La zona de exclusión, un área restringida de unos 30 kilómetros de radio alrededor de la central nuclear ucraniana que sufrió el accidente de 1986, funciona desde entonces como un laboratorio natural de restauración ecológica. La escasa presencia humana permanente ha favorecido durante casi cuatro décadas el retorno de especies como el oso pardo, el lince euroasiático o el caballo de Przewalski, reintroducido en la región en los años noventa tras haber estado extinto en libertad. «La escasa población humana en la zona ha favorecido el aumento de las poblaciones de fauna silvestre», señala Svitlana Kudrenko, investigadora de la Universidad de Friburgo y primera autora del trabajo.
En enero de 2021, un año antes de la invasión rusa a gran escala de Ucrania, el equipo había puesto en marcha un proyecto de seguimiento del lince mediante cámaras trampa distribuidas por el territorio. Ese dispositivo, concebido con fines puramente conservacionistas, se convirtió por circunstancias ajenas a su diseño original en una herramienta para registrar el impacto de un conflicto armado sobre la fauna salvaje antes, durante y después del combate. El equipo recuperó finalmente los datos de 31 cámaras.
Las fuerzas rusas ocuparon la zona de exclusión entre febrero y abril de 2022, en los primeros compases de la invasión iniciada el 24 de febrero, y la emplearon como corredor de avance hacia Kiev. Durante esas cinco semanas la región registró bombardeos, incendios forestales y un intenso movimiento de vehículos militares. Meses después de la retirada rusa, el equipo científico pudo recuperar el material gracias a las Fuerzas Armadas de Ucrania, que despejaron y aseguraron el terreno de minas antipersona, artefactos que, según el estudio, causaron la muerte de al menos tres caballos de Przewalski.
Comportamientos opuestos a lo previsto
Los resultados apuntan a una respuesta contraria a la hipótesis inicial del equipo. «En un principio, supusimos que, como respuesta a las perturbaciones provocadas por el conflicto armado, los animales se volverían más nocturnos y vigilantes, y evitarían los lugares con presencia humana constante», explica Kudrenko. Sin embargo, zorros y ciervos redujeron su actividad nocturna respecto al mismo periodo del año anterior, el patrón inverso al esperado.
La reacción no fue uniforme entre especies. Los corzos disminuyeron sus apariciones en los momentos de mayor intensidad militar, mientras que las liebres aumentaron su presencia durante las fases de anomalías térmicas vinculadas a los incendios forestales. Para los investigadores, ambas respuestas —opuestas entre sí— reflejan la sensibilidad diferencial de la fauna silvestre al estrés generado por la guerra, en función de su ecología y sus estrategias de supervivencia. No todas las especies evitaron los asentamientos humanos durante la ocupación, un matiz que el estudio recoge sin ofrecer una explicación concluyente.
Marco Heurich, coautor del estudio e investigador de la misma universidad alemana, subraya el valor añadido del hallazgo: «Además de nuestro proyecto de investigación original, también pudimos investigar lo que hasta entonces solo se había estudiado en zonas de entrenamiento militar». Esa comparación remite a estudios previos sobre el efecto de las maniobras castrenses en ecosistemas, un campo de investigación limitado hasta ahora por la escasez de datos recogidos en condiciones de combate real.
Los autores advierten de que la brevedad de la ocupación, de apenas 35 días, impide extraer conclusiones definitivas o generalizables a otros contextos bélicos. No obstante, sostienen que las alteraciones detectadas en ese periodo tan corto fueron claras, lo que a su juicio subraya la rapidez con la que la fauna silvestre puede reajustar sus patrones de actividad ante una amenaza súbita e intensa. Según el estudio, varias especies habrían pasado de considerar la presencia de personas una simple molestia a percibirla como una amenaza letal, equiparable a la de sus depredadores naturales, lo que podría tener consecuencias ecológicas e incluso evolutivas a largo plazo.
Un antecedente en la propia zona de exclusión
El trabajo se presenta como el primero en el mundo en analizar de forma sistemática los efectos de un conflicto armado sobre la biodiversidad en sus tres fases: antes, durante y después del combate. Existen antecedentes parciales, como los estudios sobre fauna en zonas de entrenamiento militar en tiempos de paz o los análisis de la propia zona de exclusión tras el accidente nuclear de 1986, que documentaron durante décadas la paradoja de un territorio contaminado radiológicamente pero próspero en biodiversidad ante la ausencia de actividad humana intensiva.
La investigación se enmarca en un contexto en el que la guerra en Ucrania ha generado un intenso debate científico sobre su impacto ambiental más allá de las personas: contaminación de suelos y acuíferos, destrucción de hábitats por bombardeos e incendios, y el riesgo específico que representan instalaciones nucleares como la propia central de Chernóbil o la de Zaporiyia, ocupada por fuerzas rusas desde marzo de 2022 y bajo supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).
Los investigadores plantean que su metodología, basada en el aprovechamiento de redes de cámaras trampa preexistentes, podría replicarse en otros escenarios de conflicto donde exista infraestructura de monitorización previa, como una vía para documentar de forma más sistemática el coste ecológico de las guerras contemporáneas, un aspecto históricamente relegado frente al análisis de daños humanos, económicos e infraestructurales.
El estudio no aborda la evolución de la fauna de Chernóbil en los años posteriores a la retirada rusa de la zona en abril de 2022, un periodo en el que la región ha permanecido bajo control ucraniano pero expuesta a las derivadas de un conflicto aún activo en otros frentes del país. Los autores señalan la necesidad de mantener el seguimiento a largo plazo para determinar si los cambios de comportamiento detectados durante la ocupación se han revertido con el tiempo o si han dejado huella duradera en las poblaciones de zorros, ciervos, linces y otras especies del área.

