Amado Franco, histórico responsable de Ibercaja y una de las voces más reconocidas del sector financiero español, ha reclamado que la concentración bancaria dé su siguiente salto a escala europea. En declaraciones, Franco sostiene que el proceso de consolidación en España está esencialmente completado y que el reto pendiente es la integración a nivel continental, un debate que vuelve a ocupar el centro de la agenda regulatoria en Bruselas y Fráncfort.
Una tesis que va al fondo del debate europeo
La afirmación de Franco no es una observación marginal. La arquitectura financiera de la Unión Europea lleva más de una década construyéndose sobre la premisa de que un mercado único de capitales exige también un mercado único bancario, pero la realidad ha avanzado muy por detrás del diseño institucional. La unión bancaria europea, cuyo primer pilar —el Mecanismo Único de Supervisión, bajo el Banco Central Europeo— entró en vigor en 2014, sigue incompleta: el tercer pilar, el Fondo de Garantía de Depósitos europeo común, conocido como EDIS por sus siglas en inglés, permanece sin acordarse por las resistencias de varios Estados miembros, en particular Alemania y los países del norte.
El caso español, punto de partida del argumento
España protagonizó entre 2009 y 2014 uno de los procesos de reestructuración bancaria más intensos de su historia reciente, impulsado por la crisis financiera y el rescate parcial del sector cajas. El número de entidades se redujo de forma drástica mediante fusiones, absorciones y liquidaciones ordenadas por el Banco de España y el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB). Ibercaja fue uno de los protagonistas de ese proceso al integrarse con Caja3. El resultado fue un sistema más concentrado, dominado por un puñado de grandes grupos —Santander, BBVA, CaixaBank, Sabadell y el propio Ibercaja, entre otros— con mayor capacidad de resistencia a shocks sistémicos, aunque también con menor competencia en determinados territorios.
Por qué la consolidación europea es más difícil
La consolidación transfronteriza en Europa tropieza con obstáculos que no existían dentro de cada mercado nacional. Los bancos que operan en varios países de la eurozona siguen sometidos a regímenes de capital y liquidez fragmentados, ya que los reguladores nacionales pueden exigir que los recursos propios queden inmovilizados en cada filial, lo que encarece la integración. A ello se suma la disparidad de marcos concursales, de protección del consumidor y de fiscalidad entre Estados. El resultado es que, a diferencia de lo ocurrido en telecomunicaciones o energía, apenas se han producido grandes fusiones bancarias entre entidades de distintos países de la UE.
El momento político del debate
El argumento de Franco llega en un contexto en que la Comisión Europea y el BCE han vuelto a subrayar la necesidad de completar la unión bancaria y avanzar en la unión de los mercados de capitales, dos iniciativas que forman parte de la agenda de competitividad impulsada tras el informe Draghi de 2024. Desde el BCE, su presidenta Christine Lagarde y el presidente del Mecanismo Único de Supervisión han repetido en distintos foros que el tamaño medio de los bancos europeos los sitúa en desventaja frente a sus competidores estadounidenses, cuya capitalización bursátil supera con amplitud a la de los grandes grupos del continente.
La posición de Franco y su peso institucional
La trayectoria de Amado Franco como gestor de una entidad de tamaño mediano —Ibercaja es un banco de implantación principalmente aragonesa y con presencia nacional— otorga a su diagnóstico una perspectiva particular: la de quien ha vivido desde dentro la consolidación doméstica y observa que las reglas del juego siguen siendo nacionales cuando el mercado ya es, al menos en parte, europeo. Su posición implica, aunque no lo desarrolle en los términos recogidos en el material disponible, que la siguiente oleada de fusiones debería cruzar fronteras si el sector quiere ganar escala y eficiencia.
Lo que queda por resolver
El debate sobre la consolidación bancaria europea no es nuevo, pero tampoco ha encontrado una respuesta definitiva. Los defensores de la integración argumentan que bancos más grandes y transfronterizos reducen el riesgo de que una crisis en un país se transmita al soberano —el llamado bucle diabólico entre deuda bancaria y deuda pública, que estuvo en el origen de la crisis del euro—. Los escépticos advierten de que la concentración excesiva puede dañar la competencia, encarecer el crédito y crear entidades demasiado grandes para ser rescatadas. La tensión entre ambas visiones seguirá marcando el ritmo al que avance, o se detenga, la integración financiera continental.
Prospectiva
La postura de Franco anticipa un frente que previsiblemente cobrará intensidad en los próximos meses, con las negociaciones sobre el completamiento de la unión bancaria y la posible revisión del marco de resolución bancaria en la agenda legislativa de la UE. Si el sector español ha terminado su proceso de ordenación interna, como él sostiene, el siguiente capítulo de su transformación se escribirá en Bruselas, no en Madrid.

