Hasta ahora, los procesos de expansión y erupción en las dorsales oceánicas —las cadenas montañosas submarinas donde se genera nueva corteza terrestre— se habían reconstruido siempre a posteriori, a partir de sedimentos, mapeos batimétricos o señales sísmicas dispersas. Nunca se había podido seguir en directo, con instrumentación desplegada de antemano, el instante exacto en que el suelo oceánico se fractura y el magma emerge hacia el agua marina.
Para lograrlo, el equipo instaló desde finales de febrero de 2024 una red de vigilancia bautizada OHA-GEODAMS (Observatory with Hydro-Acoustics and Geodesy near Amsterdam Island), compuesta por hidrófonos autónomos, transductores acústicos y un sensor de presión, anclada en un tramo de la Dorsal Índica Suroriental próximo a la isla Amsterdam, un territorio francés deshabitado situado en el Índico sur, entre África, Australia y la Antártida.
Cinco hidrófonos suspendidos en la columna de agua captaron las ondas sonoras generadas tanto por los terremotos como por el contacto entre la lava incandescente y el agua fría del fondo marino. Ese registro permitió detectar unas 500 señales sísmicas y más de 2.000 acústicas durante el episodio, según los datos recogidos por el equipo de Royer. La red incluía además quince balizas acústicas fijadas en el lecho oceánico —once repartidas a ambos lados del valle central de la dorsal y cuatro sobre una falla vecina— que midieron cada pocas horas la distancia exacta entre ellas, para detectar con precisión cualquier desplazamiento del terreno, mientras el sensor de presión registraba segundo a segundo los cambios de profundidad durante once meses consecutivos.
Una grieta que liberó 160 millones de metros cúbicos de lava
Según la reconstrucción del equipo, el episodio arrancó el 26 de abril de 2024 con cinco pequeños temblores, seguidos de un terremoto de magnitud 4,9. La actividad sísmica avanzó más de 8 kilómetros hacia el sureste y después retrocedió más de 9 kilómetros hacia el noroeste, con una velocidad de propagación de hasta 3 metros por segundo. En total se contabilizaron siete terremotos de magnitud igual o superior a 5.
El suelo del valle se hundió 4,2 metros en solo seis días —el 83% de ese hundimiento se concentró en las primeras 16 horas—, mientras las dos paredes del valle se separaban más de un metro entre sí. Durante los 16 días siguientes brotaron unos 160 millones de metros cúbicos de lava, a un ritmo medio de entre 9 y 10 millones de metros cúbicos diarios, que formaron dos coladas paralelas al eje de la dorsal.
Un mapeo posterior del relieve del fondo oceánico, realizado con una ecosonda montada en el barco de la expedición y comparado con mapas previos al episodio, mostró que en algunos puntos la nueva lava se acumuló con más de 90 metros de espesor. Esa comparación de batimetrías, antes y después, fue la que permitió confirmar con exactitud dónde había quedado depositado el nuevo material volcánico.
El hallazgo aporta además una pieza clave para entender un enigma que la sismología marina arrastra desde hace décadas: el llamado déficit sísmico de las dorsales oceánicas, es decir, por qué estas estructuras se deforman y expanden mucho más rápido de lo que sus terremotos registrados parecen justificar. Los modelos elaborados por el equipo de Royer calculan que solo el 24% del desplazamiento total de las fallas del valle fue de origen sísmico; el 76% restante se produjo sin generar terremotos perceptibles, a través de un mecanismo conocido como deslizamiento asísmico, impulsado por el propio avance del magma bajo la corteza.
La magnitud del fenómeno resulta significativa incluso en términos geológicos: la deformación total registrada en esos pocos días equivaldría a unos 39 años de expansión normal de esa dorsal, concentrados en un lapso mínimo. Cuando el avance de la grieta se detuvo, la tensión acumulada desencadenó un terremoto de magnitud 5,9 en una falla de transformación cercana, apenas 42 minutos después del cese de la actividad principal.
La investigación fue dirigida desde Geo-Ocean, una unidad de investigación conjunta entre el Centro Nacional de Investigación Científica de Francia (CNRS), la Universidad de Bretaña Occidental y el Instituto Francés de Investigación para la Explotación del Mar (Ifremer), según el propio equipo, instituciones con una larga trayectoria en el estudio de la geología marina y la tectónica de placas.
Las dorsales oceánicas se extienden a lo largo de decenas de miles de kilómetros del fondo marino en todo el planeta y son responsables de la creación de la mayor parte de la corteza terrestre nueva, en un proceso continuo de expansión que empuja las placas y redibuja, a escala de millones de años, la geografía del planeta. La observación de episodios de expansión y vulcanismo submarino se había apoyado tradicionalmente en redes hidroacústicas heredadas de la vigilancia de ensayos nucleares y en campañas oceanográficas puntuales, que solo permitían reconstruir los fenómenos una vez concluidos; disponer de instrumentación desplegada de antemano abre la posibilidad de anticipar mejor este tipo de procesos en otras dorsales vigiladas de forma similar.
El equipo de Royer no ha precisado si prevé mantener o ampliar la red OHA-GEODAMS para monitorizar futuros episodios en la misma zona del Índico, si bien el propio diseño del observatorio —concebido para la vigilancia continua— apunta a que la instrumentación podría seguir operativa a la espera de nuevos movimientos en esa dorsal remota.

