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Investigadores de Castilla-La Mancha fabrican sensores de glucosa con carrizos y eneas

Un equipo liderado por Jorge Comendador publica en Bioresource Technology cómo transformar biomasa de plantas invasoras en electrodos para monitorizar la diabetes.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Ajuria Enea, official residence of the president fo the Basque Autonomous Community in Vitoria-Gasteiz

Investigadores de Castilla-La Mancha, liderados por Jorge Comendador, han publicado en la revista científica Bioresource Technology un estudio en el que demuestran que la celulosa y los polisacáridos extraídos de dos plantas invasoras —el carrizo gigante (Arundo donax) y la enea (Typha latifolia)— pueden funcionar como material activo en sensores electroquímicos para detectar la concentración de glucosa en sangre.

Arundo donax y Typha latifolia: especie invasora, recurso desaprovechado

Arundo donax y Typha latifolia figuran en los catálogos regionales y nacionales de especies problemáticas en ecosistemas acuáticos y ribereños. El carrizo gigante, originario de Asia meridional, puede alcanzar los seis metros de altura y produce hasta treinta toneladas de biomasa seca por hectárea y año, según datos del Ministerio para la Transición Ecológica. La enea, de distribución más cosmopolita, comparte con aquél la capacidad de colonizar orillas de ríos, lagunas y canales de riego, desplazando a especies autóctonas como los juncos o las praderas de macrófitos sumergidos.

En los humedales manchegos —entre ellos las Tablas de Dainiel, declaradas Parque Nacional en 1973— la presencia masiva de estas plantas se ha documentado como uno de los factores que reduce la biodiversidad y altera el ciclo de nutrientes del agua. En la cuenca del Júcar, la proliferación de carrizales y eneas añade presión sobre masas de agua ya amenazadas por la sobreexplotación del acuífero 23 de La Mancha, en un contexto de conflicto histórico entre comunidades de regantes y administraciones autonómicas por el trasvase Tajo-Segura. Las administraciones han destinado partidas para el control mecánico y herbicida de estas especies sin que exista hasta ahora un aprovechamiento industrial consolidado de la biomasa extraída, lo que convierte la investigación de Comendador en una propuesta de economía circular con encaje directo en esa gestión territorial.

Del tallo al electrodo: el proceso de extracción y funcionalización

El estudio publicado en Bioresource Technology describe un proceso en dos fases principales. En la primera, la celulosa microcristalina y las nanofibras de celulosa se extraen mediante deslignificación alcalina —tratamiento con hidróxido de sodio a temperaturas controladas— seguida de blanqueo con hipoclorito. La celulosa resultante se somete a hidrólisis ácida para obtener nanocristales con una elevada relación superficie-volumen, propiedad determinante para la sensibilidad final del sensor.

En la segunda fase, ese material celulósico se funcionaliza con óxidos metálicos —el artículo hace referencia a nanopartículas de cobre y de níquel, metales de transición con actividad electrocatalítica frente a la glucosa— y se deposita sobre un sustrato conductor, habitualmente un electrodo de carbono vítreo o una tira de grafito. El ensamblaje actúa como electrodo de trabajo en una celda de tres electrodos: cuando la glucosa entra en contacto con la superficie funcionalizada, se produce una oxidación electroquímica cuya corriente es proporcional a la concentración del analito y puede cuantificarse mediante cronoamperometría o voltametría cíclica.

La selectividad del sensor —su capacidad de distinguir la glucosa del ácido ascórbico, el ácido úrico o la dopamina, moléculas presentes también en sangre o sudor— es uno de los parámetros que el equipo de Comendador detalla en el artículo. Según la publicación, los electrodos obtuvieron valores de sensibilidad y límite de detección comparables a los de sensores elaborados con materiales de mayor coste, como los basados en nanotubos de carbono o en grafeno funcionalizado con platino.

La diabetes en España: prevalencia creciente y acceso desigual a la monitorización

La pertinencia sanitaria de esta investigación se calibra con los datos estructurales disponibles. La Encuesta Nacional de Salud de España (ENSE) de 2020, elaborada conjuntamente por el Ministerio de Sanidad y el INE, estimaba que el 7,8 % de la población adulta española había sido diagnosticada de diabetes mellitus, frente al 6,9 % registrado en la edición de 2011, lo que supone un incremento de casi un punto porcentual en nueve años. La Federación Internacional de Diabetes situaba en 2021 a España entre los países europeos con mayor prevalencia ajustada por edad, con una tasa superior a la media de la Unión Europea, que Eurostat cifra en torno al 7,2 % para la misma franja.

