sobre si declarar una emergencia internacional que llevaría su nombre a los titulares de los periódicos de medio mundo. No sabe que en Granadilla de Abona hay un hospital de campaña de 40 camas esperando a un barco que llega el domingo. Lo único que sabe es que estuvo en un congreso de enfermería en Valencia y que ahora está encerrada en su casa del barrio de Gràcia esperando un resultado que tardará entre 24 y 48 horas. En un país obsesionado con las crisis políticas, las crisis sanitarias avanzan en silencio hasta que dejan de ser silenciosas.
La gran pregunta del viernes no es si el PSOE aprueba julio —lo hará, porque los números mandan y los números están claros—, ni si Ayuso dará una rueda de prensa convincente a las 10:30 —no lo hará, porque no hay argumento convincente para un homenaje a Cortés en Coyoacán—, ni si la Audiencia Provincial estimará el recurso de Begoña Gómez —eso depende de nueve magistrados que a esta hora están leyendo 28 páginas de emails—. La gran pregunta es: ¿puede España seguir funcionando como país cuando su clase política está íntegramente dedicada a sobrevivir a la crisis del día mientras las crisis estructurales —financiación, sanidad, energía, vivienda— se acumulan como la ropa sucia que nadie quiere meter en la lavadora?
La respuesta, me temo, es que sí puede, pero solo de manera degradada. España funciona, pero funciona peor de lo que podría. Los trenes circulan, los hospitales atienden, las escuelas abren, los impuestos se recaudan. Pero la distancia entre cómo funciona y cómo podría funcionar crece con cada ejecutiva de emergencia, con cada viaje cancelado, con cada sentencia que sacude los cimientos. La fatiga democrática no se manifiesta como un colapso abrupto sino como una erosión lenta de la calidad de las decisiones, de la profundidad del debate, de la capacidad colectiva para distinguir lo que importa de lo que solo brilla. Hoy, en Ferraz, un partido decidirá si celebra un congreso en julio o en septiembre. En Sol, una presidenta explicará por qué canceló un viaje. En la Audiencia, unos magistrados evaluarán unos emails. Y en algún lugar del Atlántico, un barco con un virus se acerca a Canarias. Todo es urgente. Nada es prioritario. Esa es la mañana de la ejecutiva. Esa es España en mayo de 2026.
Lo que viene después del viernes no será menos intenso. El fin de semana traerá la llegada del Hondius a Granadilla, los resultados de la PCR de Barcelona y la primera ronda de reacciones a la decisión de la ejecutiva. El lunes traerá los mercados procesando la nueva realidad política, la OMS publicando su veredicto sobre la emergencia sanitaria y Ayuso enfrentándose al primer pleno de la Asamblea de Madrid tras el fiasco mexicano. El martes traerá el pleno del Congreso con la proposición del PP sobre el Koldo. Y cada uno de esos días añadirá una capa más a una lasaña de crisis que nadie ha pedido pero todos están obligados a digerir. Al final, como siempre en España, sobreviviremos. Pero sobrevivir no es lo mismo que vivir bien. Y vivir bien requiere algo que esta mañana, a las ocho y media de un viernes de mayo, parece escasear más que el café: la capacidad de decidir lo que de verdad importa. Mientras tanto, el gato de la viñeta sigue sentado en el muro de Ferraz, con su carnet del PSOE partido por la mitad y su reclamo de atún sin presupuesto. Al menos el gato tiene claras sus prioridades.

