La situación resulta especialmente delicada en la ría de Arousa, donde los productores han localizado mejillones muertos a una profundidad de unos dos metros, una zona que en condiciones normales queda menos expuesta a los efectos de episodios intensos de lluvia. El hallazgo ha encendido las alarmas en el sector porque apunta a que las alteraciones ambientales no se limitan a la superficie del agua, sino que estarían penetrando en distintas capas de la columna marina, comprometiendo zonas hasta ahora consideradas relativamente protegidas.
Uno de los factores señalados como determinantes es el descenso de la salinidad. Los registros de la estación de control de Cortegada reflejaron, durante el invierno de 2026, valores inferiores a diez partes por mil durante cinco días consecutivos, con mínimos de cinco partes por mil. El dato resulta relevante porque la tolerancia habitual del mejillón gallego (Mytilus galloprovincialis) se sitúa en torno a las doce partes por mil; por debajo de ese umbral, el organismo sufre un estrés osmótico que puede derivar en mortalidad si se prolonga en el tiempo.
El origen de ese descenso está relacionado con un patrón de precipitaciones fuera de lo común: diez borrascas consecutivas descargaron sobre Galicia en apenas 45 días, aportando grandes volúmenes de agua dulce a las rías. Ese aporte masivo modifica de forma repentina las condiciones del medio marino y somete a los bivalvos a un estrés adicional, sobre todo cuando el episodio de agua dulce coincide, como parece haber ocurrido este año, con fases posteriores de temperaturas elevadas.
La evolución de la producción acuícola gallega tampoco ofrece motivos para el optimismo. Según el IGE, la producción de acuicultura marina en Galicia pasó de 231.973 toneladas en 2022 a 190.407 toneladas en 2023, un descenso de más del 17% en un solo ejercicio. En los años posteriores se mantuvo en niveles próximos a las 189.000 toneladas anuales, consolidando una tendencia a la baja en una comunidad que basa buena parte de su economía marítima en este cultivo.
Del desove al asentamiento: los ciclos que el calor rompe
Al fenómeno de la salinidad se suma el calentamiento del agua, que añade una dificultad a los ciclos biológicos de los bivalvos. Las anomalías térmicas pueden perjudicar tanto los procesos de desove como el asentamiento de las semillas en las cuerdas de las bateas, dos fases imprescindibles para garantizar la continuidad de los cultivos de una temporada a otra. Cuando estos procesos fallan de forma reiterada, el efecto no se limita a la mortalidad inmediata, sino que compromete la renovación de las poblaciones en los años siguientes.
Galicia no es un caso aislado dentro de un fenómeno de alcance más amplio. Según ha explicado Antonio Figueras Huerta, profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), el caso de Japón sirve como referencia de la magnitud que pueden alcanzar estos episodios de mortalidad asociados al calentamiento marino, con descensos de hasta el 90% registrados en determinados cultivos de ostras del país asiático. La comparación sitúa el problema gallego dentro de una tendencia global que afecta a la acuicultura de bivalvos en distintas latitudes.
El verano de 2026 ha añadido otra capa de preocupación en forma de calor sostenido. En la ría de Vigo se acumularon 15 días consecutivos con temperaturas de 20 grados o más en sus playas, un umbral que en condiciones normales no se mantiene de forma tan prolongada. La estación científica de Torallamar, vinculada a la Universidad de Vigo, registró además una temperatura media superior a los 19 grados durante el mes de julio, casi dos grados por encima del promedio de la última década para ese mismo periodo.
La falta de viento desempeña un papel determinante en ese calentamiento. Las rías gallegas dependen en buena medida del afloramiento costero, un mecanismo por el cual aguas profundas, frías y ricas en nutrientes ascienden hacia la superficie y renuevan las condiciones del medio marino. Cuando los vientos que impulsan ese afloramiento pierden intensidad, el agua superficial se calienta con mayor rapidez y se genera una estratificación térmica que dificulta el intercambio entre las distintas capas de agua.
Esa estratificación tiene consecuencias directas para organismos que viven fijados en las cuerdas de las bateas, como el mejillón, incapaces de desplazarse para buscar condiciones más favorables. A diferencia de otras especies móviles, los bivalvos de cultivo dependen enteramente de que el entorno inmediato mantenga unos parámetros de oxígeno, temperatura y salinidad dentro de un rango tolerable, algo que los episodios descritos este año han puesto en entredicho de forma reiterada.
Ante este panorama, investigadores del Instituto de Investigaciones Marinas (IIM-CSIC) plantean reforzar los sistemas de monitorización en tiempo real de las bateas gallegas. La propuesta pasa por medir de forma continua variables como la temperatura, el oxígeno disuelto y la salinidad, con el objetivo de detectar situaciones de riesgo antes de que el daño sobre los cultivos resulte irreversible y permitir a los productores tomar decisiones de manejo con antelación.
El precedente más inmediato de crisis en el sector se remonta a los episodios de mareas rojas y toxinas marinas que en las últimas décadas han obligado a cierres temporales de la extracción de marisco en Galicia, gestionados mediante los protocolos de control sanitario de la Xunta y del Instituto Tecnológico para el Control del Medio Marino de Galicia (Intecmar). La diferencia con la situación actual es que no se trata de un episodio puntual de toxicidad, sino de un deterioro más estructural de las condiciones fisicoquímicas del agua.
El sector mejillonero, organizado en torno a cooperativas y asociaciones de productores de batea, ha reclamado en ocasiones anteriores mayor inversión pública en investigación aplicada y en sistemas de alerta temprana, al argumentar que la rentabilidad de las explotaciones depende de anticiparse a este tipo de episodios. Las administraciones autonómicas, por su parte, han destacado en el pasado las líneas de ayuda existentes para el sector acuícola, aunque los datos de producción del IGE apuntan a que esas medidas no han logrado revertir la tendencia a la baja de los últimos años.
De cara a los próximos meses, el sector y la comunidad científica coinciden en la necesidad de ampliar la red de estaciones de control como Cortegada o Torallamar y de cruzar sus datos con los de otros organismos, como el propio Intecmar, para establecer umbrales de alerta que permitan actuar antes de que se repitan episodios de mortalidad masiva. La campaña mejillonera de otoño e invierno, que arrancará en las próximas semanas, servirá como primer termómetro para comprobar si la vigilancia reforzada logra mitigar los efectos observados durante 2026.

