El mieloma múltiple es un cáncer de la médula ósea que afecta a las células plasmáticas, un tipo de linfocito encargado de producir anticuerpos. Según la Sociedad Española de Oncología Médica, representa en torno al 1% de todos los cánceres y alrededor del 10% de las neoplasias hematológicas en España, con una incidencia que aumenta con la edad y una mediana de diagnóstico próxima a los 70 años. Aunque los tratamientos han mejorado notablemente la supervivencia en las últimas dos décadas, la enfermedad tiende a recaer, lo que obliga a un seguimiento continuado tras alcanzar la remisión.
Hasta ahora, una de las herramientas más precisas para detectar la llamada enfermedad residual mínima —los restos de células tumorales que persisten pese al tratamiento— es el aspirado de médula ósea, un procedimiento invasivo que no puede repetirse con la frecuencia deseable para una monitorización estrecha. A esa limitación se suma otra: el mieloma no siempre se distribuye de forma homogénea en la médula ósea, por lo que una única punción puede no reflejar toda la carga tumoral real del paciente.
Para superar ese escollo, los investigadores han recurrido a la biopsia líquida, una técnica que permite detectar en sangre fragmentos de ADN que las células tumorales liberan al torrente circulatorio. La estrategia, ya explorada en otros tumores como el de pulmón o el colorrectal, se ha aplicado ahora de forma personalizada al mieloma múltiple. En lugar de buscar un marcador común a todos los pacientes, el equipo identificó primero las alteraciones genéticas específicas del tumor de cada persona en el momento del diagnóstico y, a partir de esa huella molecular individual, diseñó un análisis capaz de rastrear posteriormente esas mismas alteraciones en la sangre, incluso cuando estaban presentes en cantidades extremadamente pequeñas.
Los resultados, recogidos en HemaSphere, indican que en el 92% de los 84 pacientes analizados fue posible identificar alteraciones genéticas específicas del tumor y emplearlas como marcador de seguimiento. La presencia continuada de ese ADN tumoral circulante durante el seguimiento se asoció con un riesgo significativamente mayor de progresión de la enfermedad, lo que, según los autores, permitiría anticipar recaídas antes de que resulten evidentes mediante otros métodos diagnósticos.
«Nuestro objetivo es que, en el futuro, una simple extracción de sangre nos ayude a identificar antes a los pacientes con mayor riesgo de recaída y adaptar su seguimiento de forma personalizada», explicó el doctor Martínez-López, director de la Unidad CRIS de Tumores Hematológicos. El investigador subrayó que «poder monitorizar la enfermedad de una forma menos invasiva supondría un paso muy importante para mejorar la atención a las personas con mieloma múltiple».
Del laboratorio a la práctica clínica
La incorporación de este tipo de pruebas a la rutina hospitalaria no es inmediata. Cualquier biomarcador de esta naturaleza debe superar procesos de validación clínica y regulatoria antes de emplearse de forma generalizada, un recorrido que en oncología suele extenderse varios años e implica ensayos multicéntricos con cohortes más amplias que las manejadas en este primer estudio. Los propios autores han reconocido que serán necesarios nuevos trabajos para determinar cómo puede integrarse la estrategia en la práctica clínica habitual y hasta qué punto mejora la detección precoz de las recaídas.
El itinerario tiene precedentes en la propia oncología hematológica española. En la última década se desarrollaron técnicas de citometría de flujo de alta sensibilidad para detectar enfermedad residual mínima en médula ósea, impulsadas en buena parte por el grupo del CIMA de la Universidad de Navarra que dirige Bruno Paiva. Aquellas herramientas, hoy incorporadas a ensayos clínicos internacionales, tardaron años en pasar de la investigación básica al uso asistencial extendido, un recorrido que ilustra la prudencia con la que conviene interpretar los hallazgos iniciales.
CRIS Contra el Cáncer, la fundación que ha financiado parte de esta investigación, sostiene desde su creación en 2010 varios programas de unidades de investigación en hospitales públicos españoles, entre ellas la del 12 de Octubre, con el objetivo declarado de acelerar la traslación de avances de laboratorio a tratamientos disponibles para los pacientes. La entidad no ha detallado hasta la fecha un calendario concreto para la validación clínica de esta prueba de biopsia líquida.
Desde el punto de vista del paciente, la ventaja potencial radica en la reducción de procedimientos invasivos y en la posibilidad de un seguimiento más frecuente. Una extracción de sangre convencional implica un riesgo y una molestia muy inferiores a los de un aspirado de médula ósea, lo que permitiría, si la técnica se confirma en estudios más amplios, monitorizar la enfermedad con mayor regularidad sin comprometer la calidad de vida de las personas afectadas.
Los siguientes pasos, según se desprende de la publicación, pasarán por ampliar el número de pacientes analizados, prolongar el seguimiento temporal y comparar de forma directa la sensibilidad de esta prueba con la del aspirado de médula ósea en las mismas cohortes. Solo con esos datos adicionales podrá determinarse si la biopsia líquida puede sustituir, complementar o simplemente adelantar la información que hoy proporcionan las técnicas invasivas.

