Pérez, campeona del mundo y olímpica en marcha, ha construido en los últimos años un palmarés que la sitúa entre las referencias del atletismo español reciente, en la estela de figuras como Ruth Beitia o Marta Domínguez en sus respectivas disciplinas. Birmingham representa para ella una nueva gran cita continental en la que llega como aspirante firme a medalla, de ahí la referencia a un «cuarto verano de oro» que emplea su entorno para describir su momento deportivo.
La novedad de esta temporada, según ha trascendido, no reside tanto en la carga de entrenamiento como en su gestión. Su entrenador defendió la decisión de compartir concentraciones con Palmisano —campeona olímpica en Tokio 2020— con un argumento sobre el estímulo competitivo: «Lo que saca con Antonella (Palmisano) yo no lo puedo lograr con un entrenamiento, por muy bueno o científico que sea», señaló, según el relato recogido de su entorno técnico. La idea es que el nivel de exigencia que impone competir junto a una rival de ese calibre no se puede replicar en una sesión aislada.
Entrenar con la rival
Esta fórmula de convivencia entre adversarias de máximo nivel no es inédita en el atletismo de fondo y marcha, donde históricamente se han dado casos de deportistas de distintos países que comparten altitud o pretemporada ante la escasez de compañeros de nivel comparable en sus propias federaciones. El maratón keniano y etíope ofrece precedentes desde los años noventa, cuando atletas de ambos países entrenaban juntos en las mesetas de Kenia antes de enfrentarse en las grandes maratones mundiales.
La rivalidad entre Pérez y Palmisano se ha consolidado como una de las más seguidas del atletismo europeo en los últimos ciclos. La particularidad ahora es que ambas habrían optado por convertir esa rivalidad en cooperación durante la preparación, sin que ello implique renunciar a la competencia directa el día de la prueba. Es un planteamiento que evoca otras rivalidades deportivas transformadas en colaboración de entrenamiento, habituales en disciplinas de resistencia donde el ritmo de la rival marca el listón.
La marcha atlética española atraviesa un periodo de notable proyección internacional, con varios nombres situados entre los mejores del mundo en las distancias olímpicas de 20 y 35 kilómetros. El calendario de la especialidad se articula en torno a los campeonatos continentales, el Mundial y los Juegos Olímpicos, además de la competición por equipos que World Athletics organiza periódicamente, lo que obliga a las atletas de élite a dosificar sus mejores registros en un número reducido de citas.
Birmingham se enmarca en ese ciclo como una de las grandes citas continentales del periodo posterior a los Juegos de París 2024, en la que las principales potencias europeas de la marcha —con España e Italia entre ellas— miden sus fuerzas. Los récords en esta disciplina dependen de factores como el trazado, la temperatura y la validación técnica de los jueces sobre la legalidad de la zancada, lo que introduce una volatilidad mayor que en otras pruebas de pista y explica la referencia de su entorno a un objetivo de marca «estratosférico».
La Real Federación Española de Atletismo no ha realizado declaraciones públicas específicas sobre la planificación individual de Pérez, en línea con la práctica de dejar en manos de cada deportista y su equipo técnico las decisiones sobre metodología de entrenamiento. La institución sí ha subrayado en balances recientes el rendimiento de la marcha dentro del atletismo nacional.
La prueba de marcha femenina en el Europeo de Birmingham será el primer termómetro de si el cambio de enfoque en la preparación se traduce en resultados. Un buen desempeño reforzaría la validez de la fórmula ensayada esta temporada, mientras que el objetivo a medio plazo seguirá siendo el ciclo hacia los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, la cita que, según su entorno, ha condicionado las decisiones tomadas este año.

