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El acuerdo petrolero EE. UU.-Venezuela reabre el debate sobre su efecto en Colombia

La evolución económica y política del vecino, con sus reservas de crudo y minerales, incide en la migración, la seguridad fronteriza y la paz en Colombia.

Por Redacción de El Hemiciclo·
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Un acuerdo de cooperación petrolera entre los gobiernos de EE. UU. y Venezuela, presentado por algunos observadores como un pacto de gran alcance, ha reavivado en Bogotá el análisis sobre las implicaciones que tendría para Colombia una eventual transformación económica de su vecino.

El interés de Colombia por la situación de Venezuela no es nuevo, pero cobra actualidad con cada movimiento que involucre los recursos naturales del país vecino. Venezuela concentra buena parte de las mayores reservas probadas de petróleo del planeta, además de yacimientos de gas, hierro, bauxita, coltán, oro y otros minerales. Esa disparidad de recursos frente a Colombia ha sido, señalan quienes han seguido la relación bilateral, un factor estructural desde mediados del siglo XX, cuando se popularizó en el país la idea de que, por donde quiera que se trazara la línea fronteriza, el petróleo siempre quedaría del lado venezolano.

La pregunta que resurge en círculos académicos y diplomáticos bogotanos es qué tan determinante podría ser un acuerdo de esta naturaleza en la eventual apertura económica de Venezuela y, en consecuencia, en su estabilidad política interna. El razonamiento predominante sostiene que a Colombia le conviene tener como vecina a una Venezuela próspera y democrática: una economía en bonanza reduciría la presión migratoria y abriría la puerta a inversiones colombianas, como ocurrió en épocas anteriores. El punto de partida es una premisa recurrente en el análisis regional: le interesa a Colombia una Venezuela rica, floreciente y democrática, aunque esta última condición resulte la más difícil de alcanzar.

La frontera colombo-venezolana, de más de 2.200 kilómetros, ha sido históricamente un espacio de tránsito de personas, mercancías y también de grupos armados. Autoridades colombianas han señalado en distintos momentos que estructuras como las disidencias de las extintas Farc y el ELN han encontrado refugio en territorio venezolano, un señalamiento que gobiernos sucesivos en Caracas han negado o matizado. La coordinación binacional en seguridad ha sido uno de los puntos más sensibles y menos estables de la relación en las últimas dos décadas, y el argumento que hoy se esgrime insiste en que Caracas debe reprimir con decisión a esos grupos y coordinar acciones efectivas con Bogotá.

De Los Monjes a la corbeta Caldas: la memoria de la fricción

La relación entre los dos países ha atravesado episodios de fricción militar que forman parte de la memoria diplomática de ambas naciones. En 1952 se produjo el incidente de los islotes de Los Monjes, cuando Venezuela ejerció soberanía sobre ese archipiélago en el golfo de Venezuela sin que Colombia opusiera una respuesta militar efectiva, hecho que alimentó un diferendo territorial de largo aliento. En 1987, la presencia de la corbeta ARC Caldas de la Armada colombiana en aguas reclamadas por Venezuela desató una crisis diplomática que estuvo cerca de escalar antes de resolverse por vía negociada.

Esos episodios alimentaron durante décadas una percepción en sectores militares venezolanos de que Colombia representaba una amenaza para su soberanía, pese a la asimetría de capacidades bélicas. En esa lectura, la renovación frecuente del arsenal venezolano e incluso la tolerancia hacia grupos armados dispersos en territorio colombiano se interpretaban como un seguro estratégico. Frente a ese relato, el argumento que hoy circula en Bogotá es categórico: Colombia nunca invadirá a su vecino y no tiene capacidad ni intención de emprender una acción militar ofensiva, un mensaje que se considera clave para distender esa narrativa histórica.

