Los blázares se conocen desde hace décadas como núcleos de galaxias lejanas donde un agujero negro supermasivo lanza plasma a velocidades cercanas a la de la luz. Cuando ese chorro apunta hacia la Tierra, la radiación se amplifica y el objeto brilla con una intensidad excepcional. La versión a escala estelar, el microblázar, se había predicho teóricamente hace años, pero los candidatos eran escasos y ninguno estaba confirmado dentro de la Vía Láctea hasta este hallazgo.
El sistema combina dos protagonistas de naturaleza muy distinta: una estrella masiva y un agujero negro de masa estelar que arrebata gas a su compañera. Parte de ese material no cae hacia el interior, sino que sale expulsado por los polos en un haz estrecho de partículas cargadas. El eje de ese chorro apunta hacia el planeta, un alineamiento que el propio equipo reconoce como afortunado y que actúa como un foco: amplifica el brillo del sistema y permite verlo con nitidez.
El equipo no se limitó a detectar el chorro. Localizó también el punto donde ese haz choca contra una nube molecular, una región densa de gas y polvo. En esa frontera, según el estudio, las partículas se aceleran hasta energías ultraaltas, en el rango de los petaelectronvoltios. La cifra conviene situarla en perspectiva: el LHC del CERN, el acelerador más potente construido por el ser humano, alcanza 6,8 teraelectronvoltios, unas 150 veces menos; un petaelectronvoltio equivale a mil billones de electronvoltios.
Radiotelescopios combinados a miles de kilómetros
Ninguna de estas estructuras se observa con un telescopio óptico convencional. Los chorros se rastrean mediante radiointerferometría de muy larga base (VLBI), una técnica que combina radiotelescopios separados por miles de kilómetros para simular una antena del tamaño del planeta. ASTRON y JIVE, dos instituciones neerlandesas especializadas en esa observación coordinada, lideraron el trabajo, sumado al registro de emisiones en rayos gamma en la región donde el chorro golpea la nube molecular, huella indirecta de las partículas aceleradas.
La estimación de que las partículas alcanzan los petaelectronvoltios constituye, según los propios autores, un límite superior y no una medida cerrada. Separar cuánto de esa radiación procede del chorro y cuánto de la nube molecular exige nuevas campañas de observación, y queda abierta una cuestión de fondo: si lo que se acelera son electrones o protones. Solo en el segundo caso el objeto contribuiría de forma significativa al flujo de rayos cósmicos que llega a la Tierra, y distinguirlo requiere observaciones en varias frecuencias durante años.
La Tierra recibe desde hace más de un siglo un bombardeo constante de rayos cósmicos de altísima energía cuyo origen no está completamente identificado. Las candidatas clásicas han sido siempre los restos de supernova y los púlsares. Este resultado añade una tercera vía: las colisiones entre chorros y nubes moleculares dentro de la propia galaxia. Los astrofísicos denominan PeVatrones a los objetos capaces de acelerar partículas hasta ese umbral, y los microblázares se suman ahora a esa lista, aunque se trata de un único sistema y una muestra de uno no basta para reescribir los modelos de propagación de rayos cósmicos.
El hallazgo se suma a otras observaciones recientes con instrumentos de gran sensibilidad, en la línea de lo detectado por el telescopio Webb en enanas marrones de apenas el doble de masa que Júpiter, otro ejemplo de cómo la instrumentación actual precisa fenómenos antes solo teóricos.
El observatorio CTAO, repartido entre La Palma y Chile y actualmente en construcción, observará el cielo en rayos gamma de muy alta energía con una sensibilidad muy superior a la disponible hoy. Si los microblázares resultan aceleradores eficientes, deberían aparecer en sus primeros mapas.

