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Un informe cifra en el 45% los casos de demencia potencialmente prevenibles

El análisis de The Lancet de 2024 identifica 14 factores de riesgo modificables e incorpora el colesterol LDL y la pérdida de visión no tratada

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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Hasta el 45% de los casos de demencia en el mundo están relacionados con factores de riesgo que pueden modificarse a lo largo de la vida, desde la pérdida auditiva hasta el colesterol elevado, según el informe de la comisión de The Lancet publicado en 2024. El trabajo, elaborado por un grupo internacional de especialistas, actualiza análisis previos e incorpora dos factores nuevos: la pérdida de visión no tratada y el colesterol LDL, el llamado «colesterol malo».

La demencia —el deterioro progresivo de funciones cognitivas como la memoria, el razonamiento o el lenguaje hasta interferir en la vida diaria— se ha convertido en uno de los mayores desafíos sanitarios del siglo XXI. El envejecimiento de la población ha provocado un aumento constante de los casos en todo el mundo, un fenómeno especialmente acusado en Europa y España, donde el peso demográfico de los mayores de 65 años crece de forma sostenida. Frente a ese escenario, el informe aporta un mensaje matizadamente esperanzador: una parte importante de los casos podría prevenirse.

La comisión no afirma que la demencia sea evitable en todos los casos, sino que calcula qué proporción del riesgo poblacional podría reducirse si se corrigieran ciertos factores de forma colectiva y sostenida en el tiempo. Los autores recuerdan que algunos elementos, como la edad o el sexo, no pueden modificarse, mientras que la mayoría dependen de hábitos cotidianos y del control de la salud cardiovascular, metabólica, sensorial y mental. Adoptar medidas preventivas no garantiza evitar la enfermedad, pero sí puede reducir considerablemente las probabilidades de padecerla.

Catorce factores, del oído al colesterol

De los 14 factores modificables identificados, la pérdida auditiva sin tratar y el colesterol LDL elevado son los que más peso tienen, con un 7% de los casos potencialmente prevenibles cada uno. Les siguen el aislamiento social y un bajo nivel educativo, con un 5% cada uno. La depresión, los traumatismos craneales y la contaminación atmosférica se asocian al 3% de los casos, mientras que la inactividad física, la diabetes, el tabaquismo, la hipertensión y la pérdida de visión no tratada representan un 2% cada uno. La obesidad y el consumo excesivo de alcohol cierran la lista, con un 1% adicional.

Estos porcentajes no son estrictamente acumulables, porque muchos de los factores están interrelacionados. La obesidad, por ejemplo, favorece la hipertensión, la diabetes y el colesterol elevado, tres condiciones que dañan de forma directa los vasos sanguíneos, incluidos los del cerebro. El Hospital Clínic de Barcelona explica que mantener una presión arterial adecuada desde la mediana edad, controlar el colesterol LDL y prevenir la diabetes ayuda a reducir el daño vascular asociado al deterioro cognitivo.

Los profesionales del centro sostienen que abandonar el tabaco y limitar el consumo de alcohol «disminuyen la exposición a sustancias que favorecen la inflamación y el daño neuronal». La actividad física, añaden, también influye: «El ejercicio mejora la circulación cerebral, reduce la inflamación y favorece la salud cardiovascular, beneficios que repercuten directamente sobre el funcionamiento del cerebro». Ninguno de estos hábitos garantiza por sí solo la ausencia de enfermedad, pero su combinación sostenida modifica de forma sustancial las probabilidades individuales.

Los sentidos y la salud mental

La incorporación de la pérdida de visión no tratada, junto al colesterol LDL, es una de las principales novedades de la actualización de 2024. Según la comisión de The Lancet, tanto la pérdida auditiva como los problemas visuales sin corregir reducen la estimulación sensorial que recibe el cerebro, lo que puede acelerar procesos de deterioro cognitivo en personas mayores. El uso de audífonos cuando son necesarios, la corrección de la visión con gafas o el tratamiento de enfermedades como las cataratas figuran entre las medidas preventivas más citadas.

La salud mental ocupa también un lugar destacado. Los especialistas consideran que la relación entre depresión y demencia es bidireccional: puede aumentar el riesgo de deterioro cognitivo y, al mismo tiempo, aparecer como una manifestación temprana de la enfermedad todavía no diagnosticada. Esa doble dirección complica la interpretación clínica y subraya, según los autores, la importancia de buscar ayuda profesional y tratar los trastornos del estado de ánimo con la misma prioridad que otros factores de riesgo.

El aislamiento social se cuenta entre los factores con mayor peso relativo. Los especialistas atribuyen su efecto a la menor estimulación cognitiva y emocional que conlleva la soledad prolongada. En cuanto a los traumatismos craneales, recuerdan que el uso de protección en actividades deportivas o laborales contribuye a disminuir otro de los factores identificados en el informe.

La comisión de The Lancet sobre prevención, intervención y cuidado de la demencia ha ido ampliando su listado desde su primer informe, en 2017, cuando situaba en torno al 35% los casos potencialmente prevenibles. La cifra se elevó al 40% en la actualización de 2020 y alcanza ahora el 45% con la inclusión de la pérdida de visión y el colesterol LDL. Esta evolución al alza no refleja necesariamente un empeoramiento de la situación, sino la incorporación progresiva de nueva evidencia científica que permite identificar factores antes no contemplados.

Los autores advierten, no obstante, de que la reducción del riesgo no equivale a una garantía individual: una persona puede adoptar todos los hábitos recomendados y aun así desarrollar demencia, del mismo modo que otra puede acumular varios factores de riesgo sin llegar a padecerla. Los porcentajes citados son estimaciones poblacionales, útiles para orientar políticas públicas de prevención, pero no funcionan como una predicción individual.

De cara a los próximos años, la comunidad científica que participa en estas comisiones internacionales prevé seguir actualizando el listado de factores de riesgo a medida que se acumule nueva evidencia, en un contexto de envejecimiento poblacional acelerado. El reto para los sistemas sanitarios, según los especialistas, es reforzar la prevención primaria —actuar antes de que aparezcan los primeros síntomas—, el terreno donde el margen de mejora sigue siendo mayor frente a la inversión ya consolidada en diagnóstico y tratamiento.

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