La influencia del estamento militar en la vida política venezolana ha sido una constante durante buena parte del siglo XX y lo que va del XXI, con periodos de gobiernos militares directos y otros de gobiernos civiles fuertemente condicionados por las Fuerzas Armadas, cuya voz ha pesado en asuntos que van desde la política exterior hasta el manejo de la economía. Esa característica estructural se plantea como un obstáculo adicional para cualquier transición hacia una democracia plena, incluso en el escenario de una apertura económica derivada de acuerdos petroleros con Washington.

Para el gobierno colombiano, cualquier cambio en la dinámica económica venezolana tiene efectos directos sobre su agenda de política exterior y de seguridad. La Cancillería ha reiterado en distintos pronunciamientos su interés en mantener canales de diálogo con Caracas, en particular en el control de pasos fronterizos irregulares —conocidos como trochas— y en la persecución de economías ilegales como el contrabando de combustible y la minería ilegal, que prosperan en la zona limítrofe. Hasta el momento, el gobierno colombiano no ha emitido un pronunciamiento oficial detallado sobre el acuerdo petrolero entre Washington y Caracas.

La política migratoria colombiana, que desde 2021 incluye el Estatuto Temporal de Protección para Migrantes Venezolanos, ha significado un esfuerzo institucional y presupuestal considerable para atender a los venezolanos que se instalaron en el país tras el éxodo de la última década. Un escenario de mejora sostenida en las condiciones económicas del vecino podría, en teoría, moderar los flujos migratorios, aunque especialistas advierten que ese efecto no sería inmediato y dependería de factores adicionales como la estabilidad institucional y el respeto a las libertades civiles en Venezuela.

Comercio, frontera y paz total en la ecuación

En el plano comercial, la integración fronteriza alcanzó niveles significativos antes de la ruptura de relaciones diplomáticas de 2019. La normalización de vínculos en 2022 permitió la reapertura formal de pasos fronterizos, aunque el comercio bilateral no ha recuperado los niveles previos a la crisis, según reportes de gremios empresariales de Norte de Santander. Una auténtica integración fronteriza, sostiene el análisis, beneficiaría a los habitantes de los departamentos y estados limítrofes de uno y otro país.

La paz interna de Colombia también aparece vinculada a la ecuación venezolana. Las negociaciones de paz total impulsadas por el gobierno colombiano con distintos grupos armados han requerido, en más de una ocasión, algún grado de facilitación o al menos de tolerancia por parte de Caracas, dado que estructuras como el ELN han mantenido presencia y capacidad de repliegue en territorio venezolano, según señalamientos reiterados de las Fuerzas Militares de Colombia. Una Venezuela estable, en esta lectura, sería un aporte a la paz colombiana y un seguro para que no se traslade al vecino la violencia que el país ha padecido por años.

Fuentes diplomáticas señalan que el tema es objeto de seguimiento permanente por su potencial impacto en la región andina y en la relación trilateral entre Colombia, Venezuela y EE. UU., este último uno de los principales socios comerciales y de cooperación en seguridad para Bogotá. La sensibilidad del asunto radica en que Caracas y Washington, con posiciones históricamente enfrentadas, negocian sobre recursos cuya explotación repercute de forma inmediata en la economía y la seguridad de los países vecinos.

En el Congreso de la República no se ha programado hasta la fecha un debate de control político específico sobre las implicaciones del acuerdo para la política exterior colombiana, aunque congresistas de las comisiones de relaciones exteriores han expresado su interés en que el Ejecutivo mantenga informado al legislativo sobre cualquier desarrollo que afecte la frontera común. La eventual radicación de una citación o de una proposición de control político dependería del avance concreto del pacto y de sus efectos sobre la agenda binacional.

La evolución de este acuerdo, y de la relación entre EE. UU. y Venezuela en general, será objeto de seguimiento cercano desde Bogotá en los próximos meses. Cualquier cambio sustancial en la economía venezolana —ya sea hacia la apertura o hacia el reforzamiento del control estatal sobre los recursos— tendrá repercusiones directas sobre la agenda binacional en materia migratoria, comercial y de seguridad, y marcará el margen de maniobra de la Casa de Nariño para sostener la normalización de relaciones alcanzada en 2022.

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