El gasto que la enfermedad genera sobre el sistema nacional de salud se concentra en sus complicaciones —nefropatía, retinopatía, amputaciones—, lo que dificulta su cuantificación aislada. La Sociedad Española de Diabetes estimó en un informe de 2022 que la enfermedad consume alrededor del 8 % del presupuesto sanitario público, con cifras que superan los 5.000 millones de euros anuales. En ese contexto, el acceso a la monitorización continua de glucosa (MCG) es desigual: un informe del Defensor del Pueblo de 2021 señalaba disparidades territoriales relevantes en la financiación pública de estos sistemas, con algunas comunidades autónomas cubriendo los dispositivos de forma universal y otras restringiéndolos a perfiles clínicos concretos.

Ventajas del sustrato vegetal frente a materiales convencionales y límites actuales

Los sensores electroquímicos de glucosa no son una novedad: su historia comercial arranca en 1987 con la primera tira reactiva de glucómetro portátil fabricada por MediSense, precedente directo de los actuales sistemas de monitorización continua. Lo que distingue la línea de investigación de Comendador es el intento de sustituir los materiales de síntesis —óxidos metálicos puros sobre sustratos derivados de precursores petroquímicos— por matrices de celulosa de origen vegetal, más baratas y con una huella de carbono en producción potencialmente menor.

La celulosa es el biopolímero más abundante en la Tierra y su uso como sustrato en electroquímica ha ganado terreno en la última década, en paralelo a la investigación sobre sensores de bajo coste para diagnóstico en punto de atención (point-of-care). La ventaja económica es relevante en entornos con recursos sanitarios limitados: según datos del Banco Mundial, más de 400 millones de personas con diabetes en países de renta baja y media tienen acceso irregular o nulo a tecnologías de autocontrol glucémico. Un sensor desechable basado en biomasa podría competir en precio con las tiras reactivas convencionales si el proceso de funcionalización se escala industrialmente.

Existen, no obstante, condicionantes técnicos que el propio artículo reconoce como líneas de trabajo pendientes. La estabilidad del sensor ante cambios de pH, temperatura y humedad —variables que afectan tanto al material celulósico como a los nanoóxidos depositados— no ha sido evaluada en condiciones de uso real sobre matrices biológicas complejas como la sangre capilar o el sudor intersticial. Los ensayos publicados se realizaron en soluciones tampón de laboratorio con glucosa añadida, un entorno significativamente más controlado que el que encontraría el dispositivo en un paciente. Ni el equipo investigador ni ninguna empresa del sector diagnóstico ha respondido públicamente a preguntas sobre plazos de transferencia tecnológica; la posición oficial de la investigación se limita, de momento, a lo publicado en Bioresource Technology.

El reglamento europeo que separa el laboratorio del mercado

Transformar un resultado de laboratorio en un producto médico comercializable en Europa exige cumplir el Reglamento (UE) 2017/746 sobre productos sanitarios para diagnóstico in vitro (IVDR), aplicable en su plenitud desde mayo de 2022, aunque con períodos transitorios que se extienden en función de la clase del dispositivo. Este reglamento sustituyó a la anterior Directiva 98/79/CE con requisitos sensiblemente más exigentes en materia de evidencia clínica, trazabilidad y seguimiento poscomercialización.

Los sensores de glucosa para autocontrol por parte del paciente se encuadran habitualmente en la clase C del IVDR —riesgo alto, dado que un error de medición puede desencadenar una dosificación incorrecta de insulina—, lo que obliga a obtener la conformidad de un organismo notificado acreditado por la Comisión Europea. El proceso, que incluye estudios analíticos de precisión, exactitud, interferencias y estabilidad en matrices reales, puede durar entre tres y cinco años y suponer inversiones de varios millones de euros. Esa barrera de entrada solo se franquea con financiación pública sostenida o mediante alianzas con empresas del sector diagnóstico, ninguna de las cuales ha sido anunciada hasta la fecha por el equipo de Comendador.

Próximos hitos: de la validación analítica a la prueba de concepto clínica

El paso inmediato que marca la lógica científica del proyecto es la validación del sensor en matrices biológicas reales —sangre capilar y, eventualmente, fluido intersticial— y la comparación de sus resultados con los de glucómetros comerciales certificados, requisito previo a cualquier solicitud de financiación competitiva orientada a la transferencia. En el marco de los programas Horizonte Europa y del Plan Estatal de Investigación Científica y Técnica e Innovación, los proyectos de tecnología sanitaria que acreditan resultados publicados en revistas indexadas de primer cuartil —categoría en la que se encuadra Bioresource Technology— tienen acceso a convocatorias de prueba de concepto (proof-of-concept) que financian precisamente ese tránsito entre el prototipo de laboratorio y el dispositivo evaluable clínicamente. Si el equipo obtiene ese respaldo, los plazos habituales para completar una prueba de concepto clínica se sitúan entre dos y cuatro años, lo que situaría una eventual solicitud de marcado CE no antes de la segunda mitad de la presente década.

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