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Son Banya concentra en siete narcopuntos su venta de droga en Palma

Investigaciones policiales apuntan a una reorganización del negocio en el poblado chabolista, con puntos de venta más grandes y sofisticados que antes

Por Redacción de El Hemiciclo·
4 min de lectura
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El poblado chabolista de Son Banya, en Palma, habría reducido de forma drástica el número de puntos de venta de droga en su interior, según fuentes policiales que llevan años vigilando el asentamiento. De una treintena de narcopuntos dispersos hace unos años se habría pasado a entre siete y ocho, mucho más grandes y visibles, en un proceso que las mismas fuentes describen como una reorganización empresarial del negocio criminal.

Son Banya arrastra desde hace más de tres décadas la etiqueta de principal mercado minorista de droga de Baleares. Situado en las inmediaciones del aeropuerto de Palma de Mallorca, el poblado ha sido objeto de sucesivos planes de erradicación y realojo por parte de las administraciones autonómica y municipal desde los años noventa, sin que ninguno haya logrado hacer desaparecer la actividad de venta de estupefacientes que lo caracteriza.

Según las fuentes policiales consultadas, el asentamiento mantiene un número de viviendas similar al de hace años, en torno a las 125 chabolas, pero el mapa del narcomenudeo dentro del recinto se ha transformado por completo. Donde antes convivían decenas de pequeños vendedores independientes que operaban de forma dispersa por todo el poblado, ahora la actividad se concentraría en un puñado de puntos de venta de gran tamaño, gestionados por unos pocos clanes que controlarían la práctica totalidad del mercado.

Los investigadores que siguen la evolución de Son Banya interpretan este cambio como un proceso de concentración empresarial aplicado al tráfico de drogas, con una lógica que, según esas fuentes, recordaría a la de una entidad bancaria que cierra sucursales pequeñas para reforzar unas pocas oficinas centrales con mayor capacidad operativa. Menos puntos, pero cada uno de ellos mucho más rentable y con una infraestructura muy superior a la existente anteriormente.

Uno de los aspectos que más preocupa a las fuerzas de seguridad es la ubicación de estos narcopuntos. Las organizaciones habrían optado por sacarlos de las zonas interiores del poblado, donde tradicionalmente se ocultaban, y situarlos en la parte delantera del asentamiento, junto a los accesos, para facilitar la llegada de los compradores y acelerar las transacciones. Se habrían construido casetas destinadas en exclusiva al despacho de sustancias, sin ninguna otra función residencial. El catálogo de productos disponibles incluiría heroína, cocaína, hachís, éxtasis, tusi y Viagra, entre otras sustancias, con un horario de venta que se extendería durante buena parte del día.

La diversificación de la oferta y la continuidad horaria reforzarían, según los investigadores, la idea de un negocio organizado con vocación de permanencia y de maximizar el volumen de clientes atendidos. Más allá de esa concentración, lo que más ha llamado la atención de los investigadores es la sofisticación de la puesta en escena de algunos de estos puntos. Las mismas fuentes describen espacios habilitados para que el comprador espere con comodidad, con asientos disponibles y la posibilidad de tomar un refresco mientras se completa la transacción, en una estrategia orientada a fidelizar al consumidor habitual.

Esa lógica comercial se extendería incluso a gestos estacionales: en Navidad, según las mismas fuentes, se repartirían polvorones y caramelos entre los compradores, una práctica que recuerda a las técnicas de fidelización de un comercio convencional trasladadas a un contexto de venta ilegal de estupefacientes. La ambientación de las casetas también se habría cuidado, con iluminación led, carteles de neón visibles desde el exterior y pantallas de televisión de gran formato para hacer más agradable la espera.

Un patrón que se repite en otros focos españoles

Son Banya no es ajeno a la presión policial. Los sucesivos operativos desarrollados en las últimas décadas, con detenidos en cada macrorredada, han obligado a las organizaciones a adaptar su modelo de negocio. La reducción del número de puntos de venta facilitaría, paradójicamente, un control más estricto del territorio por parte de los clanes dominantes, al tiempo que dificultaría a la policía identificar y desarticular toda la red con una sola intervención. Un patrón similar se ha observado históricamente en otros focos de narcomenudeo en España, como el barrio de Las Tres Mil Viviendas en Sevilla, donde la presión policial reduce el número de puntos visibles pero no siempre la actividad global del mercado, que tiende a reorganizarse antes que a desaparecer.

El Ayuntamiento de Palma y el Govern balear han impulsado en los últimos años distintos planes de realojo de las familias que residen en el poblado, en un intento de vaciarlo progresivamente y acabar con el mercado de la droga que alberga. Sin embargo, estas iniciativas han topado históricamente con la resistencia de parte de los vecinos a abandonar sus viviendas y con la dificultad de encontrar alternativas habitacionales aceptadas por todas las partes, lo que ha ralentizado la ejecución de los planes previstos.

Desde el punto de vista normativo, la persecución del tráfico de drogas en Son Banya se enmarca en el Código Penal, que castiga el tráfico de sustancias estupefacientes en el artículo 368 y siguientes, con agravantes específicos cuando la actividad se desarrolla en el seno de una organización o afecta a menores de edad. La Fiscalía y los juzgados de instrucción de Palma han tramitado a lo largo de los años múltiples causas vinculadas a esta actividad, que en su vertiente más grave puede acarrear penas de prisión superiores a los seis años.

Ni la Delegación del Gobierno en Baleares ni la Jefatura Superior de Policía han realizado declaraciones públicas específicas sobre esta reorganización del narcomenudeo en Son Banya, si bien el poblado continúa siendo objeto de vigilancia y de operativos periódicos. Cualquier avance en la investigación sobre la estructura actual del negocio podría traducirse en los próximos meses en nuevas actuaciones judiciales o policiales contra los clanes que controlarían los principales puntos de venta identificados. El debate de fondo, recurrente entre las administraciones implicadas, sigue siendo si el desmantelamiento físico del poblado debe combinarse con políticas sociales dirigidas a sus residentes.

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