La pregunta de fondo que plantea la investigación es central para la biología evolutiva: si una especie que se adaptó por completo al océano puede desandar el camino y regresar al medio terrestre que sus antepasados abandonaron hace millones de años. Según el estudio, la respuesta para cetáceos como orcas y delfines es negativa, y no por falta de tiempo, sino por la propia arquitectura de los cambios acumulados en su cuerpo.
Los antepasados de las orcas y los delfines eran mamíferos terrestres. La transición hacia una vida enteramente acuática, documentada por el registro fósil a lo largo de decenas de millones de años, implicó la pérdida o reducción de estructuras que sus ancestros necesitaban en tierra y el desarrollo de rasgos nuevos: una forma corporal hidrodinámica, extremidades transformadas en aletas, mecanismos fisiológicos para conservar el calor en el agua y capacidades de buceo y desplazamiento sin equivalente entre los mamíferos terrestres.
La ley de Dollo aplicada a los cetáceos
El estudio conecta estos hallazgos con la conocida como ley de Dollo, formulada por el paleontólogo belga Louis Dollo a finales del siglo XIX, según la cual una estructura anatómica compleja que se pierde durante la evolución no vuelve a aparecer de la misma forma en que existió originalmente. La hipótesis no implica que la evolución no pueda generar rasgos similares por otras vías, sino que la ruta exacta recorrida es, en la práctica, irrepetible dada la acumulación de mutaciones y reajustes posteriores.
Aplicada a los cetáceos, esta lógica sugiere que cuanto más se ha especializado un linaje hacia el medio acuático, menor es la probabilidad de que revierta ese proceso. Orcas y delfines representarían, según el trabajo, un caso extremo dentro de ese espectro: su grado de adaptación sería tan profundo que el propio concepto de «regreso a tierra firme» dejaría de tener sentido evolutivo.
La investigación no se limita a un diagnóstico teórico sobre la reversibilidad evolutiva, sino que lo vincula con la conservación. Al tratarse de grandes depredadores situados en la cúspide de las cadenas tróficas marinas, orcas y delfines dependerían por completo de la salud de los ecosistemas oceánicos para su supervivencia, sin margen para adaptarse a un hábitat alternativo si el marino se degrada.
Esa dependencia total cobra relevancia en el contexto de presión sobre los océanos. Organismos internacionales como la ONU y programas científicos vienen documentando desde hace años el impacto del calentamiento de las aguas, la acidificación oceánica, la contaminación por plásticos y microplásticos y la sobreexplotación pesquera sobre las poblaciones de grandes mamíferos marinos, si bien el estudio ahora divulgado no aporta cifras propias sobre el estado de conservación de estas especies.
El trabajo se suma a una larga tradición de estudios sobre transiciones evolutivas mayores, un campo que ha ocupado a biólogos desde el siglo XIX. El propio Charles Darwin, en El origen de las especies, especuló sobre la posibilidad teórica de que mamíferos terrestres evolucionaran hacia formas acuáticas, una idea controvertida en su momento que el registro fósil posterior —con hallazgos como el de Pakicetus, un mamífero terrestre considerado antecesor de los cetáceos— terminó respaldando empíricamente décadas después.
Los autores plantean extender este marco de análisis a otros grupos de vertebrados que también han transitado hacia una vida ligada al agua en distintos grados, como ciertos reptiles, aves acuáticas o mamíferos semiacuáticos, para comprobar si el mismo patrón de irreversibilidad se repite o si existen matices según el grado de dependencia del medio acuático de cada linaje.
Desde el punto de vista metodológico, el análisis de una muestra de más de 5.600 especies de mamíferos permite comparar trayectorias evolutivas muy distintas y establecer patrones estadísticos sobre qué adaptaciones resultan más difíciles de revertir. Este tipo de estudios comparativos a gran escala se ha vuelto habitual en la biología evolutiva moderna gracias al abaratamiento de las técnicas de secuenciación genética y al acceso a bases de datos filogenéticas cada vez más completas.
Conviene precisar que el hallazgo no equivale a afirmar que la evolución se haya «detenido» en estas especies, sino que su sentido seguiría profundizando la adaptación al medio marino en lugar de revertirla. Los cetáceos seguirán, previsiblemente, experimentando cambios evolutivos graduales, pero orientados a perfeccionar su vida acuática y no a recuperar rasgos terrestres perdidos.
La reconstrucción de trayectorias evolutivas a partir de datos comparativos entre especies actuales conlleva limitaciones inherentes, al no poder observarse directamente un proceso que abarca millones de años. Por ello, este tipo de conclusiones suelen recibirse con cautela metodológica hasta que son replicadas por equipos independientes con enfoques distintos.
La publicación en una revista revisada por pares como Proceedings of the Royal Society B, editada por la Royal Society británica, aporta un marco de escrutinio académico habitual para este tipo de investigaciones. Su alcance definitivo dependerá de cómo sea recibido y, en su caso, replicado por el resto de la comunidad científica especializada en biología evolutiva y conservación marina en los próximos meses, cuando los propios autores prevén ampliar el análisis a otros grupos de vertebrados.

