Por qué la industria pesada resiste a la descarbonización
El anuncio llega en un momento en que la industria pesada —cemento, acero y minería— sigue siendo el segmento más resistente a la descarbonización. A diferencia del transporte o la generación eléctrica, donde la electrificación ofrece una vía relativamente directa, ciertos procesos químicos industriales —como la calcinación de la caliza para producir cemento— generan CO2 de forma inevitable por reacción química, con independencia de la fuente de energía empleada. Esa característica ha convertido a estos sectores en el principal obstáculo de cualquier hoja de ruta hacia el cero neto, incluida la de la Unión Europea fijada para 2050.
Dos décadas de laboratorio hasta la escala industrial
MCi Carbon fue fundada por Marcus Dawe y John Beever, quienes iniciaron la investigación sobre carbonatación mineral en 2006. El salto de la fase de laboratorio a una instalación de escala industrial ha requerido casi dos décadas, un plazo que ilustra la dificultad de llevar tecnologías de captura de carbono más allá de la prueba piloto. La ubicación elegida, dentro del propio complejo de Orica, no es casual: permite a Myrtle recibir el CO2 directamente de la planta de fabricación de amoníaco vecina, sin necesidad de transporte ni de sistemas de captura directa del aire, mucho más costosos energéticamente. El dióxido de carbono procesado no procede, por tanto, de la atmósfera, sino del propio residuo de la fábrica contigua.
Cómo funciona la carbonatación mineral
El proceso combina el CO2 capturado con fuentes alcalinas ricas en magnesio y calcio, entre ellas subproductos industriales como escorias metalúrgicas y relaves mineros que de otro modo se acumularían como residuos sin uso. La reacción, según la descripción de la empresa, se produce a baja presión y baja temperatura, lo que reduciría el consumo energético frente a otros métodos de captura y almacenamiento de carbono, como la inyección en formaciones geológicas subterráneas, empleada en proyectos como el noruego Sleipner desde 1996 o el más reciente Northern Lights, también en Noruega.
A diferencia de esas técnicas de almacenamiento geológico, que inmovilizan el CO2 en su forma gaseosa bajo tierra, la carbonatación mineral lo fija químicamente en tres compuestos sólidos y estables: carbonato de magnesio precipitado, carbonato de calcio y sílice amorfa. MCi Carbon sostiene que ese carbono queda permanentemente incorporado a la estructura molecular de los materiales resultantes, sin riesgo de fuga posterior a la atmósfera, una ventaja que los promotores destacan frente a otras soluciones de secuestro.
2.500 toneladas al año: una escala de demostración
Según los datos aportados por la empresa, Myrtle tiene capacidad para capturar hasta 2.500 toneladas de CO2 al año, con una producción estimada de unas 10.000 toneladas de materiales comercializables. Se trata de cifras modestas si se comparan con las emisiones globales de la industria del cemento, que la Agencia Internacional de la Energía cifra en más de 2.000 millones de toneladas anuales de CO2 en todo el mundo. La propia magnitud del proyecto —una planta de demostración, no una instalación de producción masiva— sitúa a Myrtle como un banco de pruebas tecnológico más que como una solución capaz de alterar por sí sola el balance de emisiones del sector.
Del hormigón a la pintura: los mercados de destino
Los tres materiales que genera el proceso tienen aplicaciones ya existentes en la industria: el carbonato de calcio se emplea en hormigón bajo en carbono, papel y vidrio; el carbonato de magnesio, en pinturas y adhesivos; la sílice amorfa, en plásticos y recubrimientos. La empresa sostiene que, al utilizar como insumo residuos mineros e industriales que de otro modo terminarían en vertederos, el proceso aporta un beneficio adicional en la gestión de residuos, aunque esa estimación, como el resto de las cifras del proyecto, procede exclusivamente de la propia compañía y no ha sido verificada por un organismo independiente. El modelo apunta directamente a los sectores que más dificultad tienen para reducir sus emisiones: en lugar de pagar por ellas o almacenarlas en el subsuelo, podrían convertirlas en materia prima para otro proceso productivo.
Fondos públicos australianos y capital japonés
La instalación ha recibido 14,5 millones de dólares australianos del Programa de Tecnologías de Captura de Carbono del Gobierno de Australia, un fondo público orientado a impulsar tecnologías de reducción de emisiones en sectores de difícil descarbonización. A esa aportación estatal se suman inversiones privadas del grupo japonés Itochu, del banco Mizuho —con cinco millones de dólares— y del Sumitomo Mitsui Trust Bank. Según la información disponible, el interés de capital japonés refleja la presión que siente la industria de ese país para descarbonizarse dentro de plazo: Japón, con escasos recursos energéticos propios y una industria pesada muy expuesta a los mecanismos de ajuste en frontera de carbono que la Unión Europea empezó a aplicar de forma transitoria en 2023, busca activamente tecnologías de captura que le permitan cumplir sus compromisos climáticos sin desmantelar su base industrial.
Un concepto conocido que nunca había alcanzado escala comercial
La carbonatación mineral no es un concepto inédito: laboratorios y proyectos piloto en Canadá, Estados Unidos y Europa han explorado variantes de esta técnica desde hace más de una década, sin que ninguno alcanzara hasta ahora una escala calificada como comercial por sus promotores. El Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) ha incluido la mineralización del carbono entre las tecnologías de eliminación de dióxido de carbono con potencial a largo plazo, aunque sus informes de evaluación advierten de que su despliegue a gran escala depende todavía de reducir costes y de verificar la durabilidad del almacenamiento en condiciones industriales reales y prolongadas.
Una única fuente y datos sin verificación independiente
Conviene subrayar que la información sobre Myrtle procede, hasta el momento, de una sola cabecera, que a su vez recoge declaraciones y datos facilitados por la propia MCi Carbon. Ni el Gobierno australiano ni organismos científicos independientes han emitido, según la información disponible, una valoración propia sobre el rendimiento real de la planta una vez en funcionamiento continuado. El Hemiciclo trata por tanto esta información con la debida cautela hasta que una segunda cabecera o un organismo verificador corrobore de forma independiente las cifras de captura y la viabilidad comercial de los materiales producidos.
Qué determinará su viabilidad a partir de ahora
El futuro de Myrtle dependerá de factores que trascienden la propia tecnología: la aceptación de los materiales carbonatados por parte de la industria de la construcción, sujeta a normativas técnicas y certificaciones de calidad que varían por país; la evolución del precio del carbono en mercados regulados como el de la Unión Europea o el sistema australiano de créditos de carbono (ACCU); y la capacidad de escalar el proceso a plantas de mayor tamaño sin que se disparen los costes. MCi Carbon no ha anunciado, según consta hasta la fecha, un calendario para una segunda instalación de mayor capacidad, por lo que cualquier proyección sobre su impacto en las emisiones globales de la industria pesada continúa siendo, por ahora, especulativa